Un alfa embarazado de un Omega dominante
Dante Lombard Sanford siempre vivió a la sombra de su familia, hasta que conoció a Trébol Armstrong, un omega dominante que desafía todas las reglas. Lo que comienza como una atracción imposible termina convirtiéndose en un amor capaz de romper las leyes de la biología y los prejuicios de la sociedad.
Cuando Dante descubre que está embarazado de un omega, ambos deberán enfrentarse al rechazo, las ambiciones familiares y a quienes intentarán separarlos. Juntos demostrarán que el verdadero amor no entiende de jerarquías, solo de la valentía para elegir a la persona correcta.
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Vida perfectamente imperfecta.
Punto de vista de Dante.
“No sé en qué momento mirar a Trébol se convirtió en un hábito peligroso. Tal vez fue la primera vez que sonrió sin esfuerzo, o la forma obscena en que una camiseta negra se le pegaba al pecho. Solo sé que empecé a detestar cada segundo en que ese omega dominante no me estaba mirando a mí.”
***
Si alguien me preguntara cuál era el verdadero deporte extremo dentro de mi rutina, no respondería “litigar contra tiburones corporativos” ni “cerrar acuerdos millonarios con gente que sonríe mientras te clava un cuchillo en la espalda”.
No.
Mi respuesta sería mucho más simple: desayunar con mi familia.
La mesa del comedor principal de la mansión Lombard Sanford tenía capacidad para doce personas, aunque la mayoría de las mañanas parecíamos mucho menos. No por cantidad, sino por el peso de los egos sentados alrededor del mármol blanco, la plata pulida y los arreglos florales que mi madre insistía en cambiar cada dos días como si el destino de la humanidad dependiera de la frescura de unas malditas peonías traídas desde el puto Egipto.
Yo bajé de mi habitación a las siete en punto, como siempre.
Con mi traje oscuro.
Corbata gris.
Un café sin azúcar me esperaba de entrada.
Tenía la expresión neutra de un hombre que había aprendido a disociarse antes del primer croissant.
Mi padre ya estaba en la cabecera de la mesa, revisando el informe financiero del grupo con una taza de espresso en la mano. Vittorio Lombard Sanford tenía la clase de presencia que obligaba a los demás a enderezar la espalda sin que él tuviera que decir una sola maldita palabra. A sus sesenta y un años seguía siendo un alfa de los que imponían silencio solo con respirar. Y así nos crío. Sin calor de padre, pero si con mano de hierro como un mártir.
Mi madre estaba a su derecha, impecable como siempre, hojeando una revista de arte. Helena tenía esa elegancia fría de las mujeres que fueron educadas para sonreír en cenas benéficas aunque por dentro quisieran lanzarle el plato a alguien. No recuerdo la última vez que me dijo que me amaba. Tal vez nunca lo hizo.
Dimitri, mi hermano mayor, (Y alfa dominante) estaba sentado frente a mi padre con la postura de un rey aburrido. Perfecto. Impecable. Insoportablemente correcto. Hasta el nudo de su corbata parecía tener más propósito en la vida que la mayoría de la gente.
Y Deivid, mi hermano menor, (Y el único Omega masculino de la familia) estaba ocupado tomándose una selfie con el jugo de naranja y la luz de la ventana.
Porque, por supuesto, ese era el aporte de Deivid a la sociedad antes de las ocho de la mañana.
—Buenos días —dije, tomando mi lugar.
Mi madre alzó la vista y me regaló una sonrisa automática.
—Buenos días, cariño.
Mi padre no se molestó en mirarme.
—Llegas justo a tiempo —murmuró, pasando una página del informe—. Pensé que te habías quedado dormido.
—No todos podemos permitirnos ese lujo, padre.
Dimitri levantó apenas una ceja, divertido.
—Qué agresivo para ser tan temprano —comentó, untando mermelada sobre una tostada.
Me serví café con la calma de un condenado.
—No es agresividad. Es precisión.
Deivid soltó una risa por la nariz sin apartar la vista del móvil.
—Ay, por favor, Dante. Nadie habla así en la vida real. Pareces un audiolibro de abogado deprimido.
