Una corona es hurtada por el Capitán Adam, un Fey Pirata. Con la ayuda de Jena, una joven arcángel, encarnación de la oscuridad.
Ese mismo robo regresa años más tarde con las consecuencias, para empujar a Eva, una Reina Elfo, a buscar una de las coronas del fin del mundo con ayuda de Jena, Len, uno de los cinco héroes elementales; Vin Ryder, una diosa de la Guerra; y Adam, el caótico Capitán de Pandora.
¿Eva podrá conseguir la corona? ¿La tripulación del barco Pandora podrá sobrevivir al viaje al fin del mundo?
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Capitulo #20: Corazón del Sol
Habíamos partido de la isla de los basiliscos para continuar nuestro viaje, siendo nuestra siguiente parada una cueva falsa conformada por el cadáver de un dios y una niebla que cegaba toda luz del cielo.
Para poder navegar en esas aguas, tuvimos que encender unas antorchas que iluminaban igual que una vela. Mis compañeros y yo, cegados por la intriga de saber qué era lo que atravesábamos, nos acercamos a la orilla.
—O-Oigan, ¿creen que ya estamos en el fin del mundo? —preguntó Caín sin apartar la mirada del esqueleto de un pirata que flotaba en el mar—.
—No. Esto no es el fin del mundo. Es algo mucho peor, es el territorio de la bruja más peligrosa de estos mares —dijo el señor Moy usando su antorcha para iluminar el cadáver de un soldado de Ítaca—. Circe…
—¡Tocó madera! ¡Por mi Glowp santo! ¡Tocó madera! —chillaron algunos tripulantes escupiendo al mar, tocando la madera del barco y girando como locos—. Fuera maldición, fuera maldición, soy protegido por la corte celestial —oraron por sus vidas—.
—¿Q-Qué? —jadeó Len volteando a ver al Capitán. Ese tonto borracho estaba viendo los ojos de Aracne con satisfacción—. ¿Por qué vamos con otra bruja?
—¿Por qué más vas con una vieja amiga del pasado? Vamos a negociar —respondió el capitán acercándose con una manzana dorada en su mano—. Y a recuperar lo que es mío por decreto.
—Conociendo a tus amigas, dudo que ella quiera verte.
—Tranquila, Primer Oficial. Esta vez yo no hice nada malo —toda su tripulación lo volteamos a ver con la ceja levantada—. ¿Qué? ¿Dije algo malo?
—¡¡Capitán!! ¡Tierra a la vista! —gritó Abel en cuanto nos acercamos a la isla donde vivía la bruja de los Mares—.
El corazón del dios muerto estaba abierto con árboles floreciendo encima suyo, como una isla cualquiera. La isla aún palpitaba y funcionaba para manchar el mar con sangre, estaba sostenida por una red de piel muerta cubierta por moho.
—El Corazón de Helios —murmuró el Capitán viendo a lo lejos un palacio que se asomaba en la isla, como el sol en un hermoso amanecer—.
—Escuché que el dios perdió su cuerpo físico en la Titanomaquia a manos de Sun, la diosa del Sol —dijo Abel tocando madera con ambas manos—.
—Irónico. Dos dioses del sol matándose entre ellos —añadió Moy sin apartar la vista de la isla palpitante—.
—Recuerden, quédense aquí —les dijo a los demás—. Primer oficial, los tortolitos y Moy, vengan conmigo. No quiero llegar solo con esa mujer —nos ordenó el Capitán—.
Con la compañía de mis amigos, bajamos a la isla palpitante para reunirnos con la bruja en su palacio construido con los huesos de las costillas de Helios. Las inmensas puertas del palacio se abrieron ante nosotros para recibirnos, solo que antes de dar un paso al frente, Adam nos detuvo con su botella de tequila.
—Pásala a los demás para que tomen un poco, si es que no quieren morir —le murmuró dándole el tequila a Moy—. Primer oficial, tú cómete esto —añadió dándome una flor de Molly—. Dudo que puedas tomar alcohol en tu condición.
—Creí haberte dado un ultimátum, sucio Vagabundo, asqueroso, infeliz y… —dijo la bruja, caminando hacia nosotros con pasos firmes. Su apariencia se encontraba oculta bajo una capa rosada que cubría la mayor parte de su cuerpo, lo único que veía era que era igual de alta que Adam—.
—Y sexy, sí, ese soy yo —la interrumpió el capitán—. Mi amada Cir… —una fuerte cachetada hizo retroceder y tambalearse al capitán—.
—Vete… antes de que exponga lo que eres en realidad. Tal y como lo hice con esa mugrosa noviecita tuya.
—En primera, Scylla no fue mi novia, en segunda, yo tengo la culpa de ser tan sexy para que te enamores de este cuerpazo.
