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Bésame en el infierno

Bésame en el infierno

Status: Terminada
Genre:CEO / Policial / Completas
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Dante Lam era un fantasma.

Tres explosiones, veintisiete fragmentos de cristal extraídos de su cuerpo y una cirugía de reconstrucción facial después, el agente de élite de Interpol aceptó la misión más peligrosa de su carrera: asumir la identidad de Dean Yang, heredero de la Joyería Yang, e infiltrarse en el corazón del imperio criminal más poderoso del mundo.

El problema fue que Anderson Lorenzo ya lo estaba esperando.

Heredero de la dinastía militar-industrial Lorenzo, magnate de armas con contactos en cada gobierno del planeta, Anderson es un hombre que consigue todo lo que desea. Y desde el momento en que estrechó la mano de "Dean Yang", supo exactamente quién se escondía detrás de esa cara nueva. No dijo nada. No lo delató. En cambio, compró el edificio donde Dante vivía. Instaló cámaras en su departamento. Aprendió su sabor favorito de helado. Y cada noche, mientras Dante dormía inconsciente en un sótano del que no sabía que era prisionero, Anderson besaba su nuca sin que él lo supiera.

Obsesivo. Peligroso. Irresistible.

Pero Dante no es una presa fácil. Francotirador de élite, políglota, entrenado para resistir cualquier forma de tortura, tiene una regla inquebrantable: nunca mezclar la misión con los sentimientos. Y hay alguien más esperando su corazón——Leslie Avis, su compañero de armas en Interpol, el hombre que lo protege en silencio y jamás pide nada a cambio.

Entre un agente de la ley y un señor de las armas no debería existir nada. Pero cuando Dante descubre que Anderson recibió tres balazos por salvarlo y cruzó un puente en llamas cargándolo en su espalda, la línea entre el deber y el deseo se quiebra.

Y luego está Marlin——el joven vulnerable que Dante rescató de un casino, el amigo inocente que siempre sonríe con dulzura. Nadie sospecha lo que Marlin esconde. Ni siquiera Dante. Hasta que es demasiado tarde.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Capítulo 4: Setenta pisos

El Hotel W se elevaba sobre Paseo de la Reforma como un dedo de acero y cristal señalando al cielo. Setenta y dos pisos. Desde la camioneta blindada, Dante contó las ventanas del último nivel mientras Gwen ajustaba la frecuencia del receptor en su oído.

—La señal es estable —dijo Gwen—. Lorenzo ya está arriba. Llevamos doce minutos de grabación limpia.

La voz de Anderson llegaba por el auricular con nitidez quirúrgica, como si estuviera sentado en el asiento de al lado. El receptor de Corporación Lorenzo no fallaba. Por supuesto que no.

—Charles, me halaga que hayas venido personalmente —decía Anderson en el auricular, con ese tono de anfitrión aburrido que usaba cuando estaba a punto de destruir a alguien—. Normalmente envías intermediarios. ¿A qué debo el honor?

La voz que respondió era más grave, con acento del medio oeste estadounidense.

—Los intermediarios no sirven para lo que voy a proponerte, Lorenzo. Necesito un canal directo para los S-92. Doscientas unidades. Entrega en tres meses.

Gwen levantó la vista del receptor. Sus ojos encontraron los de Dante.

—S-92 —articuló sin sonido—. Misiles.

Dante asintió. Doscientos misiles tierra-aire. Suficientes para iniciar una guerra regional. Y Charles, CEO de MASSIVE, acababa de pedirlos con la misma naturalidad con que alguien pide café.

En el auricular, Anderson siguió la conversación con precisión de relojero. Cada pregunta diseñada para que Charles dijera más. Cantidades. Rutas de envío. Nombres de contactos en tres continentes. Anderson lo conducía como un matador conduce al toro: con elegancia, sin prisa, sabiendo exactamente dónde clavarle la estocada.

—Suficiente —dijo Gwen. Tomó la radio—. Equipo Alfa, tienen luz verde. Piso setenta y dos, sala de conferencias norte. Detengan a Charles por conspiración para tráfico de armamento. Lorenzo es testigo cooperante; no lo toquen.

Dante salió de la camioneta antes de que Gwen terminara la frase. Tomó el ascensor de servicio con tres agentes. La subida duró cuarenta y siete segundos. El hombro izquierdo todavía le tiraba bajo la camisa, los puntos a medio cicatrizar, y el cabestrillo lo había dejado en casa esa mañana porque no podía empuñar un arma con un brazo inmovilizado.

