Estar en la zona de amigos es vivir en el infierno disfrazado de confianza.
Layla ama en silencio a Alexander, su mejor amigo, pero para él ella es solo una hermana: nunca la verá con otros ojos. Mientras tanto, Ryan, el chico que parecía no tener corazón ni sentimientos, se cruza en su camino y pone su mundo patas arriba.
De repente nada es sencillo. Alexander empieza a cuestionarse si en realidad ha estado mirando a la persona equivocada todo este tiempo. Y Ryan está dispuesto a todo para demostrarle que, a veces, lo que buscas no está donde crees… sino justo frente a ti.
¿Seguirá esperando a quien nunca la verá, o se atreverá a tomar el riesgo de amar a quien sí la mira como nadie más?
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Cap 12: Mirada dormida
...Ryan Gallagher...
Tuvimos dos clases seguidas: historia y literatura. Pero no pude concentrarme en ninguna; mi mente no paraba de dar vueltas a lo que acababa de descubrir. Volvía una y otra vez al momento del accidente, recordaba el rostro de ella, y la idea de que estuviera tan cerca de Alexander me hacía pensar en lo que pasaría si él se enteraba.
Si ya estaba así de alterado por su estado, ¿qué haría si supiera que yo fui quien chocó con ella?
Seguramente me mataría.
Sonó el timbre del recreo, por fin. Después de dos clases interminables, podíamos salir a comer.
Entrar al comedor fue exactamente lo contrario de lo que esperaba cuando llegué a la escuela: ahora sí recibía la mirada de todos, sobre todo de las chicas. Nunca me había resultado tan fácil llamar la atención como ahora; me guiñaban un ojo y me sonreían con interés. Olvidé por un momento que tenía la cara lastimada y me dediqué a devolverles los saludos.
—Aún no nos has respondido —dijo Jacob mientras comíamos—. ¿Conoces a Layla?
—Creo que sí, pero la pregunta es: ¿de dónde? —añadió Lucas.
Pensé que no habría problema en contarles, no iban a ir corriendo a decírselo a Alexander.
—Estas heridas —señalé mi rostro— no son de una pelea.
—Ya me lo imaginaba —dijo Lucas—. Tengo experiencia en esto, y un puñetazo no te dejaría la cara así.
—Hace tres días iba conduciendo hacia la escuela cuando, de repente, otro auto me embistió a toda velocidad. La conductora no respetó ninguna señal de tránsito —les conté, tratando de despertar su curiosidad—. ¿Se imaginan quién pudo ser?
—No me digas que…
—¿Layla? —asentí—. Todos saben que tuvo un accidente, pero no cómo ocurrió.
—Ella me chocó, pero también se llevó la peor parte —añadí.
—Tu cara golpeó contra el volante —afirmó Lucas—. ¿Sabes algo más sobre su estado?
—Solo sé que aún no despierta; recibió un golpe muy fuerte en la cabeza, aunque el resto de su cuerpo se está recuperando bien —respondí, repitiendo lo que me había contado mi madre.
—Debe haber sido terrible —dijo Jacob, dejando los cubiertos—. La verdad es que espero que despierte pronto.
—Yo también —coincidió Lucas—. A diferencia de las demás, Layla y Madison son distintas.
—Sobre todo Layla —la voz de Jacob sonó extraña.
—Hoy voy a ir a verla —eso llamó su atención—. Resulta que su madre y la mía son amigas desde hace años. Además, como el auto de mi madre quedó inservible por el accidente, la señora Hanna nos prestó el suyo. Ahora vamos a devolvérselo y aprovecharemos para visitarla.
—Dale recuerdos de mi parte —pidió Jacob, muy emocionado.
—Pero si no está despierta —le dijo Lucas, borrando la sonrisa del rostro de su amigo.
Al principio creí que solo estaría con ellos hasta el almuerzo, pero no, se mantuvieron a mi lado. No planeaba hacer amigos tan rápido; siempre me había interesado más llamar la atención de las chicas, pero hoy había comenzado a crear una verdadera amistad.
(…)
—¡Oye, Ryan! —una voz femenina gritó a mis espaldas.
