Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 2
Cap 2: Reglas del juego
La villa olía a pintura fresca y a silencio.
Dante cerró la puerta con el hombro y dejó las llaves en la barra de la cocina —una isla de mármol blanco que él mismo había elegido hace tres semanas, cuando comprar una casa en la Condesa todavía le parecía la mejor decisión de su vida—. Las cajas de la mudanza cubrían medio salón. No había desempacado nada. No había tenido tiempo, entre el cierre con la inmobiliaria, los papeles del Club Fénix y la brillante idea de salir a beber anoche.
Se quitó los zapatos a patadas. Luego el saco. Luego la camisa, que arrojó directo al bote de basura porque olía a colonia ajena, a sábanas ajenas, a una noche que no debió haber pasado.
El baño de la planta baja era lo único que ya funcionaba. Dante abrió la regadera al máximo, se metió sin esperar a que el agua se calentara y dejó que el chorro helado le golpeara la nuca.
Le ardió. Todo le ardió.
Los muslos, donde los dedos de Sebastián habían dejado marcas como firma de propiedad. La cadera izquierda, que traía un moretón del tamaño de un pulgar. Y más abajo, una molestia sorda que le recordaba con cada movimiento exactamente lo que había dejado que le hicieran.
"Lo que dejaste que te hicieran", se corrigió en voz alta, porque si no lo decía, podía seguir fingiendo que no había pasado.
El espejo del baño estaba empañado cuando salió. Dante lo limpió con la palma de la mano y se enfrentó al reflejo: chupetón en la clavícula, otro más tenue debajo de la oreja, ojeras de no haber dormido, y una expresión que no reconocía.
Parecía alguien a quien le habían robado y todavía no terminaba de revisar qué faltaba.
Se estaba poniendo una playera limpia cuando sonó el celular. La pantalla mostraba una foto de Vale haciendo cara de pato con un margarita en la mano. Dante consideró no contestar. Consideró tirarse al piso y quedarse ahí hasta que las cajas de la mudanza se lo tragaran. Pero Vale era perfectamente capaz de presentarse en persona si no le respondía en menos de tres timbrazos, y lo último que necesitaba era testigos.
—¿Bueno?
—¡DANTE VALDERRAMA SOLÍS!
Dante alejó el teléfono de su oreja. El grito de Vale rebotó en las paredes vacías de la villa.
—Estoy vivo, sí, gracias por preguntar.
—Mijo, llevo toda la mañana marcándote. ¿Sebastián es bravo?
Dante se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué?
—Que si Sebastián es bravo. En la cama. Porque anoche, antes de subirte a su carro como si fuera Uber de lujo, me agarraste de los hombros, me miraste a los ojos y me dijiste, textual: "Vale, me lo voy a coger."
El piso se abrió bajo sus pies. Metafóricamente. Aunque en ese momento habría preferido que fuera literal.
—Yo no dije eso.
—Sí dijiste eso. Y luego te fuiste con él. Y luego no contestaste el teléfono en doce horas. Así que necesito que me confirmes que estás entero y me des detalles, en ese orden.
Dante se sentó en el borde de la tina. El frío del azulejo le caló hasta los huesos, pero necesitaba algo que lo anclara a la realidad.
—Estoy entero —dijo.
—¿Y los detalles?
—No hay detalles.
—Dante.
—Estuve arriba —soltó, y la mentira le salió tan limpia que casi se la creyó él mismo.
Del otro lado hubo un silencio que duró exactamente dos segundos. Después, Vale gritó tan fuerte que Dante tuvo que volver a apartar el celular.
—¡¿Le diste la vuelta a Sebastián Montero?! ¡¿Al Sebastián Montero?! ¡¿El que tiene a medio mundo babeando y nunca le da la hora a nadie?! ¡¿Tú?!
—¿Por qué suenas tan sorprendida? Es ofensivo.
