Novela +18
Dante, un poderoso Alfa y líder de la mafia, entrega su vida para salvar a su amado omega, Kael, durante una sangrienta guerra entre organizaciones criminales.
Sin embargo, la muerte no fue el final.
Al abrir los ojos, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de Elizabeth, una joven Alfa universitaria que murió durante el despertar de su poder. Ahora, atrapado en el cuerpo de una mujer, Dante solo tiene un objetivo: recuperar al omega que juró proteger y amar.
Pero todo ha cambiado.
Kael ya no es el omega indefenso del pasado. Ahora es un frío y brillante CEO, marcado por un accidente que lo dejó paralítico. Y, para empeorar las cosas, rechaza rotundamente a Elizabeth, pues asegura que jamás podría enamorarse de una mujer.
Dante no piensa rendirse.
No importa si ahora posee un cuerpo diferente, si el mundo entero está en su contra o si Kael lo odia. Para él, Kael sigue siendo su omega... y jamás permitirá que otro Alfa lo reclame.
Porque, aunque haya renacido como...
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CAPÍTULO 17 — REALMENTE SOY DANTE
Kael negó con fuerza.
—¡Basta!
—Lo primero que pensé fuiste tú.
La voz de Elizabeth sonó mucho más baja.
—Después descubrí la fecha.
—Habían pasado diez años desde mi muerte.
Su sonrisa desapareció.
—Diez años en los que no pude estar contigo.
Kael sintió un extraño dolor en el pecho.
Había detalles en sus palabras...
En su manera de hablar...
Que removían recuerdos que llevaba enterrados mucho tiempo.
Pero negó con la cabeza una vez más.
—¡Cualquiera podría averiguar eso!
Señaló la puerta.
—¡Lárgate!
Elizabeth permaneció donde estaba.
—No.
Kael apretó los dientes.
—Te dije que te fueras.
Ella ignoró por completo la orden.
—Me pondré en contacto con Lexon.
—Él curará tus piernas.
Kael soltó una risa breve, amarga.
—Si realmente fueras Dante...
Sus ojos reflejaban una profunda tristeza.
—Sabrías perfectamente que Lexon jamás aceptará tratarme.
Elizabeth arqueó una ceja.
—¿Por qué?
Kael sonrió con ironía.
—Porque nunca le caí bien.
Desvió la mirada hacia la ventana.
—Dante me eligió a mí...
—Y no a él.
Elizabeth no pudo evitar reír con suavidad.
Se inclinó un poco hacia él y le dio un ligero golpecito en la frente con la punta del dedo.
—¿Estás celoso?
Kael abrió mucho los ojos.
—¿Celoso?
Elizabeth sonrió divertida.
—Lexon siempre fue como un hermano para mí.
Negó lentamente con la cabeza.
—No tienes nada de qué preocuparte.
Su expresión se volvió firme.
—Y si durante estos diez años no hizo nada por ayudarte...
—Entonces yo mismo me encargaré de darle una buena lección.
Kael permaneció observándola.
Por primera vez desde que había entrado...
No encontró una respuesta inmediata.
Elizabeth rompió nuevamente el silencio.
—¿Cómo terminaste en este estado?
La pregunta hizo desaparecer cualquier rastro de humor.
Kael bajó lentamente la mirada.
Sus manos se cerraron sobre la tela de la bata.
Pasaron varios segundos antes de responder.
—Al dar a luz...
Su voz apenas era audible.
—Perdí la movilidad.
Tragó saliva.
—Un falso médico saboteó el labor de parto.
La habitación quedó en silencio.
Elizabeth sintió que la sangre le hervía.
Sus ojos verdes se oscurecieron por la ira.
Una presión invisible recorrió la habitación.
—Hijos de puta...
Fue lo único que logró decir.
Kael cerró los ojos.
—Cuando desperté...
Ya no podía mover las piernas.
Elizabeth apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en las palmas haciéndolas sangrar.
Diez años...
Diez años sufriendo...
Y yo no estuve ahí.
La culpa cayó sobre ella con un peso insoportable.
Se acercó lentamente.
Kael levantó la vista.
Antes de que pudiera reaccionar, Elizabeth se inclinó y depositó un beso breve y lleno de ternura sobre su frente.