—¿Qué? ¿Scylla fue una mujer? —murmuró Jena en voz baja—.
—Creí que fue una bestia salida de las entrañas de las personas —añadió Len sin dejar de abrazar a su novia—.
—¡Eres un imbécil! Me enamoré de ti, eras mi Glauco. Y tú solo me utilizaste para obtener una poción de amor. ¡La última vez escapaste porque te amaba! Ahora yo…
—¡Espera! ¡Espera! Antes de que me vuelvas en un monstruo como hiciste con Scylla. Te pido que mires detrás de mí.
—¿Ah? Tú, estúpido pi…
Al verme, la bruja se quitó la capucha, dejando ver su apariencia. Era una mujer con rasgos finos que podría darte la ilusión de que era una mujer tan radiante como el mismo sol. Su cabello negro, que caía sobre sus hombros, debajo de su capa llevaba una túnica blanca que le llegaba hasta los pies.
—Perséfone… —ella volteó a ver a Adam con la ceja levantada—. ¿Qué hace la hija de Demeter aquí?
—Ahm… b-bueno, detalles, detalles y puede que… ya sabes, es probable que robara una corona.
—¿Ahora qué robó el idiota? —suspiró con una voz cansada, colocando una mano en su cintura. Su mirada se movió hacia mí—.
—U-Una… una de las coronas del fin del mundo —tartamudeé poniéndome rígida y con el corazón a punto de explotar por su mirada que clavaba en mí, como una flecha—.
—Entiendo —murmuró girándose para caminar al fondo de su palacio. Con su mano nos hizo la seña para que la siguiéramos—.
Nosotros sin más opción caminamos detrás de ella por los pasillos de hueso. Viendo en el camino a unos animales tan dóciles que según rumores eran marineros, el capitán fue el único que se puso a su lado para seguir hablándole sin miedo.
—Supongo que la razón para venir conmigo no fue solo tu falta de cerebro y tu enorme ego.
—Exacto. Se nota que aún me amas y me conoces, vine por mi brújula para ir al fin del mundo.
—No la tengo yo. Y si la tuviera dame una razón para dársela a alguien tan patético como tú.
—Ay vamos, si la tienes tú. Escuché por ahí que Poseidón te la entregó, ahora si no te importa, ¿me la devuelves? —siguió con un tono tan infantil, que incluso yo quería darle una cachetada—. Ya tengo el pago por ella, por si te preguntas. Así que… dámela.
—Ugh, eres un ser… —se mordió el labio para detenerse—. ¿Por qué debería de hacerlo? Quiero una razón, mi estúpido Glauco.
—Hay un tesoro. Lejos de aquí, que quisiera ver una vez más y si no obtengo esa corona, es posible que me maten.
—¿Qué? ¿Morirás? —jadeó la hechicera deteniéndose—. Espera… ¿Por qué no comenzaste por ahí?
—¿Por qué lo haría? Tú me quieres muerto, ¿no?
—Mi… mi odio no significa que te quiera ver muerto —le respondió acercándose al Capitán—.
—Uy, uy —susurró alejándose de ella para evitar cualquier contacto—. Además, mi primer oficial está embarazada de la hija del Rey del Inframundo. Solo piénsalo, tendrás un favor de él. Si me la das y yo te doy el pago.
—¿Por qué no se quedan aquí? Al menos hasta que la niña nazca y tú… —intentó tocarle la mejilla, el capitán se apartó y le metió un manotazo—. Puedes quedarte aquí a salvo de morir por tu delito. No te prometo perdonarte, pero aquí puedes tenerlo todo.
—Gra… gracias por la oferta, de verdad muchas gracias —le respondió con cierta dificultad. Ella siguió acercándose, él estaba intentando apartar sus manos de la hechicera y sus gestos de apartar la mirada—. Ahora la brújula.
—Capitán, solo piénsalo, vivirás a salvo, con comida, tesoros y con una diosa como yo. Es el paraíso para cualquier pirata —le insistió inclinándose hacia él—. No tienes por qué buscar la corona. Si vas a morir, estoy dispuesta a acogerte por los viejos tiempos juntos.
—N-no puedo —la rechazó, alejándose de ella y soltando un suspiro tan largo que casi le arranca el alma—. En mi hogar me espera mi mayor tesoro en esta vida y no quiero romper su corazón como lo hice con el tuyo.
—Bien, te la daré —murmuró una última vez, mirándolo a los ojos en busca de un rastro de duda—. Pero dártela tiene un precio y lo sabes muy bien —añadió extendiendo su mano hacia el capitán—. E intenta no morir, ¿okey?
—Linda, sabes que soy como una cucaracha, soy difícil de matar —le respondí dándole los ojos de Aracne—.