Bajo una lluvia torrencial, la desafortunada Kim Suki tropieza con Jeon Jungkook, un elegante y reservado empresario. Para saldar la deuda médica que él pagó por ella, Suki acepta ser la niñera de su rebelde sobrino de ocho años, llenando de calidez y divertido caos la fría mansión. Entre bromas, miradas robadas y roces inesperados, el amor florece entre dos mundos opuestos. Superando prejuicios y barreras sociales, descubrirán juntos que la mala suerte, a veces, es solo el disfraz del destino perfecto.
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Capitulo 14
El regreso de Kim Suki a la mansión Jeon no fue un tímido retorno por la puerta trasera; fue una entrada triunfal.
Sin embargo, esta vez las cosas eran muy diferentes. Suki no regresó como una empleada atemorizada por los protocolos ni como una niñera que se escondía en los rincones. En la primera mañana tras su regreso, convocó a una "cumbre ejecutiva de alto nivel" en la mesa del comedor.
Frente a ella, sentados rectos y atentos como dos alumnos aplicados, estaban Jeon Jungkook, luciendo una camiseta casual y el cabello un poco revuelto, y el pequeño Jeon Byul, quien llevaba puesto un casco de bombero de plástico por razones estrictamente organizativas.
—Regla número uno de nuestro nuevo tratado —anunció Suki, golpeando la mesa con una cuchara de madera a modo de martillo de juez—. Nada de secretos. Si la abuela o cualquier persona intenta interponerse, lo resolvemos juntos como un equipo.
—Aprobado —dijo Jungkook sin dudar un segundo, mirando a Suki con una devoción tan absoluta que rozaba lo absurdo.
—Regla número dos —continuó Suki, entornando los ojos hacia el empresario—. Jungkook no trabajará más de ocho horas al día a menos que sea una emergencia nacional. Las cenas se comen juntos en esta mesa y el ramién de tienda de conveniencia es legal los viernes por la noche.
—¡Apoyo la moción con toda mi alma! —gritó Byul, levantando ambas manos.
—Aprobado por unanimidad —sonrió Jungkook, entrelazando sus dedos con los de Suki sobre la mesa—. ¿Algo más, mi capitana?
—Regla número tres —Suki se sonrojó levemente, pero mantuvo la mirada firme—. No más llamadas de "Sr. Jeon" ni "Señorita Kim". Somos un equipo. Somos la Alianza de los Tres.
Byul saltó de su silla y puso su mano en el centro de la mesa. Jungkook colocó la suya sobre la del niño, y Suki cubrió ambas con la suya. El pacto estaba sellado. La mansión, que alguna vez fue un templo de mármol frío y silencioso, explotó en risas, olor a panqueques quemados y una calidez que se sentía hasta en el último rincón.
El verdadero reto para la recién formada Alianza llegó tres días después.
La prestigiada escuela primaria privada de Byul celebraba su *Festival Anual de Talentos Familiares*. Era un evento de altísima sociedad donde las familias más influyentes de Seúl enviaban a sus hijos a tocar sonatas de Chopin en piano o a recitar poesía en tres idiomas.
Sin embargo, Byul tenía un plan completamente diferente.
—Nos tocó la categoría de baile moderno —explicó el pequeño en la sala de la mansión, mostrando la hoja de inscripciones—. Todos los niños van a bailar con sus mamás y papás. ¡Pero nosotros seremos el único equipo de tres!
Jungkook parpadeó, sintiendo que un sudor frío le recorría la espalda.
—Byul-ah... yo soy arquitecto. Yo diseño líneas rectas, no bailo —intentó explicarse el impasible ejecutivo—. Además, la junta de padres de esa escuela es ridículamente conservadora.
—¿Tienes miedo, Jeon Jungkook? —lo desafió Suki con una sonrisita burlona, cruzándose de brazos—. Pensé que el gran director ejecutivo no le temía a nada.
Jungkook miró a Suki, luego miró los ojos entusiasmados de su sobrino. Suspiró, rindiéndose de inmediato.
—¿Cuál es la canción? —preguntó con resignación amorosa.
Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, la sala principal de la mansión Jeon se convirtió en un centro de alto rendimiento de baile cómico. Suki, con su coordinación cuestionable y su racha de caídas habituales, fue la coreógrafa oficial. Jungkook, aplicando su precisión arquitectónica, contaba cada paso con una seriedad mortal que hacía que Suki y Byul se desternillaran de la risa.
El día del festival, el auditorio de la escuela estaba repleto. La Sra. Noh no asistió, pero envió a Min Ah-jung en su representación para "supervisar" que el apellido Jeon no fuera arrastrado por el barro. Ah-jung se sentó en la segunda fila con un traje blanco impecable, cruzada de brazos y con una expresión de escepticismo refinado.
Tras varias presentaciones sobrias y aburridas de niños tocando el violín mientras sus padres sonreían de forma rígida, llegó el turno del número doce.
Las luces del escenario se apagaron.
—A continuación —anunció el profesor por el micrófono—: Jeon Byul y su familia.
Una luz de neón brillante se encendió y la música pop ochentera más contagiosa y rítmica comenzó a retumbar en las bocinas del auditorio.
El público ahogó un jadeo colectivo.
En el centro del escenario estaba Jeon Jungkook, el multimillonario y temido director ejecutivo, vistiendo unos lentes de sol gigantes de marco amarillo, un chaleco brillante y una gorra girada hacia un lado. A su izquierda estaba Byul con un atuendo idéntico, y a su derecha, Suki, luciendo radiante con un tutú de colores y tenis amarillos.
