Nadie debía entrar al Faro de las Sombras.
Elena lo hizo.
Allí encontró a Dante, el último guardián… y descubrió que su llegada estaba relacionada con un secreto que llevaba treinta años oculto.
- Una leyenda.
- Dos familias enfrentadas.
-Un amor que podría cambiarlo todo.
Pero… ¿por qué el faro parecía estar esperándola?
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Capítulo 3: Bajo el mismo techo
Marisa caminaba delante de ella con pasos cortos y silenciosos, como si conociera cada tabla del suelo y cada rincón de la casa de memoria, evitando hacer el menor ruido posible. Era una mujer mayor, de cabello completamente blanco recogido en un moño ajustado, rostro marcado por arrugas profundas que parecían dibujadas por el tiempo y el viento constante de la costa. Vestía un uniforme sencillo de tela oscura, y sus manos, cruzadas delante de su cintura, mostraban cicatrices finas y dureza de años trabajando sin descanso. Mientras avanzaban por pasillos largos y sombríos, Elena no dejaba de mirar a su alrededor: cada puerta cerrada parecía guardar una historia, cada retrato en las paredes seguía su paso con la mirada, y el eco de sus propios pasos se perdía en la distancia como si alguien más los repitiera en voz baja.
—Esta será su habitación, señorita —dijo la mujer deteniéndose frente a una puerta de madera maciza, abriéndola con cuidado—. Es la más cercana a la escalera principal, lejos de las corrientes fuertes y de las zonas que no debe frecuentar. Aquí estará tranquila… siempre que respete lo que se le ha indicado.
Elena entró. La estancia era amplia, con techos altos que hacían que el espacio pareciera aún más grande. Tenía una cama grande con cabecera tallada, armarios oscuros, un escritorio cerca de la ventana y una chimenea de piedra que ya tenía leña preparada, lista para encender. Las cortinas eran gruesas, de tela pesada en tonos verdes apagados, y la luz que entraba era suave, tenue, como si la casa misma evitara que el sol brillara con demasiada fuerza dentro de sus muros. Todo estaba limpio, ordenado, bien cuidado… pero se sentía frío, como si nadie hubiera llenado estas habitaciones con vida propia en mucho tiempo.
—¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí el señor Montalvo solo? —preguntó Elena dejando su maleta sobre una silla y mirando hacia la mujer.
Marisa se detuvo en el umbral, sus ojos oscuros la observaron con precaución, como si estuviera sopesando cuánto podía decir y cuánto debía callar.
—El señor Dante ha vivido aquí desde que era muy joven —respondió bajito, evitando dar detalles innecesarios—. Se quedó solo después de que sus padres partieran… como otros antes que ellos. Aquí la gente no vive mucho tiempo, señorita. O se van, o se quedan para siempre bajo tierra. Por eso le ruego: escuche lo que le dicen, no busque lo que no le corresponde saber, y manténgase alerta. Lo que se ve aquí no es siempre lo que es de verdad.
Se acercó un paso más, bajó aún más la voz hasta que casi fue un susurro:
—Le advierto esto porque su abuela… era buena mujer. Sabía cosas, pero tuvo miedo y se fue. Usted ha vuelto a entrar en esta casa voluntariamente, y ahora no hay salida fácil. Tenga cuidado con lo que pregunta, con lo que mira… y sobre todo, tenga cuidado con él. No todo lo que parece es lo que es en el señor Montalvo.
Antes de que Elena pudiera pedirle que explicara más, la mujer asintió brevemente y se retiró cerrando la puerta tras de sí, dejándola sola con el silencio que parecía crecer y rodearla por todos lados.
Durante los primeros días, Elena aprendió los ritmos extraños de aquella mansión inmensa. Despertaba temprano, y cuando salía de su habitación, el lugar parecía vacío: pasillos desiertos, salones grandes donde nadie se sentaba, comedores con mesas largas listas para personas que nunca llegaban. A veces escuchaba pasos lejanos, puertas que se cerraban suavemente, o el sonido de algo pesado que se arrastraba en pisos superiores… pero cuando iba a mirar, no encontraba a nadie.
Veía a Dante muy poco. Aparecía al mediodía o al final de la tarde, siempre vestido igual, siempre con esa expresión seria y distante que parecía imponer respeto y distancia al mismo tiempo. Comían juntos en un comedor enorme donde sus voces se perdían entre las paredes, y casi no hablaban: él respondía solo lo necesario, ella intentaba hacer preguntas que él desviaba con una sola frase o cambiaba de tema sin dudar.
