SIN ESPOILER
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ALGO NO ESTABA BIEN
Habían pasado varios días desde que Lia descubrió, sin saberlo, que su vida estaba mucho más cerca del peligro de lo que imaginaba.
La casa en ruinas seguía siendo su refugio.
Las paredes estaban agrietadas, el techo dejaba pasar pequeñas corrientes de aire y algunas ventanas permanecían cubiertas con cartones viejos. Por las noches, el silencio del lugar podía resultar aterrador.
Pero Lia ya se había acostumbrado.
O eso quería creer.
Aquella mañana despertó antes de que saliera completamente el sol.
Abrió los ojos lentamente.
Durante unos segundos permaneció mirando el techo.
Algo se sentía diferente.
No sabía qué.
Simplemente… no se sentía bien.
Se incorporó con dificultad y llevó una mano a su frente.
—Qué raro…
Tenía el cuerpo pesado.
Le dolía un poco la cabeza y sentía el estómago revuelto.
Lia cerró los ojos.
—Seguro no he comido bien.
Era la explicación más sencilla.
Durante los últimos días apenas había prestado atención a la comida. Algunas veces pasaban muchas horas antes de que probara algo y, cuando finalmente lo hacía, no tenía demasiado apetito.
No le parecía importante.
Había cosas que le preocupaban mucho más.
Se levantó lentamente.
El movimiento hizo que todo a su alrededor pareciera dar una pequeña vuelta.
Lia se quedó quieta.
—Espera…
Apoyó una mano contra la pared.
Respiró profundamente.
Después de unos segundos, aquella sensación desapareció.
—Solo me levanté demasiado rápido.
Intentó convencerse.
Caminó hasta la pequeña cocina.
Abrió uno de los cajones y encontró unas pocas cosas que habían quedado allí.
Nada que realmente le apeteciera.
Tomó un poco de comida y se sentó.
Intentó comer.
Pero después de unos cuantos bocados, dejó todo sobre la mesa.
Su estómago volvió a revolverse.
Lia frunció el ceño.
—No tengo hambre.
Se quedó observando el plato.
Una parte de ella sabía que debería comer.
Pero otra simplemente no quería.
Se levantó.
—Después.
Brayan apareció varias horas más tarde.
Entró a la casa como si fuera suya.
Dejó algunas cosas sobre una mesa y miró hacia Lia.
—Buenos días, princesa.
Lia levantó la mirada.
—Buenos días.
Brayan se acercó.
—¿Qué tienes?
—Nada.
—No pareces estar bien.
Lia se encogió de hombros.
—Solo estoy cansada.
Brayan la observó durante unos segundos.
—¿Has comido?
Lia evitó mirarlo.
—Sí.
Era mentira.
Había comido muy poco.
Pero no quería discutir.
Brayan suspiró.
—Tienes que cuidarte.
Aquellas palabras sonaron extrañas viniendo de él.
Lia lo miró.
Por un instante recordó todas las veces que él le había dicho que era la única persona que realmente se preocupaba por ella.
Y quiso creerle.
—Creo que simplemente no estoy comiendo bien.
—Entonces come.
Lia bajó la mirada.
—Lo intentaré.
Brayan no insistió.
Sin embargo, antes de alejarse, la miró nuevamente.
—Si sigues sintiéndote mal, habrá que hacer algo.
Lia asintió.
Pero en el fondo no pensaba hacer nada.
Todavía creía que aquello pasaría.
Al día siguiente fue peor.
Lia despertó con náuseas.
Se quedó sentada sobre el colchón durante varios minutos.
Sentía la garganta seca.
También estaba débil.
Cuando intentó ponerse de pie, tuvo que volver a sentarse.
—No…
Se llevó una mano al rostro.
—Esto no es normal.
Por primera vez, sintió miedo.
Pero inmediatamente buscó una explicación.
—Es porque no estoy comiendo.
Sí.
Tenía que ser eso.
Si comenzaba a alimentarse correctamente, seguramente se sentiría mejor.
Se levantó.
Esta vez lo hizo mucho más despacio.
Llegó hasta la cocina y preparó algo sencillo.
Intentó comer.
Pero nuevamente le costó.
