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No te mueras, mi amor

No te mueras, mi amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor en la guerra / Completas
Popularitas:10.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.

La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.

Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.

Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.

Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24

La nieve

El teléfono sonó a las siete de la mañana de un martes.

Valentina estaba en la cocina, parada frente a la estufa con una taza de café que no iba a beber y la mirada perdida en la ventana. El número no tenía identificación. Contestó por inercia.

—Valentina.

Su voz. Más grave que antes. Con un eco extraño — como si hablara desde el fondo de un pozo o a través de una pared de algodón. Los audífonos. Valentina lo entendió de inmediato: los audífonos distorsionaban la entrada pero no la salida, así que él la escuchaba con ruido pero ella lo escuchaba casi normal.

—Santiago.

—Tengo tu número. No estaba equivocado.

—No estaba equivocado.

Un silencio. No incómodo — necesario. El silencio de dos personas que tienen demasiado que decir y saben que no pueden decirlo todo en una llamada.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí. ¿Y tú?

—Sí.

Las dos mentiras más pequeñas y más necesarias del mundo. Valentina se sentó en el piso de la cocina con la espalda contra el gabinete y las rodillas pegadas al pecho. Santiago no preguntó por las ojeras que le había visto a través del cristal. Valentina no preguntó por los audífonos. Hablaron durante doce minutos de cosas que no importaban — el clima, un libro que ella había intentado leer, un parque que él había encontrado cerca de su departamento. Compartieron solo buenas noticias. Ambos sabían que las buenas noticias eran una ficción construida con cuidado para proteger al otro.

—¿Dónde estás? —preguntó Valentina.

—En la ciudad. Me transfirieron a la comisaría de Calle San Martín. Policía auxiliar.

Valentina dejó de respirar. Calle San Martín. Su barrio. Santiago estaba en su barrio.

—¿Desde cuándo?

—Dos semanas.

Dos semanas. Había estado a quince minutos de ella durante dos semanas y no la había buscado. Valentina guardó esa información en el mismo lugar donde guardaba las cosas que dolían demasiado para analizarlas en el momento.

—Me alegra que estés cerca —dijo. Y eso sí era verdad.

---

El premio llegó una semana después.

CANDY ganó el Oro del premio internacional de fotoperiodismo. Valentina recibió la notificación por correo electrónico. Fernando la llamó cinco minutos después.

—Felicidades. Es el premio más importante de tu carrera.

—Lo sé.

—¿Vas a ir a la ceremonia?

—No.

—Valentina.

—No quiero subirme a un escenario a recibir un premio por una foto que tomé el día que mataron a treinta y cuatro niños con dulces. No quiero aplausos por eso. No quiero un trofeo por eso.

Fernando no insistió. Le dijo que mandaría a alguien a recoger el premio en su nombre. Valentina colgó y se sentó en el sofá. Miró la pared. La pared era blanca y no tenía nada que decir.

---

La nieve cayó el jueves.

Era inusual para Ciudad de México — no nevaba así desde hacía años. Los copos caían despacio, grandes y gordos y silenciosos, cubriendo las banquetas y los techos y los coches estacionados con una capa blanca que hacía que la ciudad pareciera un lugar distinto. Un lugar limpio.

Valentina fue al centro comercial a comprar shampoo y pastillas. El centro comercial estaba medio vacío por la nieve. Subió por la escalera eléctrica al segundo piso, caminó hacia la farmacia, y entonces escuchó los gritos.

Venían de arriba. La gente se detenía, miraba hacia el techo de cristal del atrio central. Valentina siguió las miradas. En la azotea del centro comercial, visible a través del tragaluz, una silueta.

Una mujer. Parada en el borde del techo, con los brazos extendidos y la nieve cayéndole sobre los hombros. Miraba hacia abajo — hacia el atrio, hacia el piso de mármol que estaba a cinco pisos de distancia.

El instinto de periodista se activó antes que cualquier otra cosa. Valentina subió corriendo las escaleras de emergencia — cuatro pisos, sin elevador, con los pulmones ardiendo y el corazón en la garganta. Empujó la puerta de la azotea.

La mujer estaba al borde. Joven — treinta años, quizá menos. Pelo mojado por la nieve. Zapatos de tacón que no tenían sentido en una azotea nevada. Lloraba sin hacer ruido, como los niños de Hapir, como Santiago en el hospital. Como si el mundo le hubiera enseñado que llorar en silencio era más seguro que llorar en voz alta.

Valentina no tenía cámara. No estaba filmando. Estaba ahí como persona, no como periodista, y la diferencia le pesaba en las manos vacías como nunca antes.

—No te acerques —dijo la mujer.

—No me acerco.

Valentina se quedó a cinco metros. La nieve les caía a las dos por igual — fría, imparcial, hermosa. Detrás de la mujer, la ciudad era blanca.

Un ruido en las escaleras. Pasos rápidos. La puerta se abrió.

Santiago.

Vestía el uniforme de policía auxiliar — azul oscuro, la placa en el pecho, la radio en el hombro. Había subido los cuatro pisos sin quedarse sin aliento. Miró a Valentina. Miró a la mujer. Evaluó la situación en medio segundo.

Caminó hacia la mujer. Despacio. Con las manos abiertas. Con la misma calma con que había caminado hacia el niño de la bomba en Hapir.