—¡Porque es Sebastián Montero! El hombre es un diez y todo el mundo lo sabe. La mitad de los influencers de este país matarían por una noche con él, y tú me estás diciendo que llegaste y...
—Sí.
Otro silencio. Dante casi podía escuchar a Vale procesando la información, reorganizando su mapa mental del universo para acomodar este dato nuevo.
—Pues... wow. Okay. ¿Y qué? ¿Fue de una noche o qué?
Ahí estaba. La pregunta que no debía contestar. La pregunta inteligente habría sido "fue de una noche, ya quedó, siguiente tema." Pero Dante tenía el orgullo herido, una mentira a medio armar, y la necesidad desesperada de que al menos una parte de esta historia pareciera bajo su control.
—Tenemos un arreglo —dijo—. A largo plazo. Un año.
—¡¿Un año?! ¿Qué clase de arreglo?
—El tipo de arreglo donde él paga y yo pongo las reglas.
Vale se calló de golpe. Cuando habló, su voz había bajado tres octavas y subido diez niveles de seriedad.
—Dante, ¿estás hablando de lo que creo que estás hablando?
—Estoy hablando de un acuerdo entre adultos. Nada ilegal, nada raro. Yo pongo el dinero, él pone... la disponibilidad. Punto.
—¿Cuánto?
Dante abrió la boca. La cerró. No tenía idea de cuánto cobraba la gente por este tipo de cosas. No tenía idea de nada. Estaba improvisando con la misma energía con la que había manejado sus últimos tres negocios: puro instinto, cero plan, y la fe ciega de que algo saldría bien.
—Eso se queda entre él y yo.
—Mijo...
—Vale. Estoy bien. Es un buen arreglo. Confía en mí.
El silencio de Vale pesaba toneladas, pero al final suspiró.
—Si te hace algo raro, me marcas. Aunque sean las cuatro de la mañana. ¿Oíste?
—Oí.
Colgó antes de que Vale pudiera hacer más preguntas. Se quedó sentado en el borde de la tina, con el celular entre las manos, mirando las paredes desnudas del baño.
Esta villa era suya. La había comprado hace un mes con la plata del Club Fénix, sin pedirle un peso a los Valderrama. Tres recámaras, dos baños, un jardín trasero del tamaño de un sello postal. En la colonia Condesa, lejos de Las Lomas, lejos de la casa grande, lejos de todo lo que tuviera el apellido Valderrama pegado. Eso era lo que importaba: la distancia.
Dante Valderrama Solís. Hijo ilegítimo. El que no debía existir.
Su madre, Camila Solís, había sido actriz. No famosa. No exitosa. Una cara bonita entre miles de caras bonitas que llegaban a la Ciudad de México cada año con una maleta y un sueño. Don Eduardo Valderrama la conoció en una cena de productores. Le llenó la copa hasta que dejó de contar. Nueve meses después nació Dante, y Don Eduardo resolvió el problema como resolvía todo: con una transferencia mensual y una cláusula de confidencialidad.
Dante creció viendo a su madre fingir que no le dolía. Fingir que la transferencia era suficiente. Fingir que ser la amante descartada de un magnate era un papel que ella había elegido.
Tenía trece años cuando un tráiler se saltó un alto en Periférico y el carro de Camila quedó irreconocible. Doña Eugenia —la abuela, la matriarca, la que realmente mandaba en los Valderrama— fue quien llamó a Patricia Cervantes, la esposa de Don Eduardo, y le dijo que el bastardo necesitaba un techo. Patricia obedeció porque Patricia siempre obedecía. Y Dante entró a esa casa sabiendo exactamente lo que era: un recordatorio andante de la peor decisión de su padre.
Aprendió rápido. Aprendió a sonreír cuando lo ignoraban. Aprendió que el apellido Valderrama abría puertas, pero que las puertas se cerraban en cuanto veían "Solís" pegado detrás. Aprendió que el dinero era la única protección real, y que sin dinero, él no era nada.
