Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 12
"Algunas despedidas llegan disfrazadas de celebraciones.
Y uno sonríe toda la noche sin darse cuenta de que está diciendo adiós."
Salí de la universidad con una felicidad que no recordaba haber sentido nunca.
Durante años había imaginado ese momento.
Tantas noches sin dormir.
Tantos trabajos.
Tantas lágrimas.
Y finalmente lo había logrado.
Era arquitecta.
Bueno, casi.
Pero ya podía tocar ese sueño con las manos.
Tomé un taxi.
Mientras avanzábamos por las calles observaba las luces de la ciudad reflejarse en la ventana.
Todavía llevaba puesto el vestido verde que Cristal me había prestado.
El maquillaje seguía intacto.
Y por primera vez en mucho tiempo me sentía orgullosa de mí misma.
Cuando llegué al restaurante respiré profundo.
Había mucha gente.
Meseros caminando de un lado a otro.
Música suave.
Personas elegantes.
Por un momento me sentí fuera de lugar.
Como aquella niña pobre que alguna vez pensó que jamás llegaría lejos.
Pero entonces recordé una de las reglas de Armando Escalante.
"Nunca bajes la mirada."
Sonreí.
Y entré.
Caminé con seguridad entre las mesas.
Hasta encontrar a Cristian.
Se levantó inmediatamente al verme.
Por unos segundos pareció quedarse sin palabras.
—Wow...
Me reí.
—¿Qué?
—Te ves increíble.
—Gracias.
—No, en serio. Te ves hermosa.
Sentí un poco de vergüenza.
Pero sonreí.
—Tú tampoco te ves mal.
Llevaba un traje oscuro bastante elegante.
Y por primera vez lo veía fuera del uniforme del supermercado.
Nos sentamos.
La cena comenzó tranquila.
Hablamos de la universidad.
Del trabajo.
De mis prácticas.
De todo un poco.
Hasta que Cristian dejó el tenedor sobre la mesa.
—¿Y qué vas a hacer con todas tus cosas?
Me reí.
—Ya las vendí.
—¿Qué?
—Todo.
—¿Todo?
—Bueno, casi todo.
El sillón.
La mesa.
Algunas decoraciones.
Lo que no me voy a llevar.
Cristian negó con la cabeza.
—No puedo creerlo.
—¿Qué cosa?
—Que de verdad te vas.
Por primera vez noté cierta tristeza en su voz.
Bajé la mirada unos segundos.
La verdad era que yo tampoco terminaba de creerlo.
—Sí.
—¿Cuándo renuncias?
—Mañana.
Creo.
Todavía tengo que hablar con Cristal.
Cobrar mi finiquito.
Comprar el teléfono nuevo.
Terminar mis maletas.
Comprar algunas cosas.
Buscar dónde quedarme cuando llegue.
Todavía tengo mucho por hacer.
Cristian soltó una pequeña risa.
—Sigues siendo igual.
—¿Cómo?
—Siempre pensando diez pasos adelante.
Me reí.
Quizás tenía razón.
—¿Y cuándo te vas exactamente?
—La próxima semana.
Su sonrisa desapareció un poco.
—Te vamos a extrañar.
—Yo también los voy a extrañar.
—Hasta Cristal.
Solté una carcajada.
—No inventes.
—Lo digo en serio.
Puede que parezca una bruja.
Pero te aprecia muchísimo.
—No sabe demostrarlo.
—Definitivamente no.
Las risas volvieron.
La conversación siguió durante horas.
Hasta que en un momento saqué mi teléfono.
Y casi se me cae de las manos.
—¿Qué pasó?
—No inventes...
—¿Qué?
Giré la pantalla.
Cristian abrió los ojos.
Mi nombre estaba por todas partes.
Las fotografías de la graduación.
El discurso.
Las entrevistas.
Todo.
Las redes sociales estaban llenas de publicaciones sobre la mejor estudiante de la generación.
Incluso algunos medios universitarios habían compartido fragmentos de mi discurso.
—Israel...
—¿Sí?
—Te hiciste famosa.
Nos echamos a reír.
Y por primera vez me permití disfrutar el momento.
Sin pensar en problemas.
Sin pensar en dinero.
Sin pensar en el futuro.
Solo disfrutar.
---
Cuando salimos del restaurante ya era de noche.
El aire estaba fresco.
Y las calles estaban casi vacías.
Caminamos sin rumbo durante varios minutos.
Hasta llegar a un pequeño parque.
Había un estanque.
Algunas bancas.
Y faroles que iluminaban suavemente el lugar.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Me levanté un poco el vestido para no tropezar.
Y me senté sobre el borde de una pequeña estructura de piedra cerca del agua.
Cristian se quedó observándome.
Sostenía su saco sobre el hombro.
Y sonreía.
—¿Qué tanto miras?
—Nada.
—Mentiroso.
—Solo estoy feliz por ti.
Lo observé.
Y por alguna razón vi sinceridad en sus ojos.
Algo que pocas veces encontraba en las personas.
Me puse de pie.
Pero uno de mis tacones se atoró.
Perdí el equilibrio.
Y estuve a punto de caer.
—¡Israel!
Cristian reaccionó rápidamente.
Sujetó mi cintura.
Y me sostuvo antes de que terminara en el suelo.
Solté una risa nerviosa.
—Casi.
—Muy casi.
Por unos segundos nos quedamos inmóviles.
Demasiado cerca.
Pude sentir su respiración.
Sus ojos observaban los míos.
El ruido de la ciudad parecía haber desaparecido.
Todo estaba en silencio.
Y entonces comprendí lo que estaba pasando.
Cristian comenzó a acercarse lentamente.
Como si quisiera besarme.
Mi corazón dio un pequeño salto.
Pero algo dentro de mí todavía no estaba listo.
Todavía existían demasiados recuerdos.
Demasiadas heridas.
Demasiadas cosas sin cerrar.
Así que me aparté suavemente.
Sin enojo.
Sin rechazo.
Solo dando un paso atrás.
Me senté en una banca.
Y él entendió inmediatamente.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte.
—No quería incomodarte.
—No lo hiciste.
Y era verdad.
Simplemente no estaba preparada.
Seguimos hablando durante un rato más.
Como si nada hubiera pasado.
Porque ambos sabíamos que nuestra amistad era más importante.
Finalmente me acompañó hasta mi edificio.
Cuando llegamos, levanté la vista hacia las ventanas de mi departamento.
Oscuras.
Vacías.
Silenciosas.
—Supongo que este es el adiós.
—No es un adiós.
—¿No?
—Es un "nos vemos después".
Sonreí.
—Me gusta más así.
Nos despedimos.
Y entré al edificio.
Cuando abrí la puerta de mi departamento sentí algo extraño.
Todo estaba vacío.
Ya no estaba el sillón.
Ya no estaba la mesa.
Ya no estaban la mayoría de mis cosas.
Solo quedaban algunas cajas.
Las maletas.
Y el viejo diario.
Descansando sobre el suelo.
Esperándome.
Mañana renunciaría.
Y dentro de una semana estaría en Estados Unidos.