Lois y Cristopher se conocieron a los catorce años, sin imaginar que ese primer encuentro cambiaría sus vidas para siempre. Años después, cuando por fin están juntos, personas muy cercanas harán todo lo posible por separarlos. Entre el amor, las traiciones y las decisiones más difíciles, descubrirán que algunos corazones jamás dejan de elegirse.
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Capítulo 14 El baile que selló nuestro para siempre
El salón quedó completamente en silencio.
Las luces se apagaron una a una hasta que solo un haz de luz iluminó el centro de la pista.
Sentía el corazón latiendo tan fuerte que parecía acompañar la música.
Cristopher soltó mi mano por un instante.
Caminó lentamente hasta el escenario.
Tomó el micrófono.
Lo sostuvo unos segundos sin decir una sola palabra.
Sus ojos brillaban.
Los míos también.
Entonces sonrió.
—Dicen que el primer amor casi nunca dura...
Hizo una pausa.
—Nosotros vinimos esta noche a demostrar que a veces el mundo se equivoca.
Un aplauso recorrió el salón.
Él levantó la vista y me miró como si solo existiera yo.
—Hace cuatro años conocí a una niña de ojos azules que cambió mi vida para siempre. No imaginaba que esa sonrisa iba a convertirse en mi lugar favorito, ni que esa mano sería la que quisiera sostener hasta que el cabello se nos volviera blanco.
Mi respiración se quebró.
—Lois... contigo aprendí que amar no es solo decir "te amo". Amar es quedarse. Es cuidar. Es escuchar. Es secar lágrimas, celebrar alegrías y caminar juntos incluso cuando el camino se hace difícil.
Todo el salón estaba en silencio.
Solo se escuchaba su voz.
—Gracias a nuestros papás por enseñarnos el verdadero significado de la familia. Gracias por creer en nosotros cuando solo éramos dos adolescentes soñando con un futuro que hoy empieza a hacerse realidad.
Se volvió hacia mis padres.
—Les prometo que su hija jamás caminará sola. En cada paso de su vida tendrá mi mano, mi respeto y todo mi amor.
Mi mamá rompió en llanto.
Mi papá bajó la mirada para secarse las lágrimas.
Cristopher respiró hondo.
Volvió a buscar mis ojos.
—Y ahora quiero hacerte una última promesa delante de todas las personas que más amamos...
Prometo que cada cumpleaños será una nueva razón para hacerte sonreír.
Prometo celebrar tus triunfos como si fueran míos.
Prometo abrazarte cuando el mundo pese demasiado.
Prometo elegirte cada mañana y cada noche.
Y prometo que, cuando dentro de muchos años alguien nos pregunte cuál fue el amor de nuestra vida, los dos responderemos al mismo tiempo... "Nos encontramos cuando teníamos catorce años".
El salón entero estalló en aplausos.
Algunos lloraban sin esconderlo.
Otros se abrazaban emocionados.
Yo ya no podía contener las lágrimas.
Corrí hacia él.
Lo abracé con todas mis fuerzas.
—Te amo... —susurré.
Él besó mi frente.
—Y yo te amo mucho más.
En ese instante, las primeras notas de una melodía comenzaron a sonar.
Cristopher extendió su mano.
—¿Me regalas el primer baile de nuestra vida como prometidos?
Sonreí.
—Sí... mil veces sí.
Las luces doradas comenzaron a girar sobre nosotros.
Él tomó mi cintura con delicadeza.
Yo apoyé mi cabeza sobre su pecho.
Podía escuchar su corazón.
Latía tan fuerte como el mío.
Girábamos lentamente mientras nuestras familias formaban un círculo a nuestro alrededor.
Nadie hablaba.
Nadie quería romper la magia.
Entonces levanté la mirada.
Tomé el micrófono con las manos temblando.
—Ahora quiero regalarte una parte de mi corazón.
La música cambió.
Respiré profundamente.
Y comencé a cantar...
"Quiero caminar de tu mano... recorrer contigo cada amanecer, descubrir el mundo a tu lado y no soltarte jamás..."
Mi voz temblaba por la emoción.
Pero cada palabra nacía del alma.
Mientras cantaba, Cristopher no dejó de mirarme ni un solo segundo.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Cuando terminé, se acercó despacio.
Tomó mi rostro entre sus manos.
—Nunca nadie me había amado de una manera tan hermosa.
Me besó.
No fue un beso cualquiera.
Fue un beso lleno de promesas.
De recuerdos.
De sueños.
De un futuro que acabábamos de comenzar a escribir.
En ese mismo instante, miles de pétalos blancos comenzaron a caer desde el techo.
Los fuegos fríos iluminaron el salón.
El confeti dorado llenó el aire.
Las familias se abrazaban.
Nuestros amigos gritaban emocionados.
Y nosotros seguíamos bailando, sin dejar de mirarnos, como si el tiempo hubiera decidido detenerse solo para nosotros.
Aquella noche entendí que existen momentos que no necesitan fotografías para permanecer vivos.
Porque quedan grabados para siempre en el alma.
Y mientras descansaba entre los brazos del hombre que amaba desde los catorce años, comprendí que el destino nos había llevado hasta allí para regalarnos un comienzo que jamás tendría final.