Él domina un imperio, pero ante ella se vuelve un cobarde.
Dominic Sterling es el implacable magnate de la moda inclusiva en Nueva York, un hombre frío que construyó una fortaleza de éxito para proteger a su madre, Elena, de los fantasmas del pasado. Pero cuando Scarlett Sinclair —una brillante y hermosa diseñadora de alta costura que pisa fuerte en sus tacones altos— irrumpe en su empresa, el control de Dominic se desmorona.
Scarlett busca un socio, pero encuentra a un hombre que la desarma y que, al mismo tiempo, levanta una barrera de hielo por pánico a ser vulnerable. Mientras Dominic calla lo que siente, la llegada del carismático fotógrafo Julian Beck amenaza con alejar a Scarlett para siempre. Atrapado en su propio silencio, Dominic se enfrentará a la prueba más difícil: descubrir si el orgullo vale más que el precio de amarte.
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Capítulo 13: Tres Días de Ceniza
El taller de Sterling Textiles se había transformado en un mausoleo de cemento y silencio. Sin el sonido rítmico, firme y acompasado de los tacones de Scarlett resonando contra el suelo, el espacio carecía de alma. Dominic intentaba desesperadamente refugiarse en las cifras de ventas, en los balances financieros y en los nuevos contratos de distribución masiva, pero el esfuerzo era inútil. Cada rincón del departamento de diseño sabotaba su mente: un trozo de encaje francés olvidado sobre una mesa, una muestra de seda azul noche que aún conservaba la impronta de sus dedos delicados, o el aroma lejano del café amargo que solían compartir a medianoche. La ausencia de su voz musical debatiendo sobre la caída de una tela lo perseguía como un eco doloroso. Como consecuencia de ese tormento interno, su carácter en la empresa se volvió errático e insoportable; sus estallidos de fría hostilidad y sus exigencias desmedidas durante las reuniones comenzaron a asustar seriamente a los altos ejecutivos, quienes evitaban cruzar el piso presidencial por temor a desatar la furia contenida del magnate.
Paralelamente, al otro lado de la ciudad, el ambiente en el taller de la diseñadora no era más luminoso. Rodeada de cajas de cartón y portafolios de cuero, Scarlett empacaba sus hilos, bocetos y telas más preciadas con la ayuda incondicional de Julian. El fotógrafo cargaba los bultos pesados y guardaba los rollos de raso intentando infundirle ánimos con sus habituales comentarios ligeros, pero Scarlett apenas lograba reaccionar. Mientras doblaba mecánicamente un traje de sastrería, repetía para sus adentros, como un mantra desesperado, que huir a Europa y buscar refugio en las pasarelas de París era lo correcto para salvaguardar su dignidad. Sin embargo, por más que se esforzaba en convencerse de que Julian era el camino hacia la paz, su corazón se negaba a escuchar razones; seguía irremediablemente anclado en la torre Sterling, atrapado en el recuerdo de aquellos hombros firmes que la habían sostenido con desesperación la noche anterior.
El punto de inflexión ocurrió esa misma tarde, cuando Dominic, incapaz de soportar el peso de sus propios muros de aislamiento, condujo hasta las afueras de la ciudad para visitar el santuario de su madre. Elena lo recibió en el salón, pero en cuanto vio la rigidez de su postura, la mano derecha toscamente vendada tras el incidente del espejo y la profunda, opaca y devastadora tristeza que habitaba en sus ojos oscuros, sintió que el corazón se le partía en dos. Reconoció de inmediato los viejos y dañinos patrones de conducta: su hijo estaba volviendo a encerrarse en una fortaleza de orgullo para no mostrar heridas, tal como hacía en los peores días de su infancia.
Elena no estuvo dispuesta a quedarse de brazos cruzados viendo cómo Dominic se destruía a sí mismo. Lo tomó firmemente por los brazos y, mirándolo con una severidad cargada de amor puro, le dio un ultimátum definitivo que sacudió los últimos cimientos de su resistencia:
—El verdadero peligro no es que te rompan el corazón, Dominic. El verdadero peligro es que vivas muerto en vida por miedo a amar. Si la dejas subir a ese avión en tres días, te habrás convertido en el carcelero de tu propia felicidad.
Las palabras de su madre flotaron en el aire de la habitación como una sentencia inapelable, dejando a Dominic completamente desarmado frente al abismo de sus malas decisiones.