Elena siempre fue la "omisión" de la manada Luna Plateada: huérfana, supuestamente humana y relegada a las tareas de limpieza. Todo cambia la noche del baile de emparejamiento, cuando Derek Blackwood, el despiadado y temido Alpha Supremo de la manada Sangre de Hierro, irrumpe en el territorio. El aroma a bosque húmedo y tormenta lo cambia todo. Él es su alma gemela, pero el destino oculta un secreto: Elena no es humana, y su sangre despierta un poder que podría destruir a todos los Alphas del continente.
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Capítulo 12: El nido de las víboras
La noticia de la caída del Alpha Silas se propagó por los territorios licántropos con la velocidad destructiva de un incendio forestal. Para cuando los primeros rayos del sol matutino lograron perforar la densa bruma de la frontera sur, los mensajeros de sombras ya habían cruzado las líneas de las manadas restantes. En el palacio de la Alpha Cassandra, líder de las Tierras del Sur, el ambiente festivo habitual había sido reemplazado por un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el crujir de los pergaminos tácticos que la mujer arrugaba entre sus dedos enjoyados.
Alrededor de su mesa de mapas, los dos Alphas del Este, hombres que habían cimentado su reputación en la brutalidad de sus asaltos relámpago, permanecían pálidos, con los ojos fijos en el informe de sus espías.
—Es imposible —gruñó uno de los líderes orientales, ajustando nerviosamente la empuñadura de su daga—. Dos mil guerreros del Oeste inmovilizados sin que se derramara una sola gota de sangre. Silas despojado de su lobo y arrastrado como un criminal común. Derek Blackwood no poseía ese tipo de poder ni en la cúspide de su juventud. ¡Nos mintió! ¡Su lobo no está muriendo!
—No fue Blackwood quien destruyó a Silas —sentenció Cassandra, poniéndose de pie con una elegancia felina que delataba una profunda agudeza estratégica—. Mis espías en los almacenes del sur describen lo mismo que vimos en el desfiladero: hielo geométrico que no se derrite, runas de un azul brillante que anulan la Voz de Alpha y una mujer vestida de seda blanca que comanda a los parias. Derek Blackwood no está liderando el norte; se ha convertido en el perro guardián de la Loba Celestial.
—¿El Supremo... un vasallo? —el otro Alpha del Este tragó saliva con dificultad—. Si esa criatura ha logrado someter al guerrero más temido del continente y ha borrado el linaje del Oeste en una hora, ¿qué posibilidad tenemos nosotros en una guerra abierta? Nuestras tropas desertarán en cuanto huelan el ozono de su tormenta.
Cassandra caminó hacia el gran ventanal de su despacho, contemplando las colinas doradas del sur. Sabía que la fuerza bruta, el pilar sobre el cual su raza había construido su civilización, era completamente inútil contra una deidad de la primera era. Si intentaban luchar, sus manadas serían borradas de la historia. Su única opción viable no era el acero, sino la diplomacia desesperada.
—Preparen una paloma de sombras —ordenó Cassandra, sin volverse hacia sus aliados—. Enviaremos un mensaje directo a la Fortaleza de Hierro. Solicitaremos una audiencia formal de paz con la Loba Celestial. Pero no lo haremos en su territorio ni en el nuestro. Los citaremos en las ruinas del Antiguo Templo de la Luna. Si esa divinidad es real, deberá respetar el lugar donde nuestros ancestros firmaron el primer pacto de sangre.
Mientras la paloma de sombras de Cassandra alzaba el vuelo hacia el norte, cruzando los cielos plomizos que parecían responder a la voluntad de una nueva reina, la realidad en la Fortaleza de Hierro se desarrollaba con una calma gélida y metódica.
Elena se encontraba en el patio de armas principal del castillo de Derek. Ya no era la periferia de los almacenes ni el desfiladero; estaba en el corazón militar del imperio que la había despreciado. Sin embargo, los soldados de la manada Sangre de Hierro que antes la miraban como a una sirvienta invisible ahora se apartaban a su paso, inclinando las cabezas con un respeto reverencial que mezclaba el pavor y la admiración. La escarcha brotaba sutilmente bajo sus pasos, decorando las piedras del patio con filigranas de hielo que los herreros observaban con asombro.
A su lado, Derek marchaba con su armadura de acero negro, pero esta vez, la red de venas azuladas que decoraba su esternón latía en perfecta sincronía con el aura de Elena. El lazo restaurado ya no lo debilitaba; lo imbuía de una resistencia sobrehumana que templaba sus sentidos licántropos.
—La paloma de Cassandra acaba de cruzar las defensas —informó Derek, extendiendo su brazo enguantado para que el ave mística de sombras se posara en su muñeca. El Supremo disolvió el mensaje en el aire, absorbiendo las runas de texto directamente en su mente—. Mordieron el anzuelo de forma perfecta, mi reina. Cassandra solicita una audiencia de paz en las ruinas del Antiguo Templo de la Luna para mañana por la noche, durante el cénit de la luna menguante. Exige que asistamos sin nuestros ejércitos principales.
Elena se detuvo junto a la fuente central del patio, que se congeló instantáneamente en una escultura de cristal perfecto ante su mera presencia. Sus ojos de azul eléctrico brillaron con una claridad cósmica.
—Cassandra cree que el misticismo del templo limitará mi poder —pronunció Elena, y su voz polifónica acarició los oídos de Derek, provocando un sutil ronroneo en su lobo interno—. Piensa que las reliquias de los antiguos Alphas actuarán como un escudo contra el invierno celestial. Olvida que la Diosa Luna que bendijo ese templo no creó las manadas para que se convirtieran en nidos de víboras y tiranos. Ella solo estaba preparando el escenario para mi regreso.
—¿Qué comitiva prepararemos para el viaje? —preguntó Derek, ajustando la empuñadura de su espada—. Mis guerreros de élite están listos para marchar en secreto si las cosas se complican.
—No necesitaremos un ejército para doblegar a lo que queda del Consejo, Derek —respondió la Loba Celestial, mirándolo con una madurez política que lo dejaba sin aliento—. Viajaremos tú, yo y los tres primeros guardianes rúnicos del valle. Dejaremos que Cassandra y los líderes del este lleven a sus guardias ocultos; entre más intenten hacer trampas de barro, más evidente será su culpa ante las leyes del cosmos. Mañana, el Antiguo Templo de la Luna no será el lugar de un tratado de paz... será el tribunal donde sus coronas se convertirán en polvo.
El sol comenzó a ocultarse tras las montañas del norte, tiñendo el horizonte de un rojo carmesí que parecía presagiar el fin de una era. La alianza entre la reina del invierno y su vasallo de hierro estaba lista para el movimiento final en el tablero geopolítico. Los tiranos del sur y del este creían que estaban citando a una sirvienta a una mesa de negociación, pero solo estaban cavando la fosa de sus propios linajes bajo el peso de la escarcha eterna.