Me encontraba caminando hacia el auto de mi madre, que estaba aparcado a pocos metros de distancia. Una chica de cabello rojo se acercó trotando; al darse cuenta de que me había detenido para mirarla, empezó a caminar moviendo las caderas hacia mí.
—¿Nos conocemos? —pregunté, sabiendo que la respuesta era negativa—. Estoy seguro de que recordaría tu rostro.
Ella sonrió mostrando todos sus dientes y se acercó de forma atrevida, posando una mano sobre mi hombro.
—Me llamo Alana —se presentó.
—Ya sabes mi nombre —respondí; no pretendía ser gracioso, pero ella soltó una risita.
—Te vi enfrentarte a Alexander, y ya me tenía harta su actitud —agitó su cabello con elegancia—. Me pareció genial lo que hiciste, así que pensé que podía agradecerte invitándote a algo.
—No tienes por qué agradecerme, preciosa —dije, sabiendo perfectamente lo que pretendía.
Su expresión cambió a una decepción, pero al instante recuperó la compostura. Su mano bajó hasta apoyarse en mi pecho.
—Si cambias de opinión, no dudes en llamarme —susurró muy cerca de mis labios. No iba a caer tan fácil; al final son ellas las que suelen caer rendidas ante mí.
Me entregó un trozo de papel con su número de teléfono anotado y se alejó moviéndose con gracia. Guardé el papel en el bolsillo; quizás en algún momento lo usaría.
Llegué al auto. Mi madre me observaba desde la ventanilla y sonrió en cuanto me vio. Seguramente había presenciado toda la escena con la chica pelirroja, aunque ella no sabía que su hijo no buscaba novia en ese momento ni tenía intención de tenerla.
Estar soltero era estupendo y pensaba seguir así por un buen tiempo.
El trayecto hasta el hospital fue más corto de lo que esperaba. Detestaba los hospitales, pero mi madre me había obligado a acompañarla. Caminamos por pasillos amplios, cruzando a muchas personas con batas blancas, que parecían vestidos muy holgados.
La madre de Layla estaba sentada en el pasillo, recostada contra la pared en una silla incómoda. En cuanto nos vio, se levantó para abrazar a mi madre y luego a mí. Era una mujer delgada y tenía rasgos muy parecidos a los de su hija.
—Aquí tienes las llaves de tu auto, Hanna —le entregó mi madre—. El mío me lo entregarán hoy, muchas gracias.
—Es lo menos que podía hacer, después de que Layla chocara contra el tuyo —su voz se quebró un poco; esperé que no se pusiera a llorar.
—¿Cómo sigue? —preguntó mi madre, llevándola a sentarse de nuevo.
—Los médicos dicen que ya debería haber despertado.
—¿Y Alexander? ¿Dónde está?
—En su casa, se fue hace apenas una hora.
Las dos mujeres siguieron hablando de Layla, de su amistad y de recuerdos del pasado, y yo me sentí completamente fuera de lugar. Entonces se me ocurrió entrar a la habitación; ellas parecían haberse olvidado de mi presencia, así que abrí la puerta sin hacer ruido y pasé.
Me acerqué a la cama y me quedé mirándola. Los monitores mostraban que sus signos vitales eran estables, aunque yo solo entendía las líneas que subían y bajaban con suavidad.
Tenía muchos cables conectados a la piel. En los brazos se veían cortes y rasguños hechos por los cristales rotos. Una venda le rodeaba la cabeza. Recordaba su piel pálida, pero ahora lo estaba mucho más; parecía casi transparente y sus labios estaban secos y blancos.
Parecía una muñeca de porcelana rota.
Layla estaba allí, inmóvil. Mis dedos sentían ganas de tocarla, pero temía hacerle daño. Pasé la mano suavemente por sus mejillas: estaban frías. ¿Era normal? Toqué con mucho cuidado sus párpados cerrados, preguntándome de qué color serían sus ojos.
Y vaya sorpresa me llevé al descubrirlo.
Son azules.
...“Lo que parecía una simple visita se convirtió en un momento que me dejó asombrado, al darme cuenta de lo cerca que estábamos el uno del otro.”...
^^^Continuará…^^^