Después de unos cuantos bocados, apartó el plato.
No podía.
Su cuerpo simplemente parecía rechazar la comida.
Lia respiró profundamente.
—Mañana estaré mejor.
Se lo prometió a sí misma.
Pero una pequeña voz dentro de ella comenzó a preguntarse si realmente sería así.
Los días siguientes se convirtieron en una sucesión de pequeños malestares.
Dolores de cabeza.
Cansancio.
Poco apetito.
Momentos en los que sentía que necesitaba sentarse porque sus piernas parecían no tener la misma fuerza.
Lia empezó a pasar más tiempo acostada.
Incluso mirar por la ventana le resultaba agotador.
Una tarde, mientras permanecía sentada en el suelo, encontró una vieja fotografía entre algunas cajas.
Era una fotografía de sus padres.
Lia la tomó entre sus manos.
Durante varios segundos no dijo nada.
Después sonrió tristemente.
—Mamá…
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Ojalá estuvieras aquí.
Apretó la fotografía contra su pecho.
—Tú sabrías qué hacer.
El recuerdo de su madre siempre había sido borroso en algunos aspectos.
Pero había cosas que jamás olvidaba.
Su voz.
Sus manos.
La forma en que la abrazaba cuando era pequeña.
Lia cerró los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo deseó regresar a aquella época.
Aunque fuera por unos minutos.
Aunque solo pudiera escuchar nuevamente la voz de su madre.
Entonces sintió otro mareo.
Abrió los ojos rápidamente.
La fotografía casi cayó de sus manos.
—¿Qué me pasa?
Se quedó inmóvil.
Aquella pregunta ya no sonaba como una simple preocupación.
Sonaba como miedo.
Esa misma noche Brayan regresó.
Encontró a Lia sentada sobre el colchón.
Estaba pálida y parecía agotada.
—Princesa.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué?
—¿Sigues sintiéndote mal?
Lia tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Brayan se acercó.
—¿Desde cuándo?
—Varios días.
—¿Y no me habías dicho?
Lia bajó la mirada.
—Pensé que se me pasaría.
Brayan guardó silencio.
Por primera vez parecía realmente preocupado.
—¿Has comido?
—Intento hacerlo.
—¿Y?
—No tengo apetito.
Brayan se sentó cerca de ella.
—Entonces necesitas que alguien te revise.
Lia negó rápidamente.
—No quiero ir a ningún médico.
—¿Por qué?
—No sé.
La verdad era que la idea de salir de aquella casa le provocaba ansiedad.
No quería que nadie preguntara por ella.
No quería explicar dónde había estado.
Ni por qué había desaparecido.
Ni qué había ocurrido durante aquellas últimas semanas.
Brayan suspiró.
—No puedes seguir así.
Lia lo miró.
—Estoy bien.
Él negó con la cabeza.
—No lo estás.
Aquellas palabras hicieron que Lia guardara silencio.
Porque, en el fondo, sabía que tenía razón.
Esa noche Lia no pudo dormir.
Se quedó mirando el techo.
Su mente estaba llena de preguntas.
¿Por qué se sentía así?
¿Por qué no tenía apetito?
¿Por qué estaba tan cansada?
Intentó recordar cuándo había comenzado todo.
No encontró una respuesta clara.
Finalmente cerró los ojos.
—Mañana estaré mejor…
Pero esta vez no sonó convencida.
Afuera, la noche continuaba tranquila.
Demasiado tranquila.
Lia no sabía que mientras ella intentaba descubrir qué ocurría con su cuerpo, otras personas ya estaban buscándola.
Su tío había enviado hombres para encontrarla.
Y en algún lugar de la ciudad, alguien comenzaba a seguir el rastro de aquella joven que había desaparecido.
Un nombre comenzaba a aparecer en conversaciones que Lia jamás habría imaginado.
Kiran Navares.
Un hombre cuya sola presencia hacía que muchos bajaran la voz.
Un hombre que todavía no sabía quién era Lia.
Pero eso estaba a punto de cambiar.
Porque mientras Lia intentaba convencerse de que sus malestares desaparecerían solos…
su vida estaba a punto de cruzarse con la de alguien que cambiaría completamente el rumbo de su historia.