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ARE YOU CRAZY MEN? Esta Villana No Acepta Su Destino

ARE YOU CRAZY MEN? Esta Villana No Acepta Su Destino

Status: Terminada
Genre:Villana / Mujer poderosa / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.

Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.

Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.

Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.

Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.

Esta vez, la historia terminará de otra manera.

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El nuevo orden y la sombra del Emperador

El humo de las hogueras de la victoria aún se mezclaba con el aire helado cuando el sol se asomó tras las montañas, tiñendo de oro la nieve teñida de sangre. El campo de batalla ya estaba limpio: los caídos recibieron sepultura, los heridos fueron atendidos, y los estandartes imperiales, rasgados y pisoteados, fueron apilados en el patio principal como trofeo de guerra. Pero para Elara, el silencio de la mañana no era de paz. Era la calma antes de la tormenta más grande.

En la sala del consejo, la atmósfera había cambiado por completo. Ya no había duda, ni miedo, ni recelo. Cuando ella hablaba, todos guardaban silencio. No porque temieran su ira, sino porque sabían que cada palabra suya era la diferencia entre la vida y la muerte. Lord Kael ocupaba su trono, pero el peso de las decisiones recaía sobre su hija, y nadie lo cuestionaba.

—Hoy ganamos una batalla —dijo ella, con voz clara y firme, de pie junto a la mesa del mapa—. Pero no la guerra. El Emperador no perdonará lo que hicimos. Le humillamos. Le quitamos a su mejor general, destruimos su ejército, y nos aliaron con los clanes que él creía sometidos. No enviará cincuenta mil hombres esta vez. Enviará todo lo que tiene. Y vendrá con sed de sangre. No de la nuestra. De la mía.

—Que venga —dijo el jefe del Clan Halcón, golpeando el puño sobre la mesa—. Nos vencieron antes porque nos atacaron uno por uno. Ahora somos tres clanes unidos. Tenemos espadas, caballos, y algo que ellos no tienen: razón para luchar.

—La unión es nuestra fuerza —asintió el jefe del Clan del Río—. Pero también somos pocos contra un imperio entero. Necesitamos tiempo. Tiempo para fortalecer las murallas, para entrenar a los jóvenes, para buscar aliados más al norte.

Elara asintió, recorriendo con la mirada los mapas, recordando cada detalle del libro que ya no se cumplía.

—El Emperador no vendrá de inmediato. Su orgullo es su debilidad. No aceptará que una muchacha y un puñado de clanes lo hayan derrotado. Preparará una expedición grandiosa, excesiva, para que todo el reino vea que no se le desafía. Eso nos da… tres meses. Tres meses antes de que sus ejércitos crucen la frontera. Tres meses para convertir esta fortaleza en algo impenetrable.

Rian, que se había mantenido en silencio, preguntó con voz grave:

—¿Y Valerius? ¿Qué hacemos con él? Está prisionero, pero sigue siendo noble del Imperio. Si lo matamos, confirmamos su versión de que somos salvajes. Si lo liberamos, volverá con más odio que antes.

—No lo mataremos —respondió Elara sin dudar—. Y no lo liberaremos. Lo usaremos. El Imperio no dejará de intentar rescatarlo. Y mientras crean que sigue vivo y prisionero, dividirán sus fuerzas. Enviarán grupos de rescate, mensajeros, espías… y cada pequeño grupo que caiga es un ejército menos que nos ataca. Lo mantendremos con vida, pero lejos de aquí. En la fortaleza del Clan del Río, donde nadie lo encuentre fácilmente.

Lady Mira, que hasta ese momento no había hablado, intervino con suavidad pero firmeza:

—Tú llevas el peso de todas las decisiones, Elara. Pero no estás sola. Tu padre, tus hermanos, los jefes de los clanes… todos estamos contigo. No tienes que cargarlo todo tú sola.

