Valentín Bianchi, un omega porteño de veinticinco años, está acostumbrado al ritmo frenético de Buenos Aires. Su vida gira entre cafeterías, subtes, reuniones y el ruido constante de la ciudad.
Todo cambia cuando hereda una antigua estancia en plena pampa bonaerense. Su único objetivo es venderla cuanto antes, volver a la Capital y olvidarse del barro, las vacas y los caminos de tierra.
Pero la estancia no está vacía.
Tomás Ferreyra, un alfa gaucho nacido y criado allí, administra el lugar desde hace años. Es serio, orgulloso, amante de los caballos y defensor de las tradiciones. Para él, esa estancia no es un negocio: es su hogar.
Desde el primer encuentro, ninguno soporta al otro.
—¿Vos sos el nuevo dueño? Mirá vos... pensé que mandaban a alguien que supiera ensuciarse las botas.
—Y yo pensé que los gauchos eran más educados.
Entre mates compartidos a regañadientes, asados con los peones, cabalgatas interminables y noches bajo un cielo lleno de estrellas, ambos descubrirán que hay se
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Capítulo 13: El llamado
El corazón de Valentín comenzó a latir con fuerza.
Se alejó unos pasos de la galería mientras sostenía el teléfono con la mano temblorosa.
—¿Mamá? ¿Qué pasó?
Del otro lado hubo un breve silencio.
—Necesito que vengas a Buenos Aires cuanto antes.
—¿Pero por qué?
La voz de su madre sonaba preocupada.
—No quiero hablar por teléfono... es importante.
Valentín tragó saliva.
—¿Estás bien?
—Sí... yo estoy bien.
—¿Y entonces?
—Por favor, hijo. Vení.
La llamada terminó.
El omega permaneció inmóvil, mirando la pantalla apagada del celular.
Sentía un nudo en el estómago.
Tomás se acercó despacio.
—¿Qué pasó?
Valentín respiró hondo antes de responder.
—Mi mamá quiere que vuelva a Buenos Aires.
El alfa frunció el ceño.
—¿Te dijo por qué?
—No...
Bajó la mirada.
—Solo dijo que era urgente.
La noticia cayó como un balde de agua fría.
Durante la cena casi nadie habló.
Marta servía la comida en silencio.
Nico miraba de reojo a Valentín.
Don Ramón tomaba mate con gesto serio.
Pampa, como si sintiera la preocupación de todos, permanecía acostado junto a la silla del omega.
Finalmente fue Marta quien rompió el silencio.
—¿Te vas mañana?
Valentín suspiró.
—Creo que sí.
Tomás dejó los cubiertos sobre la mesa.
El sonido de la madera contra el plato hizo que todos levantaran la vista.
—Yo te llevo.
Valentín lo miró sorprendido.
—No hace falta.
—Sí hace.
—Son muchas horas de viaje.
—No me importa.
Hubo un breve silencio.
Valentín sonrió con gratitud.
—Gracias.
Esa noche ninguno de los dos pudo dormir.
Valentín salió al patio buscando un poco de aire.
La luna iluminaba los corrales.
El viento fresco movía los árboles.
Escuchó unos pasos detrás de él.
—Sabía que ibas a estar acá.
Era Tomás.
El alfa llevaba un termo bajo el brazo y un mate en la mano.
—Traje provisiones.
Valentín sonrió.
—¿Otra vez mate?
—Siempre ayuda.
Los dos se sentaron en el viejo tronco donde tantas veces habían conversado.
Pampa se acomodó entre ellos.
Durante varios minutos compartieron el silencio.
—¿Tenés miedo? —preguntó Tomás.
Valentín tardó en responder.
—Sí.
—¿Por lo que pueda haber pasado?
Asintió.
—Y también...
Miró el cielo.
—Tengo miedo de irme y que, cuando vuelva...
No terminó la frase.
Tomás comprendió lo que quería decir.
—La estancia va a seguir acá.
—No hablo de la estancia.
El alfa sintió un vuelco en el pecho.
Por primera vez, Valentín estaba hablando de ellos.
Aunque todavía no se animara a decirlo.
Tomás dejó el mate sobre el tronco.
—Escuchame.
El omega levantó la vista.
—No importa cuánto tardes.
Yo voy a estar esperándote.
Valentín sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Lo prometés?
Tomás extendió el meñique, sonriendo con timidez.
—Lo prometo.
Valentín soltó una pequeña risa.
—Eso hacíamos cuando éramos chicos.
—¿Te acordás?
—No...
Pero quiero empezar a hacerlo de nuevo.
Entrelazó su meñique con el de Tomás.
Fue un gesto sencillo.
Infantil, incluso.
Pero para ambos significaba mucho más que cualquier otra promesa.
—Prometido —susurraron al mismo tiempo.
A la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, la camioneta ya estaba lista.
Marta abrazó con fuerza a Valentín.
—Volvé pronto.
—Lo voy a hacer.
Nico le dio una palmada en el hombro.
—No te olvides de nosotros, porteño.
—Imposible.
Don Ramón le estrechó la mano.
—Esta ya es tu casa.
Valentín sintió un nudo en la garganta.
Nunca imaginó que, en tan pocas semanas, aquellas personas llegarían a ser tan importantes para él.
Pampa comenzó a ladrar desesperadamente cuando vio que Valentín subía a la camioneta.
—No, campeón...
El cachorro intentó seguirlo.
Tomás lo alzó en brazos.
—Tranquilo.
—Cuidámelo.
—Con mi vida.
El viaje hacia Buenos Aires transcurrió casi en silencio.
La radio sonaba muy bajito.
Los campos iban desapareciendo poco a poco, reemplazados por rutas más transitadas, edificios y carteles.
Valentín observaba la ventana.
Sintió algo extraño.
La ciudad, que antes era su lugar favorito, ahora ya no le provocaba la misma emoción.
Cuando comenzaron a verse los primeros edificios altos, habló casi sin darse cuenta.
—Extrañé este lugar durante semanas...
Pero ahora también extraño la estancia.
Tomás sonrió sin apartar la vista del camino.
—Eso significa que encontraste un segundo hogar.
Valentín lo miró.
No.
Pensó.
Encontré algo mucho más importante.
Pero no se animó a decirlo.
Cuando la camioneta se detuvo frente al edificio donde vivía su madre, ambos permanecieron unos segundos en silencio.
Ninguno quería despedirse.
Finalmente, Valentín abrió la puerta.
—Gracias por traerme.
—No tenés que agradecer.
El omega bajó de la camioneta.
Cerró la puerta.
Comenzó a caminar hacia la entrada del edificio.
Pero antes de entrar, se dio vuelta.
Tomás seguía allí.
Esperándolo.
Sonriéndole.
Valentín levantó una mano.
Tomás hizo lo mismo.
Y, aunque ninguno de los dos lo dijo en voz alta, ambos sintieron exactamente lo mismo.
Aquella despedida no era un final.
Era apenas el comienzo de una espera que pondría a prueba sus corazones... y les demostraría si el destino que había empezado entre asados, mates y la inmensa pampa argentina era realmente tan fuerte como parecía.