A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 19
Cap 19: Patricio
Patricio Huerta entró a la vida de Camila por una cafetería del campus, a las once cuarenta del jueves, dos semanas después de la primera clase de Reygada.
Camila estaba sola, con un café enfriándose y la carpeta de bocetos abierta. Quería tener veinte bocetos seleccionados para el examen del lunes en Grupo Tejada, no veintisiete; el ejercicio era el de quitar, no el de poner.
—Esta línea aquí —dijo una voz desde detrás— está muy limpia.
Camila levantó la vista.
Alto, delgado, cabello castaño peinado hacia atrás con una displicencia estudiada, camisa de lino, saco beige sin estructura. Un año mayor. Café en la mano. Interés sin urgencia. No era el del que viene a coquetear. Era el del que ha mirado mucho diseño y sabe lo que ve.
—Permiso. Pero esos son míos. Y no te he dado permiso para verlos.
—Cierto. —Retrocedió medio paso. Levantó las manos—. Disculpa. Mal hábito.
—Está bien.
—Patricio. Patricio Huerta. Voy un año arriba que tú.
—Camila Lazcano.
Le estrechó la mano. Dos segundos justos.
—¿Para qué examen?
—¿Tú cómo sabes que son para examen?
—Porque están sobre la mesa en el orden en que los pondrías frente a un jurado. Y dejaste fuera dos que estabas dudando, los tienes a la izquierda separados por un dedo. Yo hice lo mismo en mi admisión.
—Para una entrevista. Externa.
—¿Externa al campus?
—Sí.
—¿En qué casa?
—Eso no te lo digo.
—Justo.
Patricio sonrió. La sonrisa cabía, sin tensión, dentro de la cara.
—¿Te puedo decir una cosa rápida y después me voy?
—Dila.
—Tengo un tío que tiene un taller chico. Hace producción y dirección de arte para catálogos de marcas medianas. Busca asistente para la próxima temporada. Si quieres, te dejo el número.
—¿Y si te digo que no me interesa?
—Me lo dices y ya. No insisto.
—¿Por qué me lo ofreces?
Patricio se tomó un segundo en responder.
—Por dos razones. La primera es la línea de tus bocetos. La segunda es que me caes bien y me gustaría tener una excusa para seguir hablando contigo en los pasillos.
—Aprecio que la segunda razón sea segunda.
—Es donde le corresponde.
—Pásame el contacto.
* * *
Patricio le pasó una tarjeta. Papel de algodón, tipografía elegida con cuidado. El tío tenía dinero, o al menos sabía gastar el suyo bien.
—Hablamos. Cuídate, Camila.
—Cuídate.
Patricio se alejó. No miró atrás. A los diez metros, sin embargo, se detuvo. Se giró. Volvió cinco pasos.
—Una cosa más. Sin presión. Esta noche es la inauguración del catálogo en el taller. Mi tío estará, tres clientes, dos diseñadores externos. Si quieres pasar, pasas. Si no, pasas el lunes a horario de oficina. Te dejo dirección por mensaje.
—Trato.
—Trato.
Esta vez sí se fue.
Camila guardó la tarjeta. Volvió al café. Estaba más frío. Lo bebió de todas formas.
Cinco minutos después, llegó al taller —en su cabeza, mental— el primer boceto nuevo para el examen del lunes. Lo dibujó ahí mismo, en la servilleta. Le iba a salir bien.
A los treinta segundos, Fer cayó en la silla de enfrente.
—Cami. ¿Eso fue Patricio Huerta? ¿Te dejó el número?
—Me dejó el número de su tío. Es distinto.
—¡Cami! Ese wey es de los Huerta de Hidalgo. Apellido. Tierras. Cami—
—Fer. No es nada.
—Todavía.
—No es nada nunca.
Fer entornó los ojos.
—Bueno. Pero ojo. Hay alguien para quien Patricio Huerta no es nada inocuo. Ese alguien va a olerlo en cinco minutos.
—Damián no es así.
—¿No?
—No.
—Que conste.
* * *
A las nueve y media, en la residencia, Camila le escribió a Damián.
> "Me ofrecieron un trabajo. Catálogos de moda para una marca mediana. Taller pequeño en Roma Norte. Lo voy a evaluar entre el examen del lunes y la respuesta de Grupo Tejada."