—No lo hago sola —respondió ella, mirando a los presentes—. Pero soy la que conoce al enemigo. Sé cómo piensa. Sé cómo golpea. Y debo ser yo quien diga dónde y cuándo nos preparamos. Porque un error ahora no se puede reparar. No habrá segunda oportunidad.

Esa tarde, los trabajos comenzaron. La fortaleza se transformó: se reforzaron las murallas con piedra extraída de la montaña, se cavaron nuevos almacenes bajo tierra protegidos del frío, se construyeron armas y flechas sin descanso. Los jóvenes de los tres clanes entrenaban juntos bajo el mando de Rian, y Zora enseñaba a las mujeres y a los ancianos a preparar ungüentos y remedios para las próximas batallas.

Pero Elara no descansaba. Cada noche, cuando todos dormían, ella recorría la fortaleza, revisando cada detalle, calculando tiempos, rutas, suministros. Sabía que el libro original terminaba aquí, con la caída del clan. No había más páginas. Todo lo que venía ahora era territorio desconocido. No había advertencias, no había pistas, no había un final escrito que pudiera usar como guía. Por primera vez, estaba volando a ciegas. Y eso la aterraba más que cualquier ejército.

Una noche, Darien la encontró en la torre más alta, mirando hacia el horizonte donde el Imperio esperaba. Llevaba un abrigo pesado, pero temblaba. No de frío. De incertidumbre.

—¿Tienes miedo? —preguntó él suavemente, acercándose a su lado.

Ella no lo miró de inmediato.

—Tenía miedo cuando sabía lo que iba a pasar —confesó, con voz baja—. Tenía miedo de ver cómo morían todos y no poder evitarlo. Ahora… ahora no sé qué va a pasar. No sé si ganaremos o si perderemos. No sé si soy la que nos salvará o la que nos llevará a la ruina. Y ese miedo… ese es peor.

—No necesitas saber el final —dijo Darien, mirándola con firmeza—. Solo necesitas saber que no estás sola. Que creemos en ti. No porque seamos ciegos, sino porque nos diste la vida. Nos diste un futuro. Y lucharemos por él, aunque no sepamos cómo termina.

Elara lo miró, y por primera vez en mucho tiempo, la frialdad se quebró.

—¿Y si me equivoco? ¿Si esta vez el destino es más fuerte que yo?

—Entonces caeremos juntos —respondió él, sin dudar—. Pero no caeremos sin pelear. Y no caeremos como cobardes. Eso es más de lo que teníamos antes de que llegaras.

En ese momento, en el palacio del Emperador, a miles de kilómetros al sur, el silencio era absoluto. El mensajero llegó temblando, con la noticia que nadie se atrevía a dar. El ejército de cincuenta mil hombres destruido. Valerius prisionero. Los clanes rebeldes unidos. La muchacha, esa muchacha que debía ser esposa sumisa, ahora era su enemiga más peligrosa.

El Emperador no gritó. No golpeó la mesa. Se quedó sentado en su trono de oro y ébano, con la mirada perdida en la oscuridad, y una sonrisa lenta, fría, cruel se dibujó en su rostro.

—Interesante —susurró—. Creían que ganaron. Creían que rompieron mi voluntad. Pero no entienden lo que es el verdadero poder. Que una espada se rompe. Que un ejército se destruye. Pero el destino… el destino no se cambia. Solo se retrasa. Y ahora… ahora será mucho más divertido ver cómo caen.

Llamó a su general más temido, el hombre que nunca había perdido una batalla, el que había conquistado reinos enteros sin piedad.

—Prepara la legión de Hierro —ordenó, con voz suave pero mortal—. Y esta vez, no traigas prisioneros. No traigas cabezas. Trae cenizas. Que el nombre de Licano desaparezca para siempre. Y cuando lo hagas… tráeme a la muchacha. Viva. Quiero ver los ojos de quien creyó poder desafiarme. Quiero ver cómo se apaga esa luz.

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