Jessica estaba a punto de casarse con el hombre que creía amar… hasta que descubrió que Cedric la engañaba con su propia hermana.
Destrozada por la traición, Jessica se cruza con Cristóbal, el padre de Cedric, un poderoso empresario que guarda sus propios secretos. Cuando la madre de Jessica muere inesperadamente, una serie de misterios familiares salen a la luz.
Mientras Cedric, Julieta y la exesposa de Cristóbal conspiran para destruirla y quedarse con una fortuna, Jessica descubre que la persona que menos esperaba podría convertirse en su mayor aliado… y en el amor que jamás imaginó.
Una traición. Una familia llena de secretos. Una fortuna en peligro. Y un amor prohibido que nadie vio venir.
¿Jessica descubrirá la verdad antes de perderlo todo
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Capítulo 2. El hombre detrás de la puerta
Las piernas me pesaban como plomo cuando llegué a la mansión de los Alarcón. No quería estar ahí. No quería ver a nadie de esa familia. Pero no tenía a dónde ir: mi maleta seguía en el departamento que compartía con Cedric, y no estaba dispuesta a volver ni un segundo a ese infierno.
La casa se alzaba imponente entre los jardines oscuros, una construcción de piedra gris y ventanales enormes que parecían observarme. Había venido cientos de veces, pero nunca se me había antojado tan fría, tan ajena.
Subí los escalones despacio, limpiándome las mejillas con la manga del abrigo. Sabía que Cristóbal solía trabajar hasta tarde en su despacho; era un hombre de hábitos inamovibles. Y era a él a quien necesitaba ver. No a Cedric. No a Julieta. A él.
Toqué el timbre. Una, dos veces. El sonido fue grave, profundo, como un latido.
La puerta se abrió. Y ahí estaba.
Cristóbal Alarcón no necesitaba levantar la voz para imponer presencia. De estatura alta, hombros anchos, cabello oscuro salpicado de hebras grises que le daban un aire de autoridad serena. Sus ojos, del mismo verde que los de Cedric, pero más oscuros, más profundos, me recorrieron de arriba abajo en un instante. Llevaba una camisa de seda azul, desabrochada en el cuello, y en su mano sostenía un vaso de whisky.
—Jessica —dijo, y su voz, grave y pausada, no sonó con sorpresa, sino con reconocimiento—. Pasa. Hace frío.
Me apartó para dejarme entrar y cerró la puerta tras de mí. El silencio de la casa nos envolvió de inmediato. El recibidor era amplio, con un gran candelabro de cristal que derramaba luz dorada sobre el suelo de mármol.
—¿Ocurre algo? —preguntó, girándose hacia mí. Y entonces lo vi: sus ojos se fijaron en mi rostro, en mis mejillas húmedas, en mis manos temblorosas—. ¿Jessica?
Intenté hablar, pero las palabras se atascaron en mi garganta. Tragué saliva, con la garganta ardiendo.
—Cedric… —empecé, y la voz se me quebró—. Cedric y Julieta. Están juntos.
No grité. No lloré con fuerza. Lo dije en un susurro, como si al pronunciarlo se hiciera más real. Pero bastó.
Vi cómo la mandíbula de Cristóbal se tensaba, marcando una línea rígida. Los nudos de sus dedos se blanquearon alrededor del vaso. No hubo exclamación, no hubo gesto dramático. Solo un silencio denso, cargado de rabia contenida, que pareció llenar cada rincón del salón.
—¿Estás segura de lo que dices? —preguntó, y su voz se había vuelto más baja, más peligrosa.
—Los vi —respondí, y esta vez lo miré a los ojos, sin apartar la vista—. Entré a la habitación y los vi. No hay duda, Cristóbal. Lo siento.
Él apartó la mirada un instante, miró hacia el ventanal, hacia la oscuridad del jardín, y soltó el aire lentamente, como si estuviera conteniendo una tormenta. Luego volvió a mirarme, y su expresión se suavizó, aunque seguía tensa. Dio un paso hacia mí, pero se detuvo, respetando mi espacio.
—No tienes por qué disculparte —dijo, con una calma que me estremeció—. No es tu culpa. Es una vergüenza. Para todos.
Me sentí desfallecer. Las rodillas me fallaron y me apoyé en el borde de una mesa lateral. Cristóbal se acercó de inmediato, como si fuera a sostenerme, pero se detuvo a medio camino, con la mano suspendida en el aire, dudando.
—¿Necesitas que te siente? ¿Quieres un vaso de agua? —preguntó, con una preocupación sincera que no esperaba.
—Solo… no quiero volver allá —susurré, bajando la mirada—. No tengo a dónde ir.
—No irás a ningún lado —respondió él, con firmeza inmediata—. Esta noche te quedas aquí. Nadie te va a molestar. Te daré una habitación. Y mañana hablaremos. De todo.
Levanté la vista y lo encontré mirándome con una intensidad que me hizo contener el aliento. En sus ojos no había lástima. Había algo más. Algo que no supe nombrar en ese momento, pero que sentí en el pecho, cálido y aterrador a la vez.
—Gracias —alcancé a decir.
Cristóbal asintió, y por un instante, sus dedos rozaron levemente mi antebrazo, un roce tan breve que casi creí imaginarlo.
—Ven —dijo, girándose hacia la escalera—. Te enseñaré la habitación. Mañana será otro día. Y entonces… arreglaremos esto.
Subimos las escaleras en silencio. Yo sentía su presencia a mi lado, fuerte, estable, como un ancla en medio de la tormenta que me había destrozado la vida horas antes. No sabía entonces que aquel encuentro no era solo una despedida de Cedric, sino el comienzo de algo mucho más grande, mucho más peligroso. Algo que nos uniría a ambos en medio de las ruinas de una mentira.
Cuando abrió la puerta de la habitación, se detuvo en el umbral y me miró una última vez.
—Descansa, Jessica. Nadie entrará. Y… siento mucho que hayas tenido que ver eso. No mereces esto.
Cerró la puerta tras de sí, y me quedé sola en la penumbra, con el corazón latiéndome desbocado, no solo por el dolor, sino por la certeza de que al cruzar esa puerta, mi vida había cambiado para siempre. Y de que el hombre que acababa de dejarme allí… era el único que parecía verme de verdad.