Las puertas del ascensor se abrieron al pasillo del piso setenta y dos. Mármol negro, ventanas del suelo al techo, la ciudad entera a sus pies como un circuito impreso de luces.

—¡Interpol! —gritó Gwen al entrar por la puerta principal—. Charles, estás detenido. Las manos donde pueda verlas.

La sala de conferencias era todo cristal y acero. Charles estaba de pie detrás de una mesa ovalada, un hombre corpulento de traje azul marino, con el tipo de bronceado que solo se consigue en un yate. Anderson estaba sentado al otro lado, con las piernas cruzadas y una copa de agua en la mano, como si estuviera viendo una película que ya conocía.

Charles no levantó las manos. Miró a Anderson.

—Hijo de puta —dijo, con la calma de alguien que ya sabe cómo va a terminar esto—. Tú los trajiste.

Anderson tomó un sorbo de agua.

—Yo solo soy un empresario preocupado por la seguridad pública.

Charles metió la mano en el bolsillo del saco. Dos agentes le apuntaron.

—¡Las manos! —repitió Gwen.

Lo que pasó después duró menos de cuatro segundos. Anderson se levantó de la silla, cruzó la distancia hasta Dante en dos zancadas y le agarró la mano derecha — la mano que sostenía la Beretta. Sus dedos se cerraron sobre los de Dante, fríos y precisos, y apuntó el cañón hacia Charles.

—Dispara —susurró Anderson contra su oído. Y apretó el dedo de Dante sobre el gatillo.

El disparo resonó en la sala de cristal como un trueno dentro de una campana. La bala alcanzó a Charles en el pecho. El hombre retrocedió dos pasos, chocó contra la ventana y se desplomó.

Dante reaccionó por puro instinto. Giró sobre su eje, enganchó el brazo de Anderson por debajo del codo y lo lanzó al suelo con un ippon seoi nage que hizo temblar el mármol. Anderson golpeó la superficie con la espalda. El aire se le escapó de los pulmones en un jadeo seco. Dante le puso la rodilla en el esternón y la Beretta contra la mandíbula.

—Acabas de usar mi mano para matar a un hombre —dijo Dante. Su voz era un hilo de acero—. Dame una razón para no volarte la cabeza.

Anderson lo miró desde el suelo. Tenía una gota de sangre en la mejilla — no suya, de Charles — y la expresión más serena que Dante le había visto. Como si estar inmovilizado bajo un agente furioso con un arma en la cara fuera exactamente donde quería estar.

—Porque no eres así —dijo Anderson, sin intentar moverse—. Tú no matas por rabia.

—¡LAM! —Gwen estaba junto a Charles, verificándole el pulso—. ¡Suéltalo! ¡Ahora!

Dante apretó la mandíbula. Levantó la Beretta. Se puso de pie.

Gwen se arrodilló junto a Charles. El hombre todavía respiraba, burbujas de sangre en los labios, la mano derecha dentro del bolsillo del saco. Gwen le sacó la mano. En los dedos tenía un dispositivo del tamaño de un encendedor. Negro. Con un botón rojo.

—Bomba —dijo Gwen.

Charles sonrió. Sangre entre los dientes. Y apretó el botón.

La explosión no vino de la mesa ni de las paredes. Vino del piso. Una carga colocada debajo del suelo de mármol reventó la esquina noroeste de la sala como si alguien hubiera arrancado una página de un libro. El suelo se abrió. Los ventanales estallaron hacia afuera, lanzando una lluvia de cristal sobre la ciudad a setenta y dos pisos de altura. La onda expansiva tiró a Dante contra la pared. Los agentes rodaron por el suelo. Gwen se aferró a la mesa.

Anderson cayó hacia el hueco.

No hubo pensamiento. No hubo cálculo. No hubo la más mínima pausa entre ver el cuerpo de Anderson deslizarse por el borde del piso destruido y lanzarse a agarrarlo. Dante cruzó la distancia arrastrándose sobre vidrio roto, con los oídos zumbando y el hombro izquierdo gritando, y cerró la mano derecha alrededor de la muñeca de Anderson en el último segundo.

El tirón casi lo arranca del borde. Ciento ochenta y cinco centímetros de hombre colgando al vacío, y lo único que los sostenía era la mano de Dante anclada a una varilla de refuerzo que sobresalía del concreto destrozado. El viento de la altura le pegó en la cara como una bofetada húmeda. Abajo, la ciudad era un abismo de luces diminutas. Setenta y dos pisos. Si soltaba, Anderson tardaría seis segundos en llegar al suelo.

