Tras ser traicionada por su mejor amiga y su entrenador, la prodigiosa animadora Emma es asesinada. Al renacer dos años antes, se une al equipo rival para reconstruirlo y reunir pruebas con las que desenmascarar a quienes la destruyeron.
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Capítulo 13: Atrapadas en la oscuridad
La puerta de metal se cerró de golpe detrás de nosotras, y el sonido rebotó en las paredes vacías del almacén como un trueno. El cerrojo giró con un chasquido seco, definitivo. Los dos hombres que acompañaban a Lila se colocaron a ambos lados de la salida, con los brazos cruzados, impasibles. No había vuelta atrás. Estábamos atrapadas.
Lila dio un paso hacia nosotras, y la luz tenue de la vela proyectó su sombra alargada sobre el suelo de cemento. Ya no había rastro de la mejor amiga, de la capitana perfecta, de la chica que todo el mundo admiraba. Lo que veía ahora era la verdadera Lila: fría, calculadora, dispuesta a todo para no perder el control.
—Eres más ingenua de lo que pensaba, Emma —dijo, con voz suave pero cargada de veneno—. ¿Creíste de verdad que Mara te enviaría ese mensaje sin que yo lo supiera? ¿Que vendría a contarte la verdad voluntariamente? Fui yo quien le escribió. Fui yo quien la obligó a esperar aquí. Todo salió exactamente como lo planeé.
Me puse delante de Zoe, Lucas y Mara, con las manos apretadas a los costados, intentando mantener la calma aunque el corazón me latía a mil por hora.
—¿Qué quieres, Lila? ¿Matarnos a los tres aquí? ¿Crees que podrás deshacerte de nosotros sin que nadie se entere?
—No necesito matarlos —respondió ella, con una sonrisa que me heló la sangre—. Solo necesito que nadie les crea. Y cuando terminemos de hablar, ustedes mismos se encargarán de que nadie vuelva a confiar en su palabra. —Se giró hacia Mara, que temblaba detrás de mí—. Diles la verdad, Mara. Diles por qué estás aquí. Por qué viniste conmigo.
Mara dio un paso al frente, con las manos temblando, y nos miró con los ojos llenos de lágrimas y desesperación.
—Me dieron a elegir —susurró—. Mi hermano… o ustedes. Me dijeron que si no hacía lo que me pedían, Javier no saldría nunca de la cárcel. Y que si los denunciaba, algo le pasaría. No tuve opción. Lo siento. Lo siento muchísimo.
—No es tu culpa, Mara —dijo Zoe, extendiendo la mano hacia ella—. No tienes que elegir. Podemos encontrar otra manera.
—No hay otra manera —la interrumpió Lila, tajante—. Ella lo sabe. Todos lo saben. Mi padre y yo hemos construido todo esto con esfuerzo, con sacrificio. Y ustedes, con sus papeles y sus mentiras, creen que pueden destruirlo en un segundo. No lo permitiré. No lo permitiré jamás.
—¿Esfuerzo? —la interrumpí, con voz firme—. ¿Robar dinero, chantajear, manipular, matar a gente que confió en ti? ¿A eso lo llamas esfuerzo, Lila? Yo fui tu mejor amiga. Te di todo. Y tú me empujaste por esas escaleras como si yo fuera basura. ¿Eso es esfuerzo? ¿Eso es sacrificio?
Su expresión cambió en un instante. La falsa calma se rompió, y en su lugar apareció una furia salvaje, descontrolada.
—¡Tú lo tuviste todo! —gritó, dando un paso hacia mí—. ¡Tú eras la prodigiosa, la favorita, la que todos querían! Yo estaba siempre a tu sombra. Siempre la mejor amiga de la capitana, nunca la capitana. Mi padre siempre decía que tú eras especial, que tenías un don que yo nunca tendría. ¡Él me dijo que si te eliminaba, todo sería mío! ¡Que nadie sabría nunca! ¡Y tenía razón! Nadie lo supo. Nadie sospechó. Hasta que volviste. ¡Tú! ¡Con tu segunda oportunidad, arruinándolo todo otra vez!
