Un imperio donde la magia proviene de los cuerpos celestes. Quienes nacen bajo el Sol controlan la materia; quienes nacen bajo la Luna, la mente. Cada milenio ocurre un Eclipse de Sangre que otorga poder divino a quien realice un sacrificio real.
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El Jardín de las Quimeras y la Herida de Vidrio
El invierno helado del ducado lunar comenzaba a rozar las montañas con sus primeras garras de escarcha, pero dentro del Jardín Invernal de la Órbita Umbría el clima era el de un estío perpetuo y sofocante. Diseñado como una cúpula gigante de vidrio reforzado con filamentos de plata, el recinto albergaba especies botánicas exóticas de todo el imperio: orquídeas nocturnas que emitían un fulgor violeta, helechos que reaccionaban a los impulsos mentales y rosales de tallos de hierro cuyas espinas destilaban venenos sedantes.
Aurelius caminaba descalzo sobre el prado de musgo sintético. Llevaba una camisa blanca de seda suelta, abierta en el pecho, y pantalones ceñidos de montar. Tras semanas de riguroso aislamiento y entrenamiento diario en las catacumbas, la piel del joven príncipe había recuperado un brillo saludable, aunque sus manos aún conservaban cicatrices delgadas como hilos de plata, vestigio de los momentos en que su magia intentaba quemarlo desde adentro.
Frente a él, suspendido sobre una mesa de cuarzo tallado, flotaba un relicario de hierro fundido. Su tarea del día era, en apariencia, sencilla: fundir el cerrojo del relicario utilizando la temperatura exacta de su fuego solar sin dañar la estructura de encaje ni el manuscrito de papiro antiguo que yacía en su interior.
Aurelius respiró hondo. Cerró los ojos y buscó la chispa en el fondo de sus entrañas. Al principio, sintió la habitual ola de calor sofocante, el rugido de la ira contenida que amenazaba con convertirse en una llamarada destructiva.
—Demasiada prisa, pequeño príncipe —resonó una voz a su espalda.
Valerius avanzó entre los arbustos de orquídeas nocturnas. El Archiduque vestía una túnica informal de casa, de terciopelo gris oscuro, sin abrochar en el cuello. Su melena plateada caía ligera sobre sus hombros, dándole un aspecto menos marcial pero infinitamente más intimidante en su intimidad.
Aurelius abrió los ojos y perdió la concentración por una fracción de segundo. El fuego que recién brotaba de sus yemas saltó salvajemente hacia el relicario. La temperatura ascendió en un pico volcánico, y en lugar de moldear el metal, el hierro del cerrojo se vaporizó de golpe, carbonizando el borde del manuscrito de papiro.
—¡Maldición! —maldijo Aurelius, dando un paso atrás y apretando los puños con frustración. El sudor le caía por la sien, pegando mechones de cabello rubio a su frente—. ¡Es imposible! Tu magia es sobre la calma, la mía es sobre la ignición. Pedirme que controle el fuego con la delicadeza de una costurera es como pedirle a una tormenta que no rompa las ramas.
Valerius no se alteró por la destrucción del manuscrito. Caminó lentamente hasta quedar justo detrás del muchacho. Su presencia envolvió a Aurelius de inmediato; el aroma a sándalo, frío y nieve limpia invadió los sentidos del príncipe, desarmando su postura defensiva.
—No fracasaste porque tu magia sea torpe, Aurelius —dijo Valerius, hablando tan cerca de su nuca que el aire frío de su respiración hizo que los bellos del cuello del joven se erizaran—. Fracasaste porque me miraste a mí antes de terminar la canalización. Buscaste mi aprobación con los ojos antes de asegurar el nudo de tu magia.
El rostro de Aurelius enrojeció instintivamente. Se giró para encarar al Archiduque, manteniendo los hombros erguidos para no parecer intimidado.
—No busco tu aprobación —mintió el príncipe con la voz ligeramente quebrada—. Solo estoy harto de estar encerrado en este palacio de cristal como un pájaro de adorno. Me dijiste que me enseñarías a usar mi poder para destruir al Emperador, pero solo me tienes haciendo trucos de circo con cerrojos y pergaminos.
Valerius lo contempló en silencio durante un largo trecho. Su mirada, siempre impenetrable, pareció suavizarse apenas un milímetro, dejando entrever la abrumadora complejidad de sus pensamientos. Para el estratega que nunca había visto a los demás más que como peones en una junta de ajedrez, la intensidad emocional de Aurelius representaba un territorio impredecible y peligrosamente fascinante.
—Ven aquí —ordenó el Archiduque, sentándose en el borde del estanque de mármol que ocupaba el centro del jardín.
Aurelius dudó un segundo, pero terminó caminando hacia él. Valerius palmeó el espacio a su lado sobre la piedra fría. El joven príncipe se sentó, manteniendo una distancia prudencial de unos centímetros.