Y ahora no tenía dinero.
El celular vibró. Dante miró la pantalla esperando otra llamada de Vale, pero era un mensaje.
De Sebastián Montero.
"¿Estás bien?"
Dos palabras. Sin emojis, sin contexto, sin nada que indicara si la pregunta era genuina o si era otra forma de burlarse. Dante se quedó mirando el mensaje hasta que las letras dejaron de tener sentido.
¿Estaba bien? Tenía una villa llena de cajas, marcas en el cuerpo que no había pedido, y acababa de mentirle a su mejor amiga sobre un acuerdo que no existía.
Abrió la grabadora de voz.
—Mira, Montero, no sé qué pretendes con tu mensajito de "¿estás bien?", pero te voy a dejar algo muy claro: lo de anoche fue un error. Un error que no se va a repetir. Así que guarda tu preocupación barata, métetela donde te quepa, y no me vuelvas a escribir. ¿Quedó claro? Perfecto. Adiós.
Envió la nota de voz. La adrenalina le duró exactamente ocho segundos, que fue lo que tardó en darse cuenta de que acababa de mandarle una nota de voz de quince segundos al tipo al que le había dado una tarjeta negra con medio millón de pesos de límite.
—Soy un idiota —murmuró.
El celular vibró otra vez. No era un mensaje. Era una notificación del banco.
Transferencia recibida: $20,000.00 MXN.
De: S. Montero Ríos.
Concepto: "Primera vez, no calculé bien. Servicio deficiente, devuelvo un poco."
Dante leyó el concepto una vez. Dos veces. Tres veces.
Servicio deficiente.
Devuelvo un poco.
Servicio. Deficiente.
Se levantó de la tina con tanta fuerza que se golpeó la rodilla contra el lavabo. No sintió nada. La rabia le llenaba el cuerpo entero como agua hirviendo, desde los pies hasta la punta de las orejas, y lo único que podía ver eran esas cuatro palabras en la pantalla de su celular.
Sebastián Montero le estaba devolviendo dinero. Como quien devuelve un producto defectuoso. Como quien deja una reseña de dos estrellas. Y lo peor —lo verdaderamente insoportable— era la implicación detrás del reembolso: si Sebastián devolvía dinero por "servicio deficiente", eso significaba que Dante había sido el que prestó el servicio.
No el que contrató. El que fue contratado.
Dante aventó el celular contra la pila de toallas limpias que había dejado sobre el mueble del baño. El aparato rebotó y cayó al piso con la pantalla hacia arriba, mostrando todavía la notificación.
$20,000.00 MXN.
Se agachó. Recogió el celular. Lo desbloqueó. Abrió la conversación con Sebastián. Escribió siete mensajes diferentes, los borró todos, y al final se quedó con el cursor parpadeando sobre el campo vacío.
Porque no había respuesta para eso. No había respuesta que no lo hundiera más. Si devolvía el dinero, admitía que le importaba. Si lo insultaba, le daba la satisfacción de saber que había dado en el blanco. Si lo ignoraba, Sebastián ganaba por abandono.
Dante cerró la conversación. Bloqueó la pantalla. Se dejó resbalar por la pared del baño hasta quedar sentado en el piso frío, con las rodillas contra el pecho, en una villa vacía que olía a pintura fresca y a derrota.
Veinte mil pesos. Eso era lo que valía su dignidad según Sebastián Montero. Un reembolso parcial, como si Dante fuera un producto que no cumplió expectativas.
El sol de la tarde entraba por las ventanas sin cortinas y le daba directo en la cara. Dante no se movió. Se quedó ahí, con la mejilla contra el azulejo frío, la pantalla del celular muerta entre los dedos, y una sola pregunta dándole vueltas en la cabeza como un mosquito que no se podía matar:
¿Sebastián Montero realmente estaba en quiebra, o los veinte mil pesos eran solo otra forma de ganar?