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Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Amor prohibido
Popularitas:833
Nilai: 5
nombre de autor: Jszkina

¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.

NovelToon tiene autorización de Jszkina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 2.2

Un minuto. No más.

Entonces ví pasos rápidos detrás de ella y una chica más bajita, de cabello negro y lacio llegó corriendo y la abrazó por la espalda, haciéndola dar un pequeño salto de susto. La del cabello rizado se quitó un audífono, se giró, y lo que vino después fue una discusión a medias entre risa y reclamo, con gestos exagerados de ambas, el tipo de conversación que solo tienen dos personas que se conocen demasiado bien como para molestarse de verdad.

Unos pasos detrás de ellas venía un hombre pelirrojo.

No dije nada. No hice nada. Me quedé donde estaba y los observé hasta que los tres doblaron la esquina y desaparecieron de mi vista. Luego esperé, pasó un rato y puse el auto en marcha.

Ya vi lo que quería ver.

Lo de ella no era relevante. Lo archivé como se archiva cualquier cosa que no tiene utilidad inmediata: sin etiqueta, sin fecha, en algún lugar donde no estorba.

De vuelta en el salón, con la copa en la mano y la conversación de negocios girando a mi alrededor sin terminar de aterrizarme, entendí por qué la había reconocido tan rápido. No era magia ni destino ni ninguna de esas cosas en las que no creo. Era simplemente que mi cabeza guarda lo que no termina de clasificar, y ella llevaba tres meses sin clasificar, en tres ocasiones diferentes, la misma altura. Los mismos rizos. La misma manera de ocupar el espacio sin saber que lo estaba ocupando.

No era coincidencia útil ni coincidencia inútil. Era una variable que aparecía por cuarta vez en contextos distintos, y eso siempre merece atención. Me dije que era eso. Solo eso.

Me dije que eso lo explicaba todo.

La vi refugiarse en la barra. La vi hablar con el hombre que la acompañaba, alguien de confianza a juzgar por cómo la vigilaba sin que ella tuviera que pedírselo. La vi quedarse sola cuando ese hombre se fue. La vi dejar la copa y caminar hacia las puertas de cristal con pasos que no pedían permiso.

Debí quedarme donde estaba.

No tomé ninguna decisión. O sí la tomé, pero mi cuerpo se adelantó a informarmelo, que es exactamente el tipo de cosa que no me permito. Crucé el salón, salí al pasillo exterior, diciéndome que era solo para verificar, solo para clasificar la variable, solo para cerrar ese archivo de tres meses atrás con un dato concreto y poder ignorarlo definitivamente después.

Mentiras útiles. Las uso con otros. Aparentemente también conmigo.

Mis pies se movieron hacia el pasillo exterior con una lógica que mi mente todavía estaba intentando formular cuando ya estaba cruzando el umbral. El pasillo era largo, poco iluminado, con faroles distantes que hacían más que acentuar las sombras que pretendían disipar. Ella estaba al fondo, de espaldas, con la cabeza levantada hacia la noche.

Entonces vi a Santaella.

Lo conocía. No personalmente, pero su nombre llegaba siempre antes que él, cargado de cosas que la gente prefería no decir en voz alta. El tipo de hombre que ha aprendido a operar en los espacios donde nadie está mirando precisamente porque sabe cuáles son esos espacios.

Este era uno de ellos.

Lo vi acercarse. Vi cómo ella intentaba moverse y él le cerraba el paso. Una vez. Dos. Con esa calma particular de quien ya ganó antes de empezar porque controla la geometría del lugar. Calculé. No por dudar sino porque actuar sin medir es descuido, y el descuido tiene costos. Medí si ella iba a resolver la situación sola. Medí si había alguien más en posición de intervenir antes que yo. Medí si meterme en esto tenía alguna lógica dentro de los objetivos de esta noche.

No la tenía.

Cuando la mano de Santaella se cerró sobre su brazo, dejé de medir.

Me moví rápido y sin ruido. Me coloqué donde necesitaba estar: él con el jardín a la espalda y yo cerrandole el frente, sin ángulo de escape cómodo hacia ningún lado. No hice falta más que eso y dos palabras dichas en el tono correcto.

—Suéltala. Ahora.

Lo dije en voz baja. No hace falta gritar cuando el mensaje es claro.

Santaella se giró. Hizo lo que hacen siempre los hombres como él cuando alguien interrumpe su juego: intentó sostener la mirada con suficiencia, calculando si el que tenía enfrente era del tipo que retrocede. Y diciendo.

—¿Y tú quién eres par…

No lo dejé terminar de hablar. Di un paso. Solo uno. Con Santaella no necesitaba más que eso: los hombres como él aprenden rápido cuando tienen enfrente a alguien que no va a negociar. Son cobardes con buenos instintos de supervivencia. Es lo único que los hace predecibles.

Santaella lo entendió.

La soltó. Y al soltarla la empujó, porque los cobardes siempre necesitan el último gesto para convencerse de que todavía tienen algo. La vi perder el equilibrio sobre los tacones. La distancia entre nosotros desapareció.

La tomé por la cintura antes de que cayera.

Un segundo. Ella contra mi pecho, su peso absorbido, un olor a flores frescas que no esperaba y que llegó con más fuerza de la necesaria. Los pasos de Santaella alejándose por el pasillo, rápidos, sin ninguna de la calma con que había llegado. La solté en cuanto se sostuvo sola.

Ella se irguió. Levantó la vista.

Ojos verdes. Claros. Lo había intuido desde la universidad sin saberlo, que ahora estaban a menos de medio metro y mirándome con una atención que no era gratitud ni alivio sino algo más parecido a un escáner: buscando, procesando, sin encontrar todavía lo que buscaba. Sin miedo. Eso lo noté antes que cualquier otra cosa. No había miedo en esa mirada... Lo cual era o muy inteligente o muy imprudente, y todavía no tenía suficiente información para saber cuál de las dos.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí. Gracias.

Una pausa.

—Soy Leyla.

Leyla.

No sé por qué ese nombre en particular se quedó donde los demás no se quedan. No era información útil. No cambiaba nada de lo que había venido a hacer esta noche. Y aun así estaba ahí, con una persistencia que no había pedido y que no tenía ninguna intención de examinar demasiado de cerca.

Debí haberme ido en ese momento. Tenía razones de sobra. Tenía una reunión pendiente, tenía instrucciones precisas, tenía dieciséis años de práctica en no dejar que nada fuera del plan afectara el plan.

—Lorenzo —dije

No mentí. Ese nombre era mío, era el que usaba en el mundo de superficie, el que aparecía en los contratos y en las tarjetas de presentación y en la cabeza de todas las personas que creían conocerme. Que hubiera otro debajo era información que nadie en este pasillo necesitaba.

Rocé su mano. Brevemente. Fue un error de cálculo del que me di cuenta exactamente mientras lo cometía, que es la peor manera de cometer un error: consciente, deliberado, sin poder atribuírselo a la distracción.

Me alejé hacia el salón.

Tenía aún un trato que cerrar. Tenía un mapa que seguir. Y tenía la certeza, incómoda y perfectamente inútil, de que el archivo que había intentado cerrar tres meses atrás acababa de abrirse solo de nuevo, y esta vez con muchos más datos dentro.

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