Darly Mosquera es una mujer colombiana de 32 años que aprendió desde muy joven que la vida rara vez regala caminos fáciles.
Estudió cosmetología y estética, y gracias a años de esfuerzo, sacrificio y largas jornadas de trabajo logró construir el sueño que parecía imposible: abrir su propio spa en su ciudad natal. Sin embargo, el éxito profesional nunca logró llenar por completo los vacíos que llevaba en el corazón.
Mientras lucha cada día por cuidar a su madre, quien padece una enfermedad congénita que se ha agravado con el paso de los años, Darly intenta mantenerse fuerte y seguir adelante. Soñadora, noble y creyente del amor a la antigua, siempre imaginó una historia de amor sincera, de esas que duran para toda la vida.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de una dolorosa separación ocurrida hace apenas cuatro meses, decidió cerrar las puertas de su corazón. Cansada de las decepciones, prometió no volver a enamorarse y dedicarse únicamente a disfrutar la vida sin compromisos
NovelToon tiene autorización de liligacaño para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3: Una noche para recordar
Estaban bailando un vallenato del Binomio de Oro, de esos que parecían hechos para enamorar. La música envolvía el ambiente mientras las parejas se movían al ritmo de la canción.
Santiago tenía a Darly entre sus brazos. Desde hacía rato no podía dejar de observarla. Su sonrisa, sus ojos brillantes y esos pequeños hoyuelos que aparecían cada vez que se reía lo tenían completamente cautivado.
Sin pensarlo demasiado, acercó lentamente su rostro al de ella.
—Me encantas —susurró.
Darly levantó la mirada y por un instante el mundo pareció detenerse. Santiago rozó sus labios con los de ella y, al sentir que ella correspondía al gesto, la acercó un poco más.
El beso fue dulce, lento y lleno de emociones contenidas.
Cuando se separaron, Darly tenía las mejillas completamente rojas.
—Creo que estoy cansada —dijo con una pequeña sonrisa—. ¿Habrá alguna habitación donde pueda descansar un rato?
—La mía está libre —respondió Santiago—. Si quieres puedes ir conmigo. Te prometo que estarás cómoda.
Ella arqueó una ceja divertida.
—¿Eso es una invitación indecente?
Santiago soltó una carcajada.
—No. Te respeto demasiado para eso. Solo quiero ayudarte.
Aquella respuesta hizo que Darly sonriera.
—Entonces acepto.
Los dos caminaron hasta la habitación que le habían asignado a Santiago.
La música quedó atrás mientras avanzaban por los pasillos silenciosos de la finca.
Al llegar, Darly se dejó caer sobre la cama.
—Creo que tomé más de la cuenta —admitió.
—Sí, un poco —contestó él divertido.
Ella se quitó las botas y acomodó una almohada detrás de su espalda.
—La cama es grande. Puedes dormir aquí también.
—¿Segura?
—Claro.
Santiago asintió.
Aunque intentaba parecer tranquilo, la realidad era que estar tan cerca de ella le estaba resultando más difícil de lo que imaginaba.
Había algo en Darly que lo desarmaba por completo.
Su dulzura.
Su forma de hablar.
Su sonrisa.
Todo.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
Observándose.
Conociéndose.
Como si el tiempo no existiera.
Darly se acercó un poco más.
—Gracias por cuidarme esta noche.
—No tienes que agradecerme nada.
Ella sonrió.
—Sí tengo que hacerlo.
Sus miradas volvieron a encontrarse.
Y entonces ocurrió.
Un beso suave.
Lento.
Sincero.
Uno que ninguno de los dos quiso detener.
Santiago cerró los ojos y la abrazó con cuidado.
Quería memorizar aquel instante.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba exactamente donde deseaba estar.
—Darly... —murmuró.
—¿Sí?
—No quiero que mañana pienses que me aproveché de ti.
Ella acarició su rostro.
—Eso no va a pasar.
Aquellas palabras fueron suficientes para derribar las últimas barreras que existían entre ellos.
La noche continuó entre conversaciones, risas, caricias y confesiones que ninguno se había atrevido a decir antes.
Por primera vez dejaron de lado los miedos.
Las inseguridades.
Las dudas.
