Kaelen llega a la mansión más poderosa de la ciudad con un solo propósito: venganza. Su hermana murió a manos de la hija favorita del dueño, y él está dispuesto a destruirlo todo desde adentro. Pero entre lujos, secretos y noches prohibidas, lo que comenzó como odio se transforma en un amor imposible ..
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— Cenas de olvido, celos silenciosos y noches vacías
Draven notaba que algo se rompía dentro de él cada vez que veía a Kaelen. Esos ojos azules, esa presencia magnética… lo distraían de todo. Incluso de su propia hija. Así que decidió luchar contra lo que sentía. Decidió recuperar a su esposa, recuperar su vida, olvidar al chico que lo había descolocado el mundo.
Llevó a Elara a cenas románticas cada noche: restaurantes de lujo, velas, música suave, joyas. La miraba, le hablaba, intentaba sentir algo… pero su mente siempre volvía a esos ojos azules.
—¿En qué piensas, amor? —le preguntaba Elara, acariciándole la mano sobre la mesa.
—En nada —respondía él, forzando una sonrisa—. Solo en lo afortunado que soy.
Pero cuando regresaban a casa y hacían el amor, Draven cerraba los ojos y veía a otro. Veía el cabello negro de Kaelen, su piel pálida, sus labios entreabiertos susurrando su nombre. Y se sentía asqueado consigo mismo. Un hombre poderoso, respetado, con una esposa hermosa y una hija perfecta… obsesionado con un chico que no debía mirar.
Kaelen los observaba llegar cada noche. Los veía reír, tomados de la mano, subir juntos a la habitación principal. Y cada vez, algo se rompía más dentro de su pecho. Se encerraba en su cuarto, bebía solo, se miraba al espejo y se odiaba por sentir celos de una mujer que no merecía perder a nadie.
—Eres patético —se decía a sí mismo, golpeando el espejo hasta que se agrietaba—. Viniste a destruirlos y te estás muriendo por él. Mila te estaría mirando con asco.
Una noche, no pudo soportarlo más. Salió de la mansión, montó su moto y corrió hasta que el viento le cortaba la cara. Bebió en un bar oscuro, se llevó a alguien a su cama… y cuando estuvo ahí, tocando piel ajena, no sintió nada. Solo vacío. Solo el recuerdo de unos ojos verdes que lo miraban como si fuera lo único real en el mundo. Regresó a la madrugada, borracho y roto, y se encontró con Draven en la entrada.
—¿Dónde estabas? —le preguntó Draven, con voz ronca y preocupada—. Te estuve esperando.
—¿Por qué le importa? —escupió Kaelen, acercándose con los ojos brillantes de rabia y alcohol—. ¿No tiene suficiente con su esposa perfecta?, ¿Viene a buscarme cuando ella duerme?.
Draven se quedó pálido.
—Vete a tu habitación, Kaelen. Ahora.
—¿Por qué? ¿Para no tentarlo? —Kaelen se acercó más, hasta que sus rostros estuvieron a centímetros—. Míreme, Draven. Míreme y dígame que no me desea. Dígame que cada vez que la besa, desearía que fuera yo. Dígame que no me piensa cada segundo de cada día.
Draven temblaba de pies a cabeza. Sus manos se cerraron en puños a los costados para no tocarlo.
—Vete —susurró, con voz quebrada—. Antes de que haga algo de lo que me arrepienta.
Kaelen se rió, amargo y roto.
—Ya te arrepientes de todo. Ya te arrepientes de haberme contratado. —Se giró y subió las escaleras sin mirar atrás, dejando a Draven solo en la oscuridad, luchando contra un deseo que no tenía nombre y que no podía apagar.