Sus palabras cayeron como un martillo sobre el silencio del almacén. Lo sabía. Sabía que había vuelto. No era una sospecha. Lo sabía.
—¿Cómo… cómo sabes eso? —pregunté, con la voz entrecortada.
Lila sonrió, una sonrisa cruel y triunfal.
—¿Crees que eres la única que recuerda, Emma? ¿Crees que fuiste la única que despertó ese día sabiendo todo lo que pasaría? Yo también lo vi. Yo también lo viví. Vi cómo morías. Vi cómo ganábamos. Vi cómo todo salía perfecto. Y cuando desperté dos años antes, el mismo día que tú, supe que esta vez no cometería el mismo error. Esta vez, no te dejaré acercarte lo suficiente para que puedas destruirme.
El mundo se me detuvo. No era solo una rival. Era mi reflejo oscuro. Otra persona que había vuelto. Otra que sabía lo que pasaría. Y esta vez, ella también venía preparada.
—¿Por qué no me lo dijiste? —susurré, sintiendo cómo se desmoronaba todo lo que creía saber—. Podríamos haber…
—¿Haber qué? —se burló ella—. ¿Compartir el trono? ¿Ser amigas? No, Emma. El mundo no funciona así. Solo hay un lugar arriba. Y yo no voy a bajarme de él por nadie. Menos por ti.
Hizo una seña a los dos hombres. Avanzaron hacia nosotras. Lucas dio un paso adelante, intentando defendernos, pero uno de ellos lo empujó con fuerza y cayó contra unas cajas. Zoe me agarró del brazo, lista para correr, pero estábamos rodeadas. Mara se quedó inmóvil, llorando, sin saber a quién acudir.
—No les hagan daño —dijo Lila, con voz fría—. Solo quiero que firmen esto. —Sacó unos papeles del bolsillo—. Una declaración diciendo que todo fue una mentira, que inventaron las pruebas para vengarse de mí y de mi padre por celos deportivos. Que acosaron a Mara para que mintiera. Y si firman ahora, los dejaré ir. Si no… bueno, ya saben lo que pasa con quienes se interponen en mi camino.
Me acercó los papeles y un bolígrafo. Lo miré, y luego la miré a ella.
—¿Crees que firmando esto todo se arreglará? ¿Que podremos volver a ser lo que éramos?
—Nada volverá a ser lo que era —respondió ella, con tristeza y dureza a la vez—. Pero si firmas, al menos salvas sus vidas. ¿No es eso lo que siempre hiciste, Emma? ¿Sacrificarte por los demás?
Apreté el bolígrafo con fuerza. No tenía opción. No ahora. No cuando estábamos atrapadas, sin ayuda, sin salida. Pero mientras escribía mi nombre, pensé en algo que ella no sabía. Que no solo yo había planeado. Que había dejado copias. Que si no aparecía, la verdad saldría a la luz de todos modos. Que su victoria era temporal.
Le devolví los papeles. Lila los tomó, los revisó y asintió, satisfecha.
—Bien. Ahora pueden irse. Pero recuerden: si hablan, si vuelven a acercarse, la siguiente vez no será tan amable. Mi padre tiene muchas conexiones. Y yo… yo tengo nada que perder.
Abrieron la puerta. Salimos despacio, sin darles la espalda, sin correr, hasta que el aire fresco de la noche nos golpeó el rostro. Caminamos en silencio, sin rumbo, hasta que estuvimos lejos, muy lejos de ese lugar. Entonces Lucas habló, con voz ronca:
—Firmaste. ¿Por qué? Podríamos haber…
—Firmé para salir vivos —lo interrumpí—. Pero eso no significa que me rinda. Firmé una mentira para ganar tiempo. Y el tiempo… es lo que necesitamos para que la verdad salga. Ella cree que ha ganado. Pero se equivoca. Porque esta vez, no estoy sola.
Miré hacia la oscuridad, hacia el edificio que se veía a lo lejos, y sentí su mirada. Sabía que esto no había terminado. De hecho, apenas estaba empezando. Y esta vez, la batalla sería a muerte.