¡Que escuchen los hombres, que escuchen los reyes y que escuchen los cielos! ¡Si la moralidad del mundo exige que renuncie a ti, destruiré el mundo! ¡Y si el cielo mismo intenta separarnos, le declararé la guerra a los mismos dioses! ¡Mi único reino es tu corazón, Elysian!
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DIEZ AÑOS DE HIERRO Y FLORES
El primer año fue el más cruel porque Kaelen todavía esperaba que la guerra tuviera un final rápido.
Llegó al Norte con un nombre falso y una espada vieja. Las primeras puertas se cerraron ante él. Los clanes habían sido traicionados demasiadas veces para creer en un príncipe que supuestamente estaba muerto.
—¿Qué puedes ofrecernos? —preguntó la jefa del clan Varra.
—Nada que pueda comprarse.
—Entonces, ¿por qué deberíamos seguirte?
—Porque Malakor les quitó sus tierras. Yo pienso devolvérselas.
—Eso suena a promesa de político.
—No. Suena a una deuda.
Kaelen no pidió soldados. Trabajó para ganarlos. Ayudó a defender aldeas, escoltó caravanas y derrotó a bandidos que llevaban años aterrorizando los pasos montañosos. Poco a poco, la gente comenzó a pronunciar su nombre.
En el segundo año conoció a Rhaed, un capitán mercenario expulsado de Valdorian. Rhaed desconfiaba de todos.
—He oído que eres el Príncipe Maldito.
—Lo soy.
—También he oído que tienes magia de sombras.
—También.
—¿Y qué te hace pensar que no terminarás usando esa magia contra nosotros?
—Nada.
—¿Nada?
—Si algún día me convierto en aquello que juré destruir, mátame.
Rhaed lo observó durante unos segundos y terminó inclinando la cabeza.
—Entonces quizá pueda seguirte.
Así nació el primer núcleo de lo que años después sería la Legión de Hierro.
En el tercer año llegaron los primeros barcos de los desterrados del Oeste. En el cuarto, dos antiguos generales de Valdorian juraron lealtad. En el quinto, Kaelen tomó una fortaleza fronteriza. En el sexto, dejó de ser un fugitivo y se convirtió en una amenaza que Malakor ya no podía ignorar.
Pero cada victoria tenía un precio. Kaelen dormía poco. Aprendió a vivir con cicatrices, con inviernos interminables y con la culpa de los hombres que no podía salvar. Su magia se hizo más fuerte. También más peligrosa.
En las noches en que el campamento quedaba en silencio, sacaba del interior de su armadura un pequeño cuaderno. En la primera página había escrito un solo nombre: Elysian.
—¿Sigue vivo? —preguntó Rhaed una noche.
Kaelen tardó en responder.
—Tiene que estarlo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que me permite levantarme cada mañana.
Al séptimo año, Kaelen comenzó a enviar flores.
No eran cartas. Las cartas podían ser interceptadas. No eran mensajeros oficiales. Los hombres de Malakor podían reconocerlos. Eran pequeños ramos de flores silvestres, atados con hilo negro, transportados por halcones entrenados y, cuando el clima lo permitía, por aves mensajeras. Algunas veces los llevaban mercaderes que no sabían qué significaban.
El primer ramo contenía flores blancas de montaña.
Elysian estaba atendiendo a un anciano cuando un joven mensajero dejó el paquete en el templo.
—Es para ti.
—¿De quién?
—No lo sé. Me pagaron para entregarlo y no preguntar.
Elysian tocó las flores. Entre los tallos encontró un diminuto hilo de cuero negro.
—Kaelen...
No había mensaje. No hacía falta.
Desde entonces, las flores llegaron de manera irregular. Una flor azul significaba que estaba a salvo. Dos ramas de brezo significaban que había ganado una batalla. Las flores rojas aparecían después de los combates más difíciles. Y las flores blancas, siempre blancas, significaban que todavía pensaba en él.
Elysian creó un pequeño jardín detrás del templo. Cada flor recibida encontraba allí un lugar. Los monjes comenzaron a llamarlo el Jardín del Rey Ausente. Nadie conocía el verdadero significado.
Mientras Kaelen luchaba, Elysian vivía una guerra distinta.
Los primeros años esperó en la cabaña. Luego los soldados comenzaron a registrar la región y tuvo que trasladarse con Lyra al Templo de las Almas en la capital. Allí atendía a enfermos pobres, curaba heridas y utilizaba su don hasta quedar exhausto.
Cada noche preguntaba a los viajeros por rumores del Norte.
—¿Han oído hablar de un ejército vestido de negro?
—Hay muchos ejércitos.
—Uno que marcha bajo una insignia de hierro.
—Dicen que su comandante es un demonio.
Elysian sonreía con tristeza.
—No es un demonio.
—¿Lo conoce?
—Lo conocí antes de que el mundo decidiera quién era.
Lyra creció junto a él. A los quince años ya administraba las medicinas. A los dieciocho sabía reconocer por el sonido de los cascos si los soldados llegaban para ayudar o para registrar el templo. A los veinte podía enfrentarse a un noble sin bajar la mirada.
—Todavía lo amas —le dijo una noche.
—Sí.
—Podrías rehacer tu vida.
—Podría. Pero no quiero una vida que él no haya intentado volver a alcanzar.
El décimo año fue diferente.
Las flores dejaron de llegar durante casi cuatro meses. Elysian comenzó a temer lo peor. Dormía con el fragmento de hierro de Kaelen entre los dedos.
—No murió —decía Lyra.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque si estuviera muerto, tú lo sabrías.
—Eso no tiene sentido.
—Tú no necesitas sentido. Necesitas esperanza.
Una mañana de invierno llegó un halcón. Atado a su pata había un pequeño ramo de flores blancas y una tira de tela negra.
Elysian lo sostuvo contra el pecho. Lloró por primera vez en años.
Aquella misma noche, en una colina al norte de la capital, Kaelen observaba las murallas de Valdorian con su ejército detrás. Diez años de exilio habían convertido al muchacho herido en un rey de hierro. Había miles de hombres tras él. Había generales. Había estandartes. Había armas suficientes para derribar las puertas.
Rhaed se acercó.
—Mañana entramos.
—Sí.
—¿Y después?
Kaelen miró hacia las luces de la capital.
—Después voy al templo.
—¿Ni siquiera al palacio?
—El trono puede esperar.
Sacó del bolsillo una última flor. Era blanca, pequeña y casi frágil.
—Él no.
Aquella noche, por primera vez en diez años, Kaelen durmió sin armadura.