Liam solo quería salvar a su hermano.
Cuando el profesor Duncan Ashford descubre al muchacho robando en su oficina, lo denuncia ante la universidad. Desesperado, Liam le ruega que retire los cargos. Su hermano podría ser expulsado y quedar marcado para siempre.
Entonces Duncan le hace una pregunta:
—¿Qué estarías dispuesto a dar para salvarlo?
Liam responde sin pensar:
—Lo que sea.
Acaba de cometer su primer gran error.
Duncan no es solamente un profesor. Es el líder de una poderosa familia yakuza, un hombre casado que nunca deja que nadie altere sus reglas.
Pero Liam ha despertado su interés.
Una noche. Un trato. Un precio que jamás imaginó pagar.
Y cuando Liam descubra quién es realmente el hombre al que le entregó su inocencia, será demasiado tarde para escapar.
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Nunca prometas LO QUE SEA
El despacho del profesor olía a papel antiguo, café amargo y el cuero gastado del sillón de la esquina. Un ambiente frío y sofocante donde Liam apenas podía encontrar aire para respirar.
Liam, un chico de primer año con la mirada aún cargada de una inocencia desarmante y facciones limpias, apretaba sus puños al borde del pesado escritorio de caoba. Frente a él, las pruebas del robo estaban sobre la mesa: un informe formal redactado por el propio profesor, listo para ser enviado al comité disciplinario de la universidad.
—Se lo suplico, profesor… —la voz de Liam tembló, rompiendo el pesado silencio de la habitación—. Mi hermano cometió un error stupido, lo sé. Es un ladronzuelo, no piensa las cosas, pero si usted mantiene esta denuncia, lo van a expulsar hoy mismo. Ninguna otra universidad lo va a aceptar. Su vida se va a arruinar por completo.
El profesor se mantuvo en silencio, reclinándose lentamente en su sillón. Su mirada no estaba fija en el informe, sino en Liam. Observaba el brillo desesperado de sus ojos, la tensión en su cuello y las facciones juveniles que encajaban perfectamente con sus gustos más oscuros.
—Si retira los cargos —continuó Liam con velocidad casi atropellada, buscando una salida—, le prometo que mi hermano se irá de la universidad. Él se retirará voluntariamente, buscará trabajo en otra parte o estudiará donde no moleste a nadie. Solo le pido que no le deje un antecedente.
El profesor cruzó las manos sobre la caoba y se inclinó levemente hacia adelante. La luz tenue de la lámpara de escritorio remarcó sus rasgo fríos y calculadores.
—¿Y qué estás dispuesto a dar tú por salvar a tu hermano? —preguntó el profesor con una voz pausada, casi melódica, midiendo el impacto de cada palabra.
Liam tragó saliva. La angustia por salvar a su hermano nubló cualquier atisbo de prudencia.
—Lo que sea —respondió Liam, cometiendo el primer gran error—. Lo que usted me pida, yo lo haré.
El profesor esbozó una pequeña y afilada sonrisa.
—Nunca digas "lo que sea", muchacho —dijo el profesor en un susurro gélido—. Porque siempre debe haber un límite.
Sin apartar la vista de Liam, el profesor tomó un bolígrafo y una hoja en blanco. Escribió algo con trazos rápidos y precisos. Luego, dobló el papel con parsimonia y se lo extendió.
—Mañana a primera hora tengo que presentarme ante el comité disciplinario para ratificar la denuncia contra tu hermano —explicó el profesor con absoluta serenidad—. Así que te espero hoy en esta habitación de hotel.
Liam tomó el papel con manos temblorosas y leyó la dirección y el número de habitación.
—Vete perfumado —añadió el profesor, mirándolo de arriba abajo con una lascivia fría que hizo que a Liam se le helara la sangre—... y vete dispuesto.
A Liam se le abrieron los ojos de par en par, mientras el color desaparecía de su rostro.
—¿Me... me está diciendo que usted quiere que yo...?
El profesor no cambió la expresión. Mantuvo esa mirada penetrante, calculadora y sin un solo rastro de piedad.
—Exacto. Tú o tu hermanito. Mañana, de una forma u otra, igual lo tendré a él o te tendré a ti.
El profesor guardó el bolígrafo en su saco, tomó su maletín y caminó hacia la salida del despacho. Se detuvo un segundo junto a Liam, cuya respiración se había vuelto agitada y presa del pánico, y sin añadir nada más, cruzó la puerta y lo dejó solo en la penumbra.