Y simplemente se permitieron sentir.
Afuera la música seguía sonando a lo lejos.
Pero dentro de aquella habitación solo existían ellos dos.
Dos personas que habían conectado de una forma inesperada.
Dos corazones que, sin darse cuenta, comenzaron a latir al mismo ritmo.
Y cuando finalmente el amanecer comenzó a teñir el cielo de tonos anaranjados, ambos terminaron dormidos abrazados.
Como si llevaran toda una vida haciéndolo.
Horas después, Darly abrió lentamente los ojos.
Un fuerte dolor de cabeza le recordó inmediatamente todo lo que había bebido la noche anterior.
Se acomodó un poco y entonces comprendió dónde estaba.
Apoyada sobre el pecho de Santiago.
Sintió que el corazón se le aceleraba.
Los recuerdos comenzaron a regresar poco a poco.
La fiesta.
Los bailes.
Los besos.
Las conversaciones.
La cercanía que habían compartido.
Y el rubor apareció inmediatamente en sus mejillas.
—Dios mío... —susurró.
Observó el rostro dormido de Santiago.
Incluso dormido parecía increíblemente atractivo.
Durante unos segundos se quedó contemplándolo.
Había algo en él que transmitía paz.
Algo que la hacía sentir segura.
Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.
Porque hacía mucho tiempo que nadie lograba hacerla sentir de esa manera.
Tomó su celular.
Tenía varios mensajes.
Uno de Andrés.
Otro de Mía.
Y varios más preguntando dónde se encontraba.
Rápidamente respondió.
📱 Estoy en la habitación de Santiago.
La respuesta llegó casi de inmediato.
📱 ¿QUÉ? —escribió Mía.
📱 Necesito todos los detalles. —contestó Andrés.
Darly soltó una carcajada.
📱 Después les cuento. Espérenme.
Guardó el celular y se levantó con cuidado para no despertar a Santiago.
Se cambió rápidamente.
Antes de salir volvió a mirarlo.
Seguía profundamente dormido.
Y sin darse cuenta sonrió.
—Que descanses, Santiago.
Después salió de la habitación.
Minutos más tarde encontró a Mía y a Andrés esperándola dentro del vehículo.
Apenas subió, ambos se giraron para verla.
—Habla —ordenó Andrés.
—Ahora mismo.
—No exageren.
—No exageramos —intervino Mía—. Desapareciste toda la noche.
Darly cubrió su rostro con ambas manos.
—Qué vergüenza.
—Eso significa que sí pasó algo —dijo Andrés.
—¡Andrés!
Los tres terminaron riéndose.
Durante el camino, Darly les contó lo ocurrido.
Sin entrar en demasiados detalles.
Solo lo necesario.
Lo suficiente para que entendieran que había sido una noche especial.
Una noche diferente.
Una noche que probablemente no olvidaría jamás.
Cuando llegaron al apartamento, Darly se despidió de sus amigos.
Entró.
Se dio una larga ducha.
Se puso una pijama cómoda.
Y se dejó caer sobre la cama.
El cansancio pudo más que cualquier pensamiento.
Y en cuestión de minutos quedó profundamente dormida.
Mientras tanto, Santiago despertó varias horas después.
Lo primero que hizo fue buscar a Darly con la mirada.
Pero ella ya no estaba.
La habitación se encontraba completamente vacía.
Se levantó.
Fue al baño.
Revisó cada rincón.
Nada.
Había desaparecido.
Tomó su celular y llamó al conductor.
—¿Ya se fueron?
—Sí, señor. Todos salieron hace rato.
—Entiendo.
Colgó lentamente.
Y durante unos segundos permaneció inmóvil.
Pensando.
Recordando.
Sonriendo.
La noche anterior había sido maravillosa.
Mucho más de lo que esperaba.
Se dejó caer nuevamente sobre la cama.
Miró el techo.
Y soltó una pequeña risa.
—Ni siquiera se despidió...
Pero lejos de sentirse molesto, no podía borrar la sonrisa de su rostro.
Porque sabía algo.
Aquella historia con Darly apenas estaba comenzando.
Y tenía el presentimiento de que volvería a verla mucho antes de lo que imaginaba.