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ME CANSÉ DE SER BUENO EL PADRINO DE LA MAFIA MUESTRA SUS DIENTES

ME CANSÉ DE SER BUENO EL PADRINO DE LA MAFIA MUESTRA SUS DIENTES

Status: Terminada
Genre:Mafia / Villana / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Dante Valero nunca fue un hombre bueno. Solo fue tolerante.
Durante años permitió que su familia viviera de su fortuna, soportó las manipulaciones de su primo Mateo y cedió una y otra vez para evitar que el enfermizo muchacho sufriera una crisis. Incluso aceptó que su prometida, Valeria Zorich, lo abandonara momentáneamente por él.
Pero el día de su boda, Mateo cruzó la última línea.
Dante dejó el altar, rompió el compromiso y abrió las puertas de un poder que todos creían dormido. Lo que nadie sabía era que el único heredero del imperio Valero jamás había sido débil. Simplemente se había contenido.
Ahora sus enemigos descubrirán lo que significa enfrentarse al verdadero Dante.
Mientras las familias que lo traicionaron caen en deudas, escándalos y ruinas, Elena Cruz, la única mujer que siempre conoció su verdadera naturaleza, regresa a su lado.
Él perdió una novia.
Ellos están a punto de perderlo todo.

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LA CAÍDA DE LOS PARÁSITOS Y EL TRONO DE LÍA

Los días pasaron y el silencio por parte de su familia no fue señal de arrepentimiento, sino de desesperación absoluta. Sin el dinero de Dante, sin los contactos, sin la protección que durante años tomaron por hecho, la vida de la rama lateral de la familia Valero se desmoronó con una velocidad aterradora.

No tuvieron para el médico privado. No tuvieron para la farmacia. No tuvieron ni para pagar el alquiler de la casa que Dante les había regalado. Y mientras tanto, en la mansión, la vida seguía en paz, ajena a su miseria.

Una tarde, Dante estaba en su despacho revisando informes cuando Javier entró con expresión seria.

— Señor… están en la puerta. Su tía, su tío y… el primo. Lo han traído en un taxi. Parece que no tienen ni para pagar la carrera. Están sucios, desesperados, y él… él se ve muy mal. La fiebre no le baja. Insisten en verlo. Dicen que no se irán sin usted.

Dante no levantó la vista del documento que estaba firmando. Trazó su firma con calma, pasó la página, y dijo con voz tranquila:

— Déjalos pasar. Pero adviérteles: si hacen un escándalo, si insultan a alguien, si lloran de forma exagerada… los saco a la calle y no vuelven a entrar.

Minutos después entraron. Y el contraste era brutal. La tía, que siempre vestía sedas y joyas baratas, llevaba un vestido viejo y manchado. El tío, con la ropa arrugada y el olor a alcohol que ya no podía disimular. Y Mateo… Mateo estaba demacrado, pálido como la cera, con los ojos hundidos, temblando de fiebre, sostenido a duras penas por sus padres. Casi no podía caminar.

Se quedaron de pie frente a su escritorio, sin atreverse a avanzar. Dante los miró por encima de sus gafas, frío, impasible. No había rabia en su mirada. Había asco.

— ¿Ya terminaron de dar la vuelta al mundo? —dijo él, con tono seco—. Llegaron tarde. Yo ya no tengo nada que decirles.

— ¡Dante, por favor! —gritó su tía, cayendo de rodillas de golpe—. ¡Míralo! ¡Se muere! ¡Se nos muere! ¡No tienes corazón! ¡Tú puedes salvarlo! ¡Tienes el mejor médico, tienes todo! ¡Solo te pedimos prestado! ¡Te lo devolveremos! ¡Lo juro!

— ¿Devolverán? —repitió Dante, y soltó una risa cortante, sin humor—. ¿Con qué? ¿Con las mentiras que dicen? ¿Con las lágrimas que derraman cuando les conviene? ¿O con la salud de su hijo que siempre usaron como moneda de cambio?

Se puso de pie lentamente, rodeó el escritorio y se detuvo frente a ellos, imponente, oscuro, el amo de todo lo que había en esa habitación.

— Escúchenme bien, porque no lo voy a repetir. Durante diez años les di todo. Casa, coche, dinero, médicos, vacaciones. ¿Y cómo me lo agradecieron? El día de mi boda… el día más importante de mi vida… ustedes me lo arruinaron. Me dejaron plantado. Me humillaron delante de todos. Por él. Por este chico que siempre estuvo enfermo de comodidad, de envidia, de codicia.

Mateo intentó hablar, pero solo salió un sonido ronco y débil.

— No hables —le dijo Dante, señalándolo con un dedo—. No mereces dirigirme la palabra. Tu enfermedad no es culpa mía. Es culpa de haber vivido de lo que no te ganaste. De haber creído que tenías derecho a lo que era mío. De haber envidiado mi lugar en vez de construir el tuyo. Eso te está matando, primo. No una infección. La envidia te está matando.

Su tía lloraba a gritos, arrastrándose por el suelo.

— ¡Somos familia! ¡Sangre! ¡La sangre pesa más que el dinero!

— ¿Sangre? —Dante la miró con desprecio—. Mi sangre no es parásita. Mi sangre no traiciona. Mi sangre no miente. Ustedes son familia de nombre, nada más. Y hoy, aquí, les digo: esa relación termina hoy. No hay primos. No hay tíos. No hay nada. Si quieren llevarlo al hospital, vayan. Ahí lo atienden. Pero de mi bolsillo… ni un centavo más. Y si vuelven a poner un pie en esta propiedad… los hago arrestar por allanamiento. ¿Quedó claro?

— ¡Eres un monstruo! —gritó su tío, por fin hablando, con la voz pastosa por el alcohol—. ¡Te arrepentirás! ¡Dios te castigará!

— Dios no castiga a los que se defienden de los lobos disfrazados de ovejas —respondió Dante, cortante—. Llévenselo. Y no vuelvan.

Hizo una seña a los guardias. Estos los tomaron del brazo sin delicadeza y los sacaron. Los gritos, los llantos, las maldiciones… se fueron apagando hasta desaparecer por completo.

Dante se quedó solo en el despacho, respirando hondo. No sintió culpa. No sintió remordimiento. Sintió alivio. Como si se hubiera quitado un peso enorme de encima.

Entonces la puerta se abrió suavemente. Era Lía. Entró despacio, se acercó a él, y sin decir una palabra, lo abrazó con fuerza. No preguntó. No juzgó. Solo lo sostuvo.

— Escuché… —susurró ella contra su pecho—. Y no te juzgo. Sé que hiciste lo correcto. No te debes a nadie que no te valore.

Dante la abrazó con desesperación, como si ella fuera su ancla.

— Pensé que me dirías que fui cruel —murmuró él.

— Fuiste justo —lo corrigió ella, mirándolo a los ojos—. Ellos te usaron toda la vida. Tú solo dejaste de permitirlo. Y ahora… ahora estás libre.

Él la miró, y en ese momento entendió algo fundamental: mientras él daba, ellos exigían. Pero cuando él dio todo su corazón a Lía… ella se lo devolvía multiplicado. Ella no pedía. Ella daba. Ella no exigía. Ella amaba.

— Tú eres mi familia ahora, Lía —le dijo, tomándole el rostro entre las manos—. Tú y nadie más. Mi pasado se quedó en la puerta con ellos. Mi futuro… es contigo.

La besó, y ese beso selló su destino. Afuera, su familia seguía cayendo en la miseria que se buscó. Pero aquí, dentro, en su refugio, el rey había encontrado su reina. Y nada, absolutamente nada, los separaría jamás.

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