Damián tardó cuatro minutos.
> "¿Quién es la marca?"
> "Todavía no lo sé."
> "¿Quién es el tío?"
> "El tío de un compañero de la carrera."
> "¿Razón social?"
Camila se quedó mirando la pantalla. Tres preguntas seguidas, todas operativas.
> "Damián, ¿por qué tanta pregunta?"
Casi dos minutos.
> "Porque me importa que no te exploten."
> "Está bien que te importe. Pero deja que yo decida."
> "Claro."
Pausa larga. Treinta segundos.
> "¿Y quién te lo ofreció?"
Camila dejó el teléfono boca abajo. Se levantó. Caminó hasta la ventana. Volvió. Levantó el teléfono.
Tres opciones. Mentir. Evadir. Decir.
Decidió la cuarta.
> "Eso te lo digo en persona, si te interesa preguntármelo. Si me lo preguntas por aquí, te respondo: un compañero que se llama Patricio. Pasa por aquí cuando puedas y te cuento lo demás."
Pausa.
> "Voy mañana."
> "Te espero a las seis."
> "Trato."
Camila guardó el teléfono. Después, dudó tres segundos. Volvió a levantarlo.
> "Damián. Una cosa más. Esta noche hay una inauguración en el taller del tío. Voy a pasar veinte minutos. Te aviso para que no te enteres por otro lado."
Cuatro minutos.
> "Gracias por avisar."
> "De nada."
> "¿Vas sola?"
> "Voy sola."
> "¿Quieres que Cipriano te recoja a la salida?"
> "No. Tomo Uber."
> "Trato."
* * *
Después, cuando ya se había acostado, vibró otra vez.
> "Buenas noches."
Camila lo miró un rato. Le respondió, despacio, con un solo dedo.
> "Buenas noches."
Apagó.
A veces las conversaciones más importantes son las que no terminan de ocurrir.
* * *
Esa misma noche, en su despacho de Polanco, Damián marcó.
—Ortega.
—Sí, licenciado.
—¿Quién es Patricio Huerta? Estudiante de diseño, año arriba de Camila.
—De los Huerta de Pachuca. Apellido viejo. Negocio familiar de ganadería. El muchacho es sobrino del lado materno de los Huerta-Vives. Sin antecedentes. Trabaja en el taller del tío, en Roma Norte. Casa Vives, marca discreta. Limpia.
—¿Limpia limpia?
—Limpia limpia. Hago una llamada al tío para confirmar la oferta y la cifra. Si la oferta es real y a precio de mercado, la informo. Si no, la informo igual.
—No quiero presionar al tío.
—No es presión. Es información. La señora va a decidir sola.
—Bien.
—¿Algo más, licenciado?
—Reygada.
—¿Señor?
—El maestro de diseño técnico del campus de la señora. Reygada. Cuáles son sus credenciales y a quién le debe favores.
—Mañana lo tiene.
—Gracias.
Damián colgó. Miró por la ventana el horizonte naranja.
Sintió, por primera vez en muchos años, una emoción que reconoció con incomodidad: celos. No los posesivos del macho que marca territorio. Los chicos del hombre que se da cuenta de que se está jugando algo en una mesa donde, hasta esa tarde, había estado seguro de ser el único jugador con cartas.
Agendó para la mañana siguiente: pasar a las seis al campus, conocer a Patricio sin que Camila tuviera que presentárselo, y dejar de fingir —incluso para sí mismo— que el acuerdo de "solo amigos" todavía estaba en pie.
Antes de apagar la pantalla, abrió el chat con Camila. Tecleó tres palabras. Borró. Tecleó dos. Borró.
Guardó el teléfono sin enviar nada. Esa noche, decidió, era de ella.
Mañana ya vería.
Pero, antes de cerrar la pantalla, sonó. Era Sebastián.
> "Hermano. Llevo dos semanas sin oír de ti. ¿Sigues vivo?"
> "Vivo."
> "¿Comemos el lunes?"
> "Comemos."
> "Trato."
Damián guardó el teléfono. Esa cena, sospechó, iba a ser más importante de lo que Sebastián todavía no sabía.