Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.
Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.
Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.
Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.
Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.
Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.
En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?
*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*
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Capítulo 13
Capítulo 13
Decir adiós sin decirlo
Esa noche Renata no fue directo al departamento. Se bajó del camión dos paradas antes y caminó despacio por la avenida, con la mochila pesándole en los hombros —las huellas dactilares de Nico Bravo escondidas entre las páginas del diccionario— y la cabeza llena de lo que acababa de ver en casa de Doña Carmen.
Necesitaba pensar. No en Dante ni en Nico ni en la ficha de huellas. Necesitaba pensar en Andrés.
El mensaje de Dante ardía en la pantalla del teléfono como una brasa: "Mañana hay una cena en la Hacienda. Don Aurelio quiere conocerte." Mañana. La Hacienda de los Montero. El patriarca. Si Renata entraba en ese territorio, ya no habría vuelta atrás. Y si Dante descubría que Andrés era el punto débil de Renata —el hombre al que amaba, el único al que no podía mentirle sin romperse—, Andrés se convertiría en moneda de cambio. O en víctima.
Había una sola forma de protegerlo: sacarlo de Miravalle.
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Cuando llegó al departamento, Andrés estaba ahí.
Había vuelto de casa de Gerardo. Su mochila deportiva estaba en la entrada, su chamarra colgada en el perchero. Estaba sentado en el sillón con las manos entre las rodillas, mirando la pared con la expresión de un hombre que ha tomado una decisión y está esperando a que la otra persona llegue para decirla.
Pero Renata habló primero.
Se sentó frente a él en la mesa de centro, le tomó las manos y dijo las palabras que llevaba ensayando durante las siete cuadras de caminata:
—Andrés, estoy metida en algo que no puedo explicar. No es otro hombre. Es algo mucho peor. Y si te quedas en Miravalle, van a usarte para llegar a mí.
Andrés se quedó inmóvil. La miraba con los ojos muy abiertos, como alguien que espera un golpe y recibe otro distinto.
—¿Quiénes?
—No puedo decirte quiénes. Todavía no. Solo puedo decirte que son gente que no se detiene ante nada.
—Renata, me estás asustando.
—Bien. Deberías estar asustado. Porque yo lo estoy.
—¿Es la deuda de tu papá? ¿Es esa empresa?
Renata hizo una pausa. Calculó el mínimo de verdad que necesitaba para que Andrés entendiera sin ponerse en peligro.
—Es Montero —dijo. Solo el apellido. Una sola palabra.
La cara de Andrés cambió. En Miravalle, todo el mundo sabía lo que significaba ese apellido. No hacía falta explicar. Los Montero eran el nombre que los taxistas pronunciaban en voz baja, el apellido que los periodistas evitaban en los titulares, la familia que donaba hospitales y enterraba a sus enemigos con la misma eficiencia.
—Dios mío —murmuró Andrés.
—Necesito que te vayas de Miravalle. Ahora. Esta noche, si es posible. Mañana a primera hora, como máximo.
—No me voy a ningún lado sin ti.
—No puedes quedarte, Andrés. Si saben que me importas, te usarán. Y yo no voy a poder funcionar si estoy preocupada por ti cada segundo del día.
—¿Y tú? ¿Tú te quedas aquí, sola, frente a esa gente?
—No estoy sola. Tengo aliados. Gente que también quiere la verdad. —Pensó en Doña Carmen, en Lucía, en la ficha de huellas dactilares escondida en su mochila—. Pero necesito saber que tú estás a salvo. Si tú estás a salvo, yo puedo pelear.
—No puedes protegerme yéndote de esto. —La voz de Andrés se quebró—. No puedes protegerme alejándome.
—Es exactamente lo que puedo hacer.
Se miraron. El reloj de la cocina marcaba las once y cuarto. Afuera, un perro ladraba y alguien arrastraba un bote de basura por la banqueta. Sonidos normales. Sonidos de un mundo que ya no les pertenecía.
Andrés se pasó las manos por la cara. Cuando las bajó, tenía los ojos rojos pero secos.
—¿A dónde voy?
El alivio fue tan intenso que Renata tuvo que apretar los dientes para no llorar.
—A Monterrey. Con Eduardo. Él tiene espacio y no va a hacer preguntas.
Eduardo Garza, compañero de carrera de Andrés en la universidad. Ingeniero, soltero, departamento grande en San Pedro Garza García. Le debía un favor a Andrés desde que este lo ayudó a pasar el examen de certificación. Monterrey estaba a seiscientos kilómetros de Miravalle: lo bastante lejos para estar fuera del radar de los Montero y lo bastante cerca para que Andrés no sintiera que se iba al otro lado del mundo.
—¿Por cuánto tiempo?
—No lo sé. Semanas. Quizá un mes. Quizá más.
Andrés asintió con el gesto lento de un hombre que está aceptando algo que odia. Se levantó del sillón y fue a la recámara. Renata lo oyó abrir el clóset, sacar su mochila grande, abrir y cerrar cajones. Sonidos de una vida empacada en treinta minutos.