Sin perder un solo segundo, los tres iniciaron una rutina de baile perfectamente sincronizada pero hilarantemente absurda. Hicieron la "caminata del robot", el salto de la rana y un paso de simulación de carrera donde Jungkook terminó alzando a Byul en el aire mientras Suki daba una pirueta que casi la hace perder el equilibrio, pero que Jungkook atrapó en el aire con una maniobra impecable que pareció parte del show.
El auditorio se quedó en un silencio sepulcral durante los primeros diez segundos.
Ah-jung, en la segunda fila, abrió la boca de par en par. Jamás en su vida había visto a Jeon Jungkook sonreír de esa manera. No era la sonrisa educada que ponía en las cenas de negocios; era una sonrisa abierta, libre, ridícula y profundamente feliz. Bailaba sin importarle la dignidad ni el juicio de nadie, mirando a Suki con unos ojos cargados de un amor tan transparente que resultaba deslumbrante.
De pronto, un niño en la primera fila empezó a aplaudir con ritmo. Luego su madre se unió. En cuestión de cinco segundos, todo el auditorio se puso de pie. Los estrictos padres de la alta sociedad, contagiados por la energía pura y la alegría desbordante de la escena, comenzaron a aplaudir, a vitorear y a bailar en sus lugares.
El número terminó con los tres haciendo una pose dramática de superhéroes en el centro del escenario, respirando agitados pero con sonrisas radiantes.
El aplauso fue ensordecedor.
—¡Esos son mi tío y mi Suki! —gritó Byul por el micrófono, haciendo que todo el público soltara una carcajada y un "¡Aww!" colectivo.
Tras tras bambalinas, mientras Byul recibía felicitaciones y dulces de sus compañeros de clase, Suki y Jungkook caminaron hacia el pasillo lateral para tomar aire.
Jungkook se quitó los lentes de sol gigantes y se pasó una mano por el cabello húmedo de sudor, riendo suavemente.
—Creo que arruiné mi reputación corporativa en un noventa por ciento —dijo él, apoyando la espalda contra la pared.
—Te veías ridículamente guapo con esos lentes amarillos, arquitecto —respondió Suki, acomodándole la gorra con cariño—. Y le diste a Byul el mejor día de su vida.
—Nosotros se lo dimos —corrigió Jungkook, tomando la mano de Suki y besando sus nudillos con ternura.
—Vaya, vaya... así que el gran Jeon Jungkook ahora es una estrella de baile escolar.
La voz de Min Ah-jung los hizo girar la cabeza. La diseñadora caminaba por el pasillo a pasos lentos, sosteniendo su bolso de marca.
Suki instintivamente se puso un poco rígida, pero Jungkook mantuvo su agarre firme sobre su mano, dando un paso al frente de forma protectora.
—Ah-jung —dijo Jungkook con tono calmado—. Si viniste a criticar...
—No vine a criticar —la interrumpió Ah-jung, dejando escapar un largo suspiro. Miró a Jungkook y luego fijó sus ojos en Suki. Su postura ya no era altanera; parecía derrotada, pero extrañamente en paz—. Vine a darme cuenta de algo.
Ah-jung miró a Jungkook a los ojos.
—Durante años pensé que lo que tú necesitabas era una mujer de tu mismo estatus, alguien que mantuviera la fachada impecable de tu apellido. Pero hoy... al verte en ese escenario haciendo el ridículo con esos lentes amarillos... me di cuenta de algo amargo.
—¿De qué? —preguntó Jungkook suavemente.
—De que en diez años de conocerte, jamás te vi sonreír así conmigo —confesó Ah-jung con una sonrisa melancólica—. Siempre fuiste una estatua de hielo perfecta. Pero con ella... eres un ser humano. Estás vivo.
Ah-jung se giró hacia Suki. La miró de arriba abajo, observando el tutú de colores y sus tenis amarillos.
—No eres mi tipo, Kim Suki —dijo Ah-jung, intentando recuperar un poco de su orgullo francés—. Y sigo pensando que tus tenis son espantosos. Pero... cuida de él. Y de Byul. Ellos realmente te necesitan.
Suki parpadeó sorprendida, sintiendo un nudo de respeto en la garganta. Hizo una reverencia sincera.
—Gracias, señorita Min. Lo haré con mi vida.
Ah-jung asintió con elegancia, se acomodó las gafas de sol sobre la cabeza y se dio la vuelta.
—Me vuelvo a París mañana. Seúl se ha vuelto demasiado ruidoso para mí —dijo mientras caminaba por el pasillo, levantando una mano en señal de despedida—. Adiós, Jungkook. Sé feliz.
Jungkook la vio alejarse con un gesto de gratitud silenciosa. El último fantasma de la presión social y familiar acababa de esfumarse para siempre.
Jungkook se giró hacia Suki, la tomó por la cintura y la pegó hacia su cuerpo.
—Se acabó, Suki —murmuró él, rozando su nariz contra la de ella—. Ya no hay rivales, no hay expectativas de la sociedad y no hay abuelas dictatoriales. Solo estamos nosotros.
—La Alianza de los Tres —sonrió Suki, pasando sus brazos por el cuello de él.
En ese momento, Byul apareció corriendo por el pasillo cargando un trofeo dorado gigantesco con forma de estrella que la escuela les había otorgado como "Premio Especial a la Familia Más Unida".
—¡Miren! ¡Ganamos el premio gordo! —gritó el niño saltando entre los dos.
Jungkook y Suki se agacharon al mismo tiempo, cargando a Byul entre los dos mientras el niño levantaba el trofeo hacia el techo. Bajo las luces del pasillo de la escuela, entre risas y abrazos apretados, la niñera desafortunada, el solitario empresario y el pequeño huérfano entendieron que la verdadera suerte no era evitar los tropezones del camino, sino tener con quién caerse y levantarse para siempre.