—Señora. Soy policía. No voy a tocarla. Solo quiero hablar.

La mujer lo miró. Santiago se detuvo a dos metros.

—¿Cómo se llama?

—No importa.

—Sí importa. ¿Cómo se llama?

—Lucía.

—Lucía. Hace frío aquí arriba. ¿Quiere que hablemos adentro?

—No quiero hablar.

—Está bien. No tenemos que hablar. Podemos quedarnos aquí. Pero los zapatos que trae no son para nieve. Se va a resfriar.

La mujer miró sus propios pies. Era un detalle absurdo — los zapatos de tacón en la nieve — y esa absurdidad fue lo que la sacó del borde por un segundo. Santiago dio un paso más. La mujer tembló. La nieve le caía sobre los hombros y le mojaba la blusa y le hacía tiritar.

La mujer resbaló.

El tacón izquierdo perdió tracción en la nieve acumulada sobre el borde. Su cuerpo se inclinó hacia atrás — hacia el vacío, hacia los cinco pisos, hacia el mármol. Santiago se lanzó. Tres pasos en menos de un segundo. La agarró por la muñeca con la mano izquierda y la jaló hacia él. Los dos cayeron sobre la azotea — Santiago de espaldas, la mujer sobre él, la nieve amortiguando el golpe.

La mujer empezó a llorar. Esta vez en voz alta. Santiago la sostuvo contra el suelo sin soltarla, con los brazos alrededor de ella como si fuera una bomba que necesitaba desactivar — con paciencia, con firmeza, con la certeza de que soltar no era una opción.

Valentina se arrodilló junto a ellos. Le puso la mano en la espalda a la mujer. Los tres se quedaron en la azotea, con la nieve cayendo sobre ellos, hasta que la ambulancia llegó.

---

Después, en la calle, frente al centro comercial. La nieve seguía cayendo. Santiago tenía el uniforme mojado y el pelo cubierto de copos blancos. Valentina estaba de pie frente a él con los brazos cruzados contra el frío.

—¿Siempre llegas justo a tiempo? —preguntó ella.

—Es una coincidencia estadística.

—Es la tercera vez.

—Cuarta, si cuentas Alepo.

Se miraron. Valentina quiso preguntarle por los audífonos, por las ojeras, por los kilos que había perdido, por las dos semanas que había estado en su barrio sin buscarla. No preguntó nada. Santiago quiso decirle algo — ella lo vio en la forma en que abría la boca y la cerraba, en la forma en que las palabras se formaban y se deshacían detrás de sus labios.

—Me tengo que ir —dijo—. Turno.

—Claro.

Se dio la vuelta. Caminó hacia la patrulla estacionada en la esquina. A mitad del camino se detuvo. Se llevó la mano al oído derecho — un gesto rápido, involuntario, como si algo le hubiera dolido. Valentina vio cómo cerraba los ojos un segundo. Los abrió. Siguió caminando.

Los oídos. Algo andaba mal con sus oídos. Algo más que lo que los audífonos podían arreglar.

Santiago subió a la patrulla. La puerta se cerró. El motor arrancó. La nieve seguía cayendo.

Valentina se quedó en la banqueta mirando la patrulla alejarse entre los copos de nieve. Pensó en la mujer del techo y en los zapatos de tacón y en la nieve y en la mano de Santiago agarrándola por la muñeca con la misma fuerza con que la había agarrado a ella en Alepo, en el pueblo sin nombre, en cada momento en que el mundo se caía a pedazos y él aparecía para sostener lo que quedaba.

Pensó en los oídos que se silenciaban y después rugían. En las mentiras que ambos se contaban por teléfono como si las buenas noticias fueran suficientes para sostenerse mutuamente. En la distancia de quince minutos que él no había cruzado durante dos semanas.

¿Cuánto tiempo pueden dos personas rotas fingir que están enteras?

1
Carmen Gloria Rivas Barrio
Me encantó, un amor increíble, un amor dispuesto a todo, un amor a prueba de balas y de guerra
Miriam Molina Molina
Es una obra de arte... tan fantástica como real... dolorosa y amorosa como lo es la vida misma...
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.
Laura Castañon
que historia más maravillosa e impresionante me gusto mucho gracias escritora felicidades muchas bendiciones
Amanda Gongora
excelente felicitaciones gracias
Naicka Rodriguez
gracias me gustó mucho cada capítulo, me concentre tanto que hasta me involucre en todo los personajes, felicitaciones ame bastante esta historia 😍
Luz myriam Navarrete
Es buena la trama pero aburre q tiene poco dialigo de parte de los personajes mucha descriccion de alrrededor autora mejoralo bay no continuo ..dienpre repites lo mismo
Luna del Mar
Muy buena historia, excelente narración y trama. Felicidades escritora.
Helizahira Cohen
Esta interesante, bonita se ve
Isabel Balderas
esta historia me la encontré de casualidad y empecé a leerla pensando que era la típica historia de amor y el vivieron felices por siempre pero la leí completa y llore mucho solo me queda decir que esta historia me encantó sentí cada palabra como si estuviera yo presente en la historia 👏😭👏😭
Luna del Mar
Excelente primer capítulo
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