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DEUDAS Y DOLOR ... Se Me Acabó La Plata, Se Terminó Tu Amor

DEUDAS Y DOLOR ... Se Me Acabó La Plata, Se Terminó Tu Amor

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Autosuperación / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Abelardo creyó haber encontrado al amor de su vida en Deborah. Por ella lo entregó todo: su corazón, sus ahorros y hasta sus tarjetas Visa y Mastercard. Pero cuando el dinero se terminó, también terminó el amor. Deborah lo abandonó por Gastón, un hombre rico, y para justificar su traición llenó de mentiras la vida de Abelardo.

Hundido en deudas y solo, Abelardo estuvo a punto de rendirse. Sin embargo, decidió levantarse. Trabajó, pagó cada deuda y construyó un imperio con esfuerzo, honestidad y determinación.

Años después, el destino cambió las cartas. Gastón dejó a Deborah en la ruina, y ella, consumida por la desesperación y la envidia, regresó buscando al hombre que había destruido.

Pero Abelardo no era aquel hombre.

Ahora ella tendría que descubrir una verdad dolorosa: cuando el amor depende del dinero, nunca fue amor.

Y esta vez, será Abelardo quien cierre la puerta para siempre.

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La cena y la lección en el patio

El vapor que emergía de la sopera de barro llenaba la pequeña cocina con el aroma rústico de las hierbas del campo. Tras su intensa jornada en el taller de Don Tobías, Abelardo se sentó a la mesa de madera con las manos limpias, aunque aún con las marcas del trabajo duro en los nudillos. Doña Elena sirvió la cena en silencio, manteniendo una sobriedad que denotaba que algo le preocupaba.

Durante los primeros minutos, solo se escuchó el choque leve de las cucharas contra la loza. Abelardo comía con apetito renacido, pero notó de inmediato la actitud de su madre. La mujer apenas probaba alimento; mantenía la mirada fija en su plato, bajando los ojos cada vez que Abelardo intentaba buscar su rostro.

—Mamá, ¿qué tienes? —preguntó Abelardo, dejando la cuchara a un lado—. Te noto pensativa desde que llegué.

Doña Elena suspiró profundamente, alzando la vista despacio. En sus ojos no había enfado, sino una profunda compasión.

—No es nada malo, hijo —respondió Doña Elena con voz pausada—. Es solo que al verte llegar tan cansado, tu padre me pidió que hablara contigo. Él te estaba esperando en el patio.

Al escuchar esto, Abelardo se levantó de la mesa, salió al patio trasero de la casa y encontró a Don Mateo, su padre, sentado sobre un banco de madera bajo el soplido fresco de la noche. Don Mateo era un hombre fuerte, de manos curtidas por la tierra y mirada penetrante. Estaba observando la inmensidad del cielo estrellado mientras sostenía una taza de café caliente.

—Siéntate aquí, Abelardo —dijo Don Mateo con su voz grave, señalando el espacio libre a su lado.

Abelardo obedeció en silencio. Durante unos minutos, ninguno de los dos habló. El silencio entre ellos no era incómodo; era el espacio que necesitaba un padre sabio para medir sus palabras.

—Me contó tu madre cómo te fue en el taller de Tobías —comenzó Don Mateo, sin quitar la vista de las estrellas—. Estás trabajando duro y eso te honra. Pero veo en tus ojos que todavía cargas una piedra muy pesada en la espalda. La vergüenza y el dolor por lo que te hizo esa mujer te siguen carcomiendo.

Abelardo bajó la cabeza, apretando los puños.

—Fui un ingenuo, papá. Lo perdí todo por alguien que solo quería mi dinero. Me da vergüenza mirarte a los ojos.

Don Mateo apoyó su taza en el banco, se giró hacia su hijo y le puso una mano firme sobre el hombro.

—Escúchame bien, Abelardo —dijo Don Mateo con un tono lleno de autoridad paternal y cariño sincero—. No serás el primero ni el último a quien una mujer engañe de esa manera. El mundo está lleno de gente que solo busca aprovecharse de los demás. Pero tampoco serás el único que no se levante. Pasar por esto duele, pero no te define.

—Sentí que lo perdí todo, papá... hasta la fe en mí mismo —murmuró Abelardo con la voz quebrada.

—¡Eso jamás! —sentenció Don Mateo con firmeza, apretándole el hombro—. Nunca dejes de creer en ti mismo. El dinero va y viene, las deudas se pagan con sudor y paciencia, pero la fe en lo que tú vales como hombre es lo único que nadie te puede quitar si tú no se lo permites. No te encierres en la amargura.

Don Mateo levantó el rostro de su hijo sosteniéndolo por la barbilla y señaló hacia el firmamento.

—Mira al cielo, hijo —le ordenó con suavidad—. Pon los pies bien firmes en la tierra, mira esa inmensidad y recuerda de qué madera estás hecho. Caíste, sí, pero aquí estás de pie. Vas a saldar lo que debes, vas a limpiar tu nombre y vas a salir adelante porque en esta casa no criamos hombres que se rinden.

Las palabras de su padre cayeron sobre el pecho de Abelardo como un bálsamo de fuerza. Miró hacia arriba, contemplando el manto estrellado del pueblo, y sintió cómo la duda y la vergüenza terminaban de desvanecerse.

—Tienes razón, papá —dijo Abelardo con la mirada serena y una determinación renovada—. No me voy a quedar tirado. Voy a luchar, voy a pagar cada centavo y voy a demostrar de lo que soy capaz.

Don Mateo sonrió, dándole una fuerte palmada en la espalda. Bajo el cielo de su hogar y junto al consejo firme de su padre, Abelardo terminó de sepultar los miedos del pasado, listo para encarar con la frente en alto el camino hacia su resurgimiento.

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