Lo miré.
—Y tú pareces una campaña de anticonceptivos.
Mi madre cerró los ojos con paciencia.
—Por favor.
—¿Qué? —preguntó Deivid, ofendido—. Yo no empecé. Me dijo puto por ser Omega, mamita.
—No te dije puto, tú solo naciste molesto y para joderme de vez en cuando —murmuré antes de llevarme la taza a los labios.
Dimitri soltó una risa breve.
Milagro. El príncipe heredero tenía sentido del humor. Debía anotarlo en mi agenda.
El servicio empezó a colocar el desayuno: pan tostado, fruta fresca, huevos, salmón ahumado, yogur griego, quesos, café, té. Todo perfectamente ordenado. Todo demasiado bonito para una familia que emocionalmente funcionaba como una demanda por homicidio.
Mi padre dejó el informe a un lado y por fin me miró.
—Me llamó Henderson anoche.
Yo seguí cortando una tostada.
—Qué emocionante.
—No uses ese tono conmigo jovencito. Recuerda quien manda aquí.
—No estaba usando ningún tono, padre. Esa fue mi voz natural. Si no le gusta, puede demandar a la genética.
Dimitri carraspeó, ocultando una sonrisa detrás de la taza.
Mi padre ignoró el comentario.
—Me llamó porque su hija no contestó las llamadas de tu madre ni las suyas —continuó—. Al parecer, Amelia está “devastada” por la forma en que terminaste el compromiso.
Mi madre dejó la cuchara sobre el plato con delicadeza.
—Dante, al menos podrías haber manejado la situación con más discreción.
Solté una risa corta.
—¿Discreción? Claro. La próxima vez que mi prometida me engañe con medio edificio corporativo, le mandaré flores y una tarjeta de agradecimiento por diversificar sus inversiones genitales.
Deivid escupió jugo de naranja sobre la servilleta.
—¡Dante, que vulgar!
—¿Qué? Estoy siendo descriptivo. Vulgar ella y sus putas feromonas Omega que atraen alfas a su entrepierna.
Mi padre golpeó la mesa con los nudillos, apenas una vez. No necesitaba más.
—Modera tu lenguaje.
—Entonces moderen las preguntas.
El silencio que siguió fue tan elegante como incómodo.
Mi madre suspiró.
—Amelia es una joven de buena familia.
—Amelia es una omega incapaz de mantener las piernas cerradas si el alfa lleva un reloj caro.
—Dante, no hables así —advirtió mi madre Helena.
—No, madre, de verdad. Admiremos su compromiso con el networking. No todos tienen la capacidad de acostarse con tres ejecutivos de la empresa, un socio externo y—
Miré a mi hermano Dimitri.
Él dejó la taza en el plato con una precisión irritante.
—Termina esa frase con mucho cuidado — me dijo.
Lo observé unos segundos. Estaba harto.
Dimitri no era un hombre fácil de leer. Tenía el rostro de alguien que podría anunciar una fusión empresarial o una ejecución pública con exactamente la misma expresión. Pero yo había crecido con él. Conocía la rigidez de sus hombros cuando algo le incomodaba. El brillo gélido de sus ojos cuando estaba irritado. La forma en que apretaba la mandíbula cuando quería golpear a alguien sin arruinarse el traje. Y su estrategia elegante de salirse de los líos.
Sonreí sin humor.
—No hace falta que la termine. Creo que todos entendimos la parte importante.
Mi madre palideció apenas.
—Dante… ¿qué insinuas? —susurró.
Mi padre me miró con una dureza glacial.
—Explícate.
Me limpié la comisura de los labios con la servilleta antes de responder. Si iba a dinamitar el desayuno, al menos lo haría con modales.
—Rompí el compromiso con Amelia Henderson porque me estaba engañando. No con uno, no con dos. Con varios alfas de la empresa. Y, por si eso no fuera lo bastante humillante, también se acostó con Dimitri.
La cubertería de mi madre tintineó contra el plato.
Deivid abrió la boca.
Y Dimitri, por primera vez en semanas, perdió esa fachada impecable de estatua corporativa.
