Tras ser ignorada y abandonada emocionalmente por Mateo, Lucía queda hecha pedazos. Sin embargo, una noche de desesperación, un encuentro místico con una poderosa bruja cambia el rumbo de su vida. Mediante un poderoso hechizo de amor, Lucía deja atrás a la chica insegura y renace como una mujer magnética, empoderada y peligrosa.
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Capitulo 7
Los primeros días sin noticias se convirtieron en un suplicio lento y desgastante. La ilusión que había sostenido a Lucía durante semanas comenzó a desmoronarse, dejando en su lugar un vacío helado. La rutina, que antes resultaba soportable, se transformó en una carga insoportable. Cada hora se medía únicamente en función del teléfono: si la pantalla permanecía oscura, el tiempo se estancaba; si vibraba, una descarga de adrenalina le recorría las extremidades, para luego convertirse en una decepción profunda al descubrir que el mensaje pertenecía a un grupo de trabajo o a una compañía telefónica.
Con el correr de las jornadas, la incertidumbre comenzó a manifestarse en el cuerpo de Lucía. Sintió por primera vez una presión constante en el centro del pecho, como si un peso invisible se hubiera asentado sobre sus costillas, dificultándole la respiración. Había momentos, especialmente al caer la noche en el silencio de su departamento, en los que la ansiedad aumentaba de golpe. La garganta se le cerraba, el aire parecía no llegar a sus pulmones y una inquietud amarga la obligaba a caminar de un lado a otro por la sala, sosteniendo el celular con la mano húmeda de sudor.
Buscaba explicaciones de manera compulsiva. Releyó los últimos mensajes, analizó cada detalle del reencuentro en el aeropuerto y repasó una y otra vez sus palabras, intentando descubrir en qué momento o por qué razón él había decidido distanciarse. La falta de una respuesta clara la hacía sentirse insignificante, como si las semanas compartidas, los diálogos íntimos y las promesas no hubieran existido jamás para él.
Pasaron siete días completos. Una semana entera de silencio absoluto en la que Mateo no envió un solo texto ni atendió las escasas llamadas que ella, venciendo su propio orgullo, se había atrevido a realizar.
Al séptimo día, la angustia terminó por sobrepasarla. La necesidad de una explicación, de mirar a Mateo a los ojos y comprender la razón de esa crueldad repentina, se volvió más fuerte que la prudencia. Ya no podía seguir encerrada entre cuatro paredes, ahogándose en conjeturas.
Cerca de las siete de la tarde, se colocó un abrigo ligero, tomó sus llaves y salió a la calle. Mientras viajaba en el transporte hacia el vecindario de él, las manos le temblaban levemente sobre el regazo. La mente le jugaba estratagemas: imaginaba que quizás él estaba enfermo, que le había ocurrido algún contratiempo grave o que, al verla llegar, se disculparía por el malentendido y todo volvería a ser como antes.
Cuando bajó a dos calles de la casa de Mateo, la tarde ya había caído por completo. La brisa de la noche era fría y el trayecto hacia la puerta del edificio se sintió interminable. Cada paso aumentaba el ritmo de su corazón, que le martillaba en los oídos.
Al llegar al frente de la propiedad, se detuvo frente al portero eléctrico. Se acomodó el cabello con dedos torpes, intentando recuperar la compostura para no parecer desbordada. Levantó la mano, dudó durante un segundo angustioso y finalmente presionó el botón correspondiente al departamento de Mateo.
El sonido del timbre resonó en la distancia. Lucía dio un paso atrás, fijando la mirada en el marco de la puerta de entrada, esperando escuchar sus pasos o la voz rasposa de él a través del altavoz.