—¿Sabes por qué te obligo a hacer estas tareas 'insignificantes'? —preguntó Valerius, alzando la mano y realizando un leve gesto con los dedos. A través de su telequinesis sutil, una gota de agua del estanque se elevó en el aire, congelándose instantáneamente en una pequeña rosa de hielo perfecto—. Porque la magia bruta es un desperdicio de vida. Cualquier imbécil con sangre divina puede incinerar un pueblo si se le da suficiente ira. Pero solo aquellos que gobiernan su propia mente pueden destruir a un soberano sin tocar un solo pedazo de su corona.
Valerius tomó la rosa de hielo y, para sorpresa de Aurelius, se la ofreció.
Aurelius miró la flor helada y luego la cara del hombre. Extendió la mano lentamente y la tomó. Al contacto con las palmas ardientes del príncipe, el hielo de la rosa empezó a derretirse en un hilillo de agua que corrió por sus dedos, pero gracias al esfuerzo consciente de Aurelius, la flor no se vaporizó al instante; mantuvo su forma durante varios segundos antes de deshacerse.
—Lo viste... —murmuró Aurelius, fascinado, alzando la vista hacia Valerius—. Sostuve el hielo sin destruirlo.
—Lo hiciste porque por un momento dejaste de pelear contra el frío que te rodea —dijo Valerius en un susurro.
El Archiduque extendió la mano y apoyó la palma sobre la rodilla de Aurelius. La tela fina del pantalón no amortiguó la brusca corriente de electricidad que atravesó a ambos. Aurelius dio un pequeño brinco interno, pero no se alejó. Miró la mano del estratega sobre su pierna y luego sus ojos oscuros, donde la frialdad habitual dejaba entrever un destello de posesión voraz.
—Al principio... te traje aquí porque eras una herramienta indispensable —admitió Valerius con una honestidad desarmante, que sonó más peligrosa que cualquier amenaza—. Un recipiente de sangre solar pura para reclamar el poder del Eclipse de Sangre. Un medio para un fin.
Aurelius sintió un nudo amargo en la garganta. La confirmación explícita de su condición de rehén político dolía, a pesar de que ya lo sabía desde el principio.
—¿Y ahora? —preguntó el príncipe, buscando en el rostro del estratega un rastro de falsedad—. ¿Qué soy ahora para ti, Lord Nightshade?
Valerius acortó la distancia entre sus cuerpos. Desplazó su mano desde la rodilla de Aurelius hasta su muslo, apretando con una fuerza lenta, adictiva y territorial. La otra mano del Archiduque subió hasta el cuello del príncipe, enredando sus dedos largos en el cabello dorado del muchacho, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás.
—Ahora eres un incendio que amenaza con devorar mi propia casa, Aurelius —susurró Valerius, inclinándose hasta que sus labios rozaron la mejilla del joven, rozando la piel sensible debajo de su oreja—. Y lo peor de todo... es que no tengo ningún deseo de apagarlo.
Aurelius dejó escapar un suspiro entrecortado. Su mente, habitualmente caótica y llena de rabia, se acalló por completo bajo la influencia del hombre mayor. El contraste entre la madurez calculadora de Valerius y la entrega desesperada que empezaba a exigir de él producía una devoción febril en el joven.
Aurelius alzó sus propias manos, vacilante, y apoyó las palmas sobre el pecho de Valerius. Sintió la firmeza de la musculatura bajo el terciopelo y el latido sereno, pero acelerado, del corazón del soberano lunar.
—No dejes que el Emperador me recupere —suplicó Aurelius, sin apenas reconocer su propia voz, que sonaba desgarrada y llena de una necesidad pura—. No me vendas, Valerius. Haz lo que quieras conmigo... úsame en tu guerra, pero no me entregues.
Valerius sintió un vuelco inusual en las profundidades de su ser. Aquella súplica, dicha con una vulnerabilidad tan cruda por parte del príncipe indomable, destruyó la última barrera de indiferencia que el estratega había cultivado durante quince años.
—Nadie tocará un solo hilo de tu cabeza, Aurelius —declaró Valerius, con una firmeza siniestra que sonaba como un juramento ante las estrellas—. El Imperio entero tendrá que quemarse antes de que yo permita que alguien te ponga las manos encima.
Y antes de que Aurelius pudiera responder, Valerius reclamó sus labios en un beso profundo, dominante y pausado. No hubo delicadeza de corte; fue una toma de posesión absoluta. Aurelius gimió contra la boca del Archiduque, respondiendo con un ardor desesperado, entrelazando sus brazos alrededor del cuello del hombre mientras el fuego de su sangre y el frío psiónico de Valerius chocaban en una tormenta sensorial que hizo temblar la cúpula de cristal del jardín.