La Diosa del Veneno : Madrastra Fatal.
Una asesina letal del siglo XXV, Expertas en venenos y curaciones, muere perseguida y despierta en la época antigua, en un mundo antiguo lleno de prejuicios y abusos. Decidida a sobrevivir, rehacerse y proteger a los cuatro hijos que la otra vida dejó a su cargo, rompe todas las reglas: castiga la crueldad con su propia medicina, se gana el respeto con hechos y construye su propio destino. Una historia de fuerza, justicia y transformación, donde la "mujer débil" se convierte en la ley que nadie se atreve a desafiar.
NovelToon tiene autorización de Lewis Alexandro Delgado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8: LA FALSA PROTAGONISTA
La abuela del recién nacido me detuvo, extendiéndome unas monedas:
—Tenga, señora, como agradecimiento.
—No, guárdelo —le dije devolviéndoselo—. Decidí curarla porque era mi deber, no pido pago. Solo ayúdenme a correr la voz para que la gente acuda a la clínica del doctor Ramírez si necesita ayuda.
Mientras tanto, lejos de allí, los bárbaros habían sido expulsados por completo. Oliver había luchado como una máquina, sin detenerse ante nada. El general protector Eron Fénix dio la orden final:
—Regresaremos en tres días. Todos los soldados volverán a sus hogares, y los heridos serán enviados hoy mismo a sus pueblos.
Llegué a la clínica, una mujer pálida y temblorosa se acercó a mí:
Isabella:
—Doctora… me sale un flujo extraño, y cada vez que estoy con mi esposo me duele muchísimo.
—¿Usted tiene un amante? —le pregunté directamente.
—¡No! —aseguró ella con los ojos llenos de lágrimas—. Soy totalmente fiel, pero él sale todas las noches sin decir a dónde va.
Saqué sigilosamente una jeringa de mi espacio dimensional y le extraje una muestra de sangre. Entré a un cuarto privado y pedí que nadie entrara; allí accedí a mi laboratorio moderno. En segundos supe la verdad: Lo sabía… tiene sífilis. Afortunadamente, en el siglo XXV ya existen curas para esto. Salí de mi espacio, volví a la habitación y le entregué la medicina.
—Señora, usted tiene sífilis —le expliqué con claridad—. Es muy probable que su esposo frecuente lugares de mala fama. Aunque la cure hoy, si vuelve a estar con él, la infectará de nuevo. Le recomiendo que se separe de él.
—Pero en este mundo… —susurró ella con desánimo—, si una mujer se divorcia, la sociedad nos juzga y nos condena. Después nadie nos quiere, no tenemos con qué vivir.
—¿Y eso qué importa? —le respondí con firmeza—. ¿Acaso estamos obligadas a vivir con un hombre solo por tenerlo? ¿Tenemos que soportar maltratos y enfermedades por mantener un apellido? Es mejor buscar nuestra propia libertad. Sé muy bien que usted no deseaba ser solo una esposa sumisa.
—Gracias, doctora —me dijo, con la mirada recuperando brillo—. Me ha abierto los ojos. Ya no quiero ser la mujer que acepta todo lo que le toca. Forjaré mi propio camino.
Poco a poco empezaron a llegar más pacientes. Habían pasado varias horas cuando me puse de pie, sintiendo el peso del cansancio:
—Doctor Ramírez, estoy exhausta. Es hora de cerrar.
En ese momento se escuchó un gran alboroto afuera:
—¡Traen a los soldados heridos! ¡Muchos vuelven de la guerra!
—Señora —explicó alguien—, ganamos la batalla, pero hay muchos hombres que quedaron heridos.
Esteban y Lucía se pusieron pálidos y corrieron entre ellos, preguntando con voz temblorosa:
—¡Soldados! ¿Conocen a nuestro padre? Se llama Oliver Ruiz.
—Él no está aquí —respondió un veterano con respeto—. Es conocido como el Demonio de la Espada… ganamos gracias a él. Es un honor conocer a sus hijos. Entonces, ¿La doctora es su esposa? ¡No me extraña que tenga una mujer tan extraordinaria!
Me puse manos a la obra de inmediato: usé mis conocimientos y mi medicina para curar las heridas con una agilidad única. En mi vida pasada llegué a atender a mil soldados heridos en una sola jornada.
—¡Esta señora tiene una destreza que nadie ha visto jamás! —decían ellos—. ¡La llamaremos la Diosa de las Agujas!
De pronto trajeron a un soldado en estado crítico.
—Entraré con él a un cuarto privado —dije tomándolo de inmediato—. Necesito tranquilidad para operarlo; su estado es muy grave y si no actúo rápido, perderá la pierna.
En la habitación cerrada aproveché mi espacio dimensional: usé mis utensilios avanzados, retiré la carne podrida y apliqué tratamientos del siglo XXV para detener la gangrena. Cuando regresé, abrí la puerta y anuncié:
—Listo. Ya está a salvo, y no perderá la pierna.
Mientras tanto, el general supremo recibía un informe:
—Señor, todos los heridos del pueblo de Garen han sido atendidos por una mujer a la que llaman la Diosa de las Agujas: una doctora que salva vidas que nadie más puede.
El general dio una nueva orden:
—Una doctora así… Eso cambia nuestros planes. Regresaremos mañana, pero antes haremos una parada en Garen para saludar a esa mujer.
Pero en medio del campamento, un infiltrado vio su oportunidad: disparó una flecha envenenada contra el general, que cayó inconsciente. El atacante se suicidó al instante. Nadie sabía qué hacer, hasta que Eva —que había sido descubierta— sacó una píldora especial y corrió hacia él. Le dio el remedio justo a tiempo.
Poco después el general despertó: el veneno había sido eliminado. Se acercó a Oliver con gratitud:
—Oliver, tus méritos son inmensos. ¿No deseas un título, tierras o un puesto en la corte?
—No, mi general —respondió él con humildad—. Solo quiero volver a casa con mi familia.
—Los que son de la capital partirán conmigo —continuó el general—. Pero antes haremos esa parada en Garen. Y tú, Eva —se dirigió a ella con voz firme—, te disfrazaste de hombre y rompiste todas las reglas… pero fuiste valiente. Te perdono la vida, y ocultaremos lo que hiciste. Me salvaste la vida, así que te daré diez mil monedas de oro, y nadie sabrá jamás que una mujer sirvió entre nosotros.
Eva sonrió satisfecha, y ante sus ojos apareció una pantalla luminosa invisible para todos:
Felicidades, anfitriona: misión cumplida. El sistema te otorga 10.000 puntos.
Yo soy la verdadera protagonista de esta historia, pensó ella con orgullo, mirando donde estaba Oliver. La mujer destinada a ser emperatriz y madre del imperio, con un sistema que me da toda la ventaja. Soy una universitaria moderna del siglo XXV… estos tontos primitivos jamás estarán a mi altura. Ella estaba segura de que lograría su objetivo: quedarse con Oliver y llegar a la cima del poder.