—Eso es una acusación muy seria. Infórmate mejor—dijo, con la voz peligrosamente baja.
—Lo sé. Por eso no la hice hasta tener pruebas.
Saqué el teléfono del bolsillo interno del saco, lo desbloqueé y lo deslicé sobre la mesa de mármol hasta dejarlo frente a mi padre.
Mi madre me miró como si acabara de sacar un arma.
En la pantalla había mensajes. Fotos. Un intercambio lo bastante explícito entre Amelia y mi querido hermano mayor como para dejar claro que la palabra “malentendido” no iba a salvar a nadie esa mañana.
Mi padre tomó el teléfono.
Su rostro no cambió demasiado, pero el aire del comedor sí. Se volvió más pesado. Más filoso. Como si el oxígeno hubiera desarrollado resentimiento.
Deivid se inclinó sobre la mesa, intentando ver. No sé perdía un jodido chisme.
—Oh, por Dios… —murmuró, y luego miró a Dimitri con una mezcla de morbo y espanto—. ¿Te acostaste con la prometida de Dante?
Dimitri se pasó la lengua por los dientes, lento, irritado.
—No fue una relación. Y no fue mi culpa. Solo... La ayudé.
—Qué alivio —dije—. Estaba preocupado de que hubiera sentimientos involucrados.
—Fue antes de que formalizaras el compromiso hace meses.
—Y también durante —repliqué.
Mi padre dejó el teléfono sobre la mesa con una violencia controlada.
—Dimitri.
Mi hermano mayor sostuvo su mirada.
—Fue un error. Pensé que mi hermano lo sabía. Si el hubiera estado nada hubiera pasado. Además no están marcados.
—No me hagas reír —dije, poniéndome de pie—. Un error es mandar un correo sin adjuntar el archivo. Acostarte con la mujer de tu hermano varias veces con la escusa de su celo, requiere agenda, transporte y una alarmante falta de dignidad.
—Dante, basta —pidió mi madre, cada vez más pálida.
Pero ya era tarde. Yo llevaba meses tragándome el asco, la rabia, la humillación. No iba a parar ahora porque el mantel combinara con la vajilla.
Miré a mi padre.
—Ya que el señor Henderson está tan preocupado por la reputación de su hija, puedes devolverle el favor y explicarle que no me casaré con una omega que se acostó con media empresa… incluyendo a tu orgulloso heredero.
Dimitri se levantó de golpe.
—Cuida cómo me hablas "hermanito".
—¿O qué? —lo miré de arriba abajo—. ¿Vas a quitarme otra cosa que me pertenece? Lo haces siempre, empezó en la secundaria, luego la universidad y ahora en la empresa.
Deivid soltó un uh bajísimo, como si estuviera viendo un reality show y no el derrumbe moral de nuestra familia.
Mi padre también se puso de pie.
—Los dos se sientan ahora mismo.
Ninguno lo hizo.
Yo agarré las llaves del Maserati de la mesa auxiliar.
—No tengo tiempo para esto. Tengo una audiencia a las nueve. Le dejé el anillo de diamantes, que lo venda y se vaya de vacaciones y me dejen en paz.
—Todavía no terminamos esta conversación —dijo Vittorio.
Me puse el saco con una calma que no sentía.
—Yo sí.
Mi madre se levantó detrás de mí.
—Dante, espera.
Me detuve solo porque era ella.
Helena se acercó con esa elegancia triste que siempre llevaba puesta como un perfume caro.
—Hijo…
Hijo.
No cariño.
No Dante.
Hijo.
Supe que estaba intentando arreglar algo que llevaba años roto.
—No me pidas que lo entienda o que lo deje pasar —dije por adelantado en voz baja.
Ella tragó saliva.
—No iba a pedirte eso.
Nos sostuvimos la mirada un segundo. Solo uno. El tiempo suficiente para notar el cansancio en sus ojos y decidir que, si me quedaba cinco minutos más, terminaría diciendo algo mucho peor.
Le besé la mejilla con rapidez.
—Nos vemos luego, mamá.
Y me fui antes de que alguien recordara que, en esa casa, yo nunca había sido la prioridad de nadie.
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