Notaba cosas que no encajaban: muchas veces regresaba de sus salidas con ropa mojada hasta los hombros aunque no hubiera llovido en todo el día, o con rasguños finos en las manos y en los brazos que cubría rápidamente o decía que se había hecho al pasar entre arbustos o al arreglar algo en la propiedad. Otras veces llegaba pálido, con el rostro cansado, caminando despacio como si cargara un peso inmenso que nadie más podía ver. Y sin embargo, nunca se quejaba, nunca pedía ayuda, nunca dejaba traslucir debilidad alguna.
Una mañana, Elena se despertó con fiebre y dolor fuerte en el cuerpo: el aire húmedo y frío de la costa, las corrientes que entraban por rincones ocultos, habían terminado por afectarla. Se quedó en la cama temblando, con la cabeza pesada, pensando que tendría que buscar ella misma algo para calmarse, pues nadie vendría si no llamaba… pero cuando abrió los ojos un rato después, vio sobre la mesa de noche una taza humeante con infusión caliente, una manta gruesa y una pequeña caja con remedios secos. No había ninguna nota, nadie había entrado que ella recordara… pero supo en el acto quién lo había dejado.
Al día siguiente, cuando se encontraron en el pasillo, ella se detuvo delante de él:
—Gracias. Por lo que dejó en mi habitación ayer.
Dante bajó la mirada un instante, como si le incomodara que ella le diera las gracias por algo así, y luego respondió con su tono habitual, firme y neutro:
—No puedes enfermarte aquí. Necesito que estés bien y fuerte. El trato requiere que cumplas tu parte, y para eso debes estar sana.
Se dio la vuelta para irse, pero Elena no se quedó callada:
—¿Solo es por el trato? —preguntó bajito, pero con seguridad—. ¿Por protección, porque lo exige el acuerdo? ¿O acaso hay algo más que usted no se atreve a decir?
Él se detuvo en seco. Sus hombros se tensaron, y durante unos segundos largos ella creyó que no respondería, que se iría sin hablar como hacía siempre. Pero giró despacio la cabeza hacia ella, y en sus ojos grises, profundos y enigmáticos, vio algo distinto: una lucha interna, algo que quería salir pero que él mantenía preso con fuerza.
—No intentes buscar lo que aún no está listo para ser visto —dijo él, voz más baja, más suave, pero cargada de advertencia—. Cuanto menos sepas, más segura estarás. Y ahora… sigue caminando. No te quedes aquí parada esperando respuestas que pueden hacerte daño.
Se marchó rápido, con paso firme, perdiéndose entre las sombras del pasillo, dejándola con el corazón acelerado y más preguntas que antes.
Poco después, cuando bajó hacia la entrada principal, escuchó a dos hombres que trabajaban arreglando el muro exterior hablar entre sí, bajando la voz pero sin saber que ella estaba cerca:
—… Dice que la nueva esposa es de la familia antigua, la que siempre vienen a ayudar a los Montalvo.
—¿Ayudar? —respondió el otro, escéptico—. Todos los que han entrado ahí han terminado pagando un precio muy alto. El señor Dante no es mal hombre, eso lo sé… pero está atado a algo que lo consume poco a poco. Si ella es lista, se irá mientras pueda. Si se queda… terminará igual que las demás: perdida, o peor.
Elena se quedó inmóvil, escuchando, mientras sentía cómo el miedo y la curiosidad se mezclaban en su pecho. Entendió entonces que las historias del pueblo no nacían de la nada, que detrás de la fama de maldito y aterrador que tenía Dante, había algo mucho más triste y mucho más pesado: una soledad eterna, una carga que llevaba solo desde que era niño, y un destino que le había sido impuesto igual que a ella.
Esa noche, mientras caminaba cerca de la chimenea del gran salón, vio de nuevo el símbolo tallado en la piedra: la estrella rodeada de olas, profundo, antiguo, presente en cada rincón importante de la casa. Se acercó despacio, pasó los dedos por las líneas desgastadas por siglos de manos que también habían buscado respuestas. Pensó en su abuela, en Marisa, en los trabajadores, en las advertencias… y sobre todo en Dante: frío, distante, misterioso… pero que dejaba tazas calientes, mantas gruesas y protección sin decir una palabra.
Ya no era solo una extraña que buscaba respuestas. Ya vivía bajo el mismo techo, compartía el mismo aire, pisaba los mismos suelos cargados de pasado. Y poco a poco, empezaba a comprender que el misterio no estaba solo en las paredes, ni en el faro, ni en las leyendas… sino en el hombre que vivía en medio de todo eso, encerrado en su propia fortaleza de silencio, esperando tal vez, sin saberlo, a alguien que no solo viniera a cumplir un contrato… sino a quedarse, a entender y a liberarlo.
Fuera, el viento aullaba más fuerte, golpeando contra las ventanas como si quisiera entrar y llevarse todo consigo. Y en lo alto, muy lejos, una luz brilló un instante entre la oscuridad: breve, clara, avisando que el secreto seguía despierto, vigilando, esperando el momento justo para revelarse.