Ella buscó en internet las salidas nocturnas de la terminal de autobuses. No había corridas a Monterrey hasta las seis de la mañana. Compró un boleto con su tarjeta de débito, pagó el seguro del viajero, apuntó el número de confirmación en una nota del teléfono.
Cuando Andrés salió de la recámara con la mochila al hombro y una bolsa de plástico con zapatos y artículos de baño, parecía diez años más viejo que hace una hora.
—Andrés —dijo Renata.
Él la miró.
—Lamento todo esto.
—No lamentes. —Se acercó a ella y le puso las manos en los hombros. Su voz era baja, firme, la voz de un hombre que está eligiendo ser fuerte porque la alternativa es derrumbarse—. Voy a esperarte. Pero prométeme que vas a salir de esto.
—Te lo prometo.
Sabía que quizá era una promesa que no podría cumplir. Pero se la debía.
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A las cinco y media de la mañana caminaron juntos hasta la terminal de autobuses de Miravalle. El cielo estaba gris perla, con esa luz indecisa que no es noche ni día. Las calles olían a pan recién hecho de la panadería de la esquina y a diésel de los camiones que empezaban sus rutas.
La terminal era un edificio de concreto con piso de loseta y filas de sillas de plástico atornilladas al suelo. Una televisión sin sonido transmitía las noticias de la mañana. Un hombre barría el pasillo con la cadencia mecánica de quien barre lo mismo todas las madrugadas.
La sala de espera estaba medio vacía a esa hora: un par de ancianos con bolsas de mandado, una mujer joven con un bebé dormido en el rebozo, un adolescente con audífonos que movía la cabeza al ritmo de algo que solo él podía escuchar. Gente normal viajando a lugares normales por razones normales.
Renata le dio a Andrés el boleto impreso y un sobre con tres mil pesos en efectivo —todo lo que tenía en la alcancía de la cocina—.
—No necesito dinero, Reni.
—Tómalo. No uses la tarjeta los primeros días, por si acaso.
Andrés guardó el sobre en el bolsillo de la chamarra sin discutir. Estaban de pie frente a la puerta de embarque número cuatro, rodeados de vendedores ambulantes y pasajeros somnolientos y una señora con tres cajas de cartón etiquetadas como "FRÁGIL".
No dijeron mucho. Andrés le acomodó el cuello de la chamarra, un gesto automático de tres años de costumbre. Renata le quitó una pelusa del hombro. Intercambiaron sonrisas rotas que no llegaron a los ojos.
Cuando anunciaron el abordaje, Andrés la abrazó. No fue un abrazo breve ni cortés; fue un abrazo de cuerpo entero, de esos que aprietan las costillas y pegan las cabezas y no sueltan hasta que es físicamente necesario respirar.
—Voy a esperar —dijo contra su pelo—. Pero prométeme que vas a salir de esto.
—Ya te lo prometí.
—Prométemelo otra vez.
—Te lo prometo.
La soltó. Tomó su mochila. Caminó hacia el autobús sin voltear. Renata lo vio entregar su boleto al chofer, subir los tres escalones metálicos, buscar su asiento en la fila siete, sentarse junto a la ventana. No se miraron a través del vidrio. No agitaron la mano. Nada de eso. Solo la quietud terrible de dos personas que saben que este puede ser el último rato normal que compartan.
El autobús arrancó. Las luces traseras se hicieron pequeñas y después desaparecieron en la avenida que salía de Miravalle hacia el norte.
Renata se quedó de pie frente a la terminal. El sol empezaba a asomarse sobre los edificios del centro y la silueta de Torre Montero se recortaba contra el cielo como la hoja de un cuchillo negro.
Se dio la vuelta para irse.
Y casi chocó con Joaquín.
Estaba de pie a tres metros de ella, impecable pese a la hora, con las manos entrelazadas frente al cuerpo y la expresión inmutable de siempre.
—El Jefe dice que descanse unas horas —dijo—. La recojo a las seis para la Hacienda.
Renata lo miró. La camioneta negra estaba estacionada a veinte metros, con el motor encendido y los vidrios polarizados reflejando el sol naciente. Dante sabía que Andrés se había ido. Sabía la hora, sabía el autobús, sabía la terminal. Probablemente sabía hasta el número de asiento. El alivio de haber puesto a Andrés a salvo se mezcló con algo frío y pesado: la certeza de que cada paso que daba estaba siendo observado, medido, archivado.
—A las seis —repitió Renata.
Joaquín asintió y caminó hacia la camioneta negra estacionada en doble fila. Renata lo vio irse, con el sol naciente dorándole las esquinas de la ciudad que ahora era, más que nunca, territorio enemigo.
En unas horas iba a entrar en la Hacienda de los Montero. Sin Andrés. Sin red de seguridad. Solo ella, su inteligencia, y una ficha de huellas dactilares escondida en las páginas de un diccionario viejo.