Valérie era una bibliotecaria tranquila que encontró un final trágico a manos de un hombre obsesionado con ella. Sin embargo, la muerte no fue el final, sino el comienzo de una pesadilla aún más compleja. Ha reencarnado en el cuerpo de Maeve Cipriano, la recién nacida hija del Primer Ministro del poderoso Reino de las Rosas.
Su nueva vida es un paraíso de opulencia: rodeada de cunas de oro, sirvientas guerreras entrenadas de élite y una catadora de alimentos personal, Maeve vive en el pináculo del poder. Pero su padre, Santiago Cipriano, un hombre marcado por un pasado de pobreza, guerra y una terrible traición familiar que lo llevó a encarcelar a su propio padre, la adora con una intensidad que roza lo asfixiante.
El verdadero horror llega cuando los recuerdos de su vida pasada se aclaran y Valérie comprende dónde está: ha renacido dentro de la trama del segundo libro de una trilogía de fantasía oscura que leyó anteriormente. Y el papel que le corresponde no es el de una heroína salva
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Capítulo 3: Las sombras del pasado y la traición en el té
Mientras observaba desde mi cuna de oro la imponente y protectora figura de mi padre, mi mente comenzó a hilar los recuerdos que los sirvientes y los murmullos de la corte solían contar en voz baja. Mis padres, Santiago y Alessia, no habían llegado a esta opulencia por un simple cuento de hadas; su historia estaba escrita con sudor, sangre y traiciones.
En sus inicios, todo era muy diferente. Alessia era una huérfana que trabajaba como sirvienta, y Santiago, hijo de un influyente intendente. Se habían enamorado profundamente, pero el padre de Santiago jamás aceptó su amor debido a las diferencias de clase. Ante la presión y el rechazo, ambos decidieron escapar juntos a un pueblo lejano.
—No tenemos nada, Alessia, solo lo puesto —le había dicho Santiago en aquel entonces, apretando sus manos con fuerza en medio de una pequeña y fría habitación alquilada—. Pero saldremos adelante, te lo juro.
—Con estar contigo me basta, Santiago —respondió ella con una sonrisa cansada pero firme—. Trabajaremos en lo que sea.
Los primeros años fueron una batalla constante contra la pobreza. Santiago trabajaba de sol a sol como herrero, mientras Alessia cuidaba a los hijos de los vecinos a cambio de unas pocas monedas de plata. Poco a poco, su situación económica comenzó a mejorar, pero la paz duró poco.
Estalló una guerra brutal contra un reino vecino y todos los hombres aptos fueron reclutados por la fuerza. Santiago tuvo que marchar al frente. En el campo de batalla, su valentía fue tal que ganó un enorme mérito militar, llamando la atención del propio rey. Peleando hombro a hombro, ambos se convirtieron en una fuerza imparable y terminaron forjando una profunda amistad.
Lejos de allí, las cartas eran su único consuelo.
—Santiago, los rumores de la guerra son terribles, no puedo quedarme de brazos cruzados esperando una mala noticia —escribía Alessia en su desesperación, tomando una gran decisión: comenzó a estudiar medicina de manera incansable para lograr ir al frente como médica militar. Y lo logró.
Tras dos años de sangre y sacrificio, el reino ganó la guerra. En agradecimiento y por mandato directo del rey, Santiago fue nombrado Primer Ministro, y Alessia, la médica real. Parecía el final feliz perfecto. Tomaron sus nuevos puestos en la capital y, al poco tiempo, la alegría se desbordó cuando ella quedó embarazada.
Pero la tragedia golpeó sin aviso.
A los dos meses de gestación, Alessia perdió al bebé.
—No lo entiendo, Santiago... —sollozaba ella en su habitación, derrumbada sobre el borde de la cama mientras él la abrazaba con desesperación—. Hice todo bien, mi salud era perfecta, los médicos reales no hallan explicación... ¿Por qué mi cuerpo me falla?
—Tranquila, amor, vamos a averiguar qué pasó. No estás sola en esto —le prometía él, besando su frente con angustia.
Un año después, volvieron a intentarlo con todas las esperanzas renovadas. Y la pesadilla se repitió exactamente igual: un aborto espontáneo a los dos meses. Fue entonces cuando la mente médica de Alessia se encendió con una fría y calculadora sospecha. Comenzó a investigar cada detalle, cada infusión, cada rutina.
Tras analizar minuciosamente las fechas y los patrones, descubrió una verdad aterradora: ambas veces, antes de perder al bebé, había estado tomando un té específico. Tenía tres sirvientas a su disposición, pero al revisar los turnos, notó un detalle macabro. Dos de ellas le servían la infusión a diario sin novedad; sin embargo, la tercera sirvienta solo le había preparado el té precisamente en las pocas ocasiones en las que ocurrieron los abortos.
Con las pruebas en la cabeza y el corazón helado, Alessia buscó a Santiago.
—Santiago, mira esto —le dijo ella mostrando los registros con voz temblorosa pero firme—. Alguien me está envenenando lentamente para evitar que tengamos descendencia. Y sé exactamente quién es.
La furia que se desató en Santiago fue incontenible. Con la frialdad de un guerrero y la ira de un esposo devastado, capturó a la sirvienta en secreto.
—¡Habla ahora mismo! —le rugió Santiago, arrinconándola en una fría celda subterránea, aterrorizándola con la sombra de la tortura hasta que la mujer, quebrada por el pánico, confesó la verdad—. ¿Quién te mandó?! ¡¿Quién está detrás de esto?!
—¡N-No me mate! ¡Fue... fue el señor intendente, su padre! —gimió la sirvienta temblando de terror—. Él me pagó para deshacerme de la sangre "indigna" de la familia...
Con todas las pruebas en la mano y el alma rota por la traición familiar, Santiago no titubeó. Usando su poder como Primer Ministro, hizo arrestar a su propio padre y a la sirvienta cómplice, condenándolos a pudrirse en las mazmorras más profundas del reino.
Así había terminado el primer libro de esta historia: con mis padres venciendo la última gran conspiración, aferrados el uno al otro, listos para gobernar... sin saber que el destino les tenía reservada otra sorpresa mucho más compleja: el nacimiento de su hija, Maeve. O sea, yo.