La pierna izquierda de Dante estaba atrapada debajo de un trozo de losa de mármol. Sintió el hueso ceder antes de escucharlo: un crujido profundo, interior, como una rama verde que se parte. El dolor le subió desde el tobillo hasta la cadera en una ola blanca que le borró la visión por un instante. El brazo derecho, el que sostenía a Anderson, empezó a arder — los músculos del bíceps y el hombro estirándose más allá de su límite.

Anderson colgaba del vacío con una sola mano. Miró hacia arriba. Miró a Dante.

—Suéltame —dijo, sin pánico—. Tu pierna está rota. Si me sostienes más tiempo, te caes conmigo.

—Cállate —jadeó Dante.

—LAM. Suéltame.

—He dicho que te calles.

Dante apretó los dientes hasta que sintió el sabor metálico de su propia sangre. Tiró. Cada centímetro que subía a Anderson era una descarga de dolor blanco en la pierna, en el brazo, en el hombro que todavía tenía puntos de la última explosión. El cuerpo no quería cooperar. Los músculos temblaban — por primera vez en su vida, le temblaban los músculos — y la varilla de acero se le clavaba en la palma como un cuchillo.

Gwen apareció en el borde. Se tiró al suelo, agarró a Anderson por la otra muñeca y tiró. Entre los dos lo subieron. Anderson rodó sobre el borde destrozado y quedó boca arriba en lo que quedaba del piso, jadeando. Dante se desplomó a su lado. El cielo nocturno de Ciudad de México giraba encima de ellos, anaranjado por la contaminación lumínica, indiferente.

La pierna izquierda de Dante estaba en un ángulo que no correspondía a la anatomía humana. No miró. Si miraba, el dolor se haría real de una manera que no podía permitirse.

—Paramédicos al piso setenta y dos —dijo Gwen por la radio, con voz que no temblaba—. Tengo un agente con fractura expuesta y un civil herido. Charles confirmado muerto. La escena está comprometida.

Anderson giró la cabeza hacia Dante. Estaban a menos de medio metro de distancia, los dos tirados en el suelo de una sala destruida a setenta y dos pisos de altura, cubiertos de polvo de concreto y vidrio molido. Anderson tenía las marcas de los dedos de Dante en la muñeca, rojas, profundas, como un brazalete grabado a presión.

—No me soltaste —dijo Anderson. Su voz había perdido la ironía, el sarcasmo, la armadura. Sonaba como alguien que acaba de ver algo que no esperaba ver—. ¿Por qué?

Dante miraba el techo. La pierna le latía al ritmo del corazón, un dolor tan grande que se volvía abstracto.

—Porque es mi trabajo —dijo.

Anderson no respondió. Pero siguió mirándolo, con una expresión que Dante no le había visto antes y que no supo nombrar. No era gratitud. No era deuda. Era algo más parecido a la primera grieta en un muro que lleva años construyéndose.

Los paramédicos llegaron. La camilla. La inmovilización de la pierna. El hospital otra vez. El cirujano otra vez. El dolor otra vez. Todo otra vez.

Dante cerró los ojos en la ambulancia y tomó una decisión: iba a escribir el informe de transferencia esa misma noche. Pediría que lo asignaran a otra unidad, otra ciudad, otro continente. Lejos de Anderson Lorenzo y sus explosiones y su forma de mirar como si el mundo entero fuera prescindible excepto una persona.

Cuando abrió los ojos en la habitación del Hospital San Antonio, lo primero que vio fueron las flores. Rosas. Lirios. Orquídeas. Girasoles. Claveles. Flores que no sabía nombrar y flores que probablemente no existían en México. Cubrían la mesa, la ventana, el suelo junto a la cama, la silla, el mueble del televisor. La habitación entera olía a invernadero.

No había tarjeta. No hacía falta.

En el piso setenta y dos del Hotel W, Anderson Lorenzo estaba de pie frente al hueco donde habían estado los ventanales. El viento le revolvía el pelo. Abajo, la ciudad latía con sus millones de luces. Tenía la muñeca derecha envuelta en una venda improvisada, sobre las marcas que los dedos de Dante le habían dejado.

No se movió durante un largo rato. Richard esperaba junto a la puerta, sin hablar.

Anderson miraba la ciudad, pero no la estaba viendo.

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