Después apoyó la frente contra la de él.
Su voz se quebró por primera vez.
—Perdóname...
Cerró los ojos.
—Perdóname por no estar contigo cuando más me necesitabas.
Aquellas palabras atravesaron todas las defensas de Kael.
Durante un instante dejó de ver a Elizabeth.
En su lugar...
Por un segundo imposible...
Escuchó a Dante.
Sintió la misma culpa.
La misma protección.
El mismo dolor compartido.
Sus labios comenzaron a temblar.
Las lágrimas brotaron sin que pudiera contenerlas.
—...¿Por qué... por qué me dejaste solo...?
Su voz se rompió.
Sin darse cuenta, sus manos se aferraron a la ropa de Elizabeth.
Lloró en silencio.
Ella no dijo nada más.
Simplemente lo rodeó con los brazos y lo sostuvo con delicadeza.
Mientras Kael dejaba salir diez años de dolor contenido, Elizabeth solo pudo abrazarlo con fuerza, deseando con toda su alma poder haber evitado aquel sufrimiento.
......................
El desayuno fue servido directamente en la suite presidencial.
El aroma del café recién hecho, el pan caliente y los platillos recién preparados se extendía por toda la sala principal.
Dael apareció descalzo, todavía medio dormido. Su rubio cabello estaba completamente despeinado y se frotaba un ojo con el dorso de la mano mientras bostezaba.
—Mmm... huele rico...
El asistente personal de Kael no pudo evitar sonreír.
—Buenos días, joven señorito.
—Buenos...
Dael tomó asiento todavía adormilado.
El asistente comenzó a servirle el desayuno con la misma eficiencia de siempre.
Justo cuando iba a colocarle el vaso de leche...
La puerta de la habitación principal se abrió.
—¡Te dije que puedo moverme solo!
La voz molesta de Kael resonó por toda la suite.
El asistente levantó la vista.
Lo primero que vio fue a Kael saliendo de la habitación con el ceño profundamente fruncido, sujetando el control de su silla de ruedas eléctrica.
Pero detrás de él...
Elizabeth sujetaba firmemente el respaldo de la silla, empujándola a pesar de que el motor ya estaba funcionando.
—La silla es eléctrica —refunfuñó Kael sin dejar de avanzar—. No necesito que la empujes.
Elizabeth negó con toda tranquilidad.
—Lo sé.
—¡Entonces suéltala!
—No quiero.
Kael volvió la cabeza con evidente fastidio.
—¿Qué clase de respuesta es esa?
Elizabeth sonrió con total naturalidad y susurrandole al oído dijo.
—La de alguien que quiere cuidar de su pareja.
—¡No somos...!
Kael se mordió la lengua antes de terminar la frase.
Elizabeth continuó empujando la silla como si nada.
—No seas tan terco.
—¡La terca eres tú!
—Tal vez~
El asistente observó aquella escena completamente sorprendido.
—...
No dijo absolutamente nada.
Después de tantos años trabajando junto a Kael, jamás había visto a nadie discutir con él de aquella manera... y salir ileso.
Aquello era, cuanto menos, increíble.
Finalmente llegaron hasta la mesa.
Elizabeth soltó por fin la silla.
Kael resopló con evidente molestia mientras acomodaba la posición de los reposabrazos.
Dael, en cambio, sonrió al verlos.
—¡Buenos días!
Elizabeth le acarició la cabeza al pasar.
—Buenos días, Dael.
Todos tomaron asiento.
El desayuno transcurrió en un extraño silencio.
Al cabo de unos minutos, Elizabeth tomó los cubiertos y acercó el plato de Kael.
—Abre la boca.
Kael giró apenas la cabeza.
—Yo puedo comer solo.
—¿Y qué?
—Habre la boca.
—NO.
Elizabeth lo observó unos segundos.
—Hoy tus manos aún tiemblan un poco~
Kael guardó silencio avergonzado.
Odiaba admitirlo...
Pero tenía razón.
Su cuerpo todavía resentía el agotamiento.
Con evidente desgana terminó abriendo la boca.
Elizabeth sonríendo le dio el primer bocado.
Kael masticó refunfuñando.
tampoco así, debe haber una forma de que le diga que es dante sin que no se vuelva loco