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Turquesa Eterno: Memorias De Un Amor En Varadero.

Turquesa Eterno: Memorias De Un Amor En Varadero.

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor eterno
Popularitas:382
Nilai: 5
nombre de autor: piscis 1

Romance en Playa Varadero ( Cuba)

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París bajo la lluvia.

El avión aterrizó en el aeropuerto Charles de Gaulle a las siete de la mañana, bajo un cielo plomizo que escupía una llovizna fina y persistente. Álix contempló por la ventanilla el paisaje gris de la capital francesa, tan distinto del paraíso turquesa que había dejado atrás, y sintió una opresión en el pecho que nada tenía que ver con el jet lag. Era una opresión más profunda, más antigua, como si al abandonar Cuba hubiera dejado atrás no solo un lugar, sino una versión de sí mismo que apenas había empezado a conocer.

París estaba igual que siempre. Los mismos edificios haussmannianos de fachadas elegantes y simétricas, las mismas calles adoquinadas que habían pisado generaciones de artistas y bohemios, el mismo aroma a croissant recién horneado y a humo de tabaco que se colaba por cada esquina. La ciudad seguía siendo un museo vivo, una postal perfecta, un escenario de cine. Pero él ya no era el mismo. Algo en su interior había cambiado de forma irreversible, como si un interruptor se hubiera activado durante aquellas dos semanas mágicas en Varadero y ahora fuera imposible, además de indeseable, volver a apagarlo.

Recogió su maleta de la cinta transportadora con movimientos mecánicos, sintiéndose un autómata en medio de la multitud de viajeros que se apresuraban hacia las salidas. A su alrededor, las escenas de reencuentro se sucedían como viñetas de un álbum familiar: una mujer que se lanzaba al cuello de su marido, unos niños que corrían hacia sus abuelos, una pareja de ancianos que se besaban con la ternura de quien ha superado todas las tormentas. Álix apartó la mirada, incómodo, como si estuviera espiando una felicidad a la que él ya no pertenecía.

Tomó un taxi hacia su apartamento en el Barrio Latino. El conductor, un argelino de pocas palabras llamado Rashid, intentó entablar conversación sobre el tiempo y el fútbol, pero Álix respondía con monosílabos, perdido en sus pensamientos. En su mano derecha, sus dedos acariciaban constantemente el caracol que Marina le había regalado en el aeropuerto, un gesto inconsciente que ya se había convertido en un tic. La textura rugosa de la pequeña concha, pulida por el mar de Varadero, era el único ancla que lo mantenía conectado con la realidad.

—¿Mal viaje, monsieur? —preguntó Rashid, observándolo por el espejo retrovisor.

—Al contrario. Demasiado bueno. Por eso cuesta volver.

El taxista asintió con la sabiduría de quien ha escuchado muchas confesiones en su vehículo y sabe cuándo es mejor guardar silencio.

El apartamento lo recibió con ese olor característico de los espacios que han permanecido cerrados demasiado tiempo: una mezcla de polvo, libros viejos y soledad. Las persianas estaban bajadas, sumiendo el salón en una penumbra densa que Álix se apresuró a disipar accionando los interruptores. La luz artificial reveló el mismo desorden que había dejado al marcharse dos semanas atrás: los platos del desayuno de aquel último día seguían en el fregadero, cubiertos por una fina película de moho. Sobre la mesa del comedor se amontonaban las cartas y las facturas que se habían acumulado durante su ausencia. Y en el ambiente flotaba ese silencio espeso, casi sólido, que solo habita en los lugares donde no vive nadie.

Dejó la maleta en el suelo, sin molestarse en deshacerla, y se dejó caer en el sofá. Sacó su teléfono y miró la pantalla. Marina le había prometido que le escribiría en cuanto pudiera, pero aún no había mensajes. La diferencia horaria —seis horas menos en Cuba— significaba que ella todavía estaría durmiendo, o quizás despertándose en ese mismo instante, con el sol del Caribe entrando por la ventana de su pequeña casa en el pueblo de pescadores.

La imaginó así: descalza, con el cabello revuelto y los ojos todavía cargados de sueño, poniendo café en la cocina mientras el aroma llenaba cada rincón. La imaginó saliendo al porche con la taza humeante entre las manos, regando las buganvilias que trepaban por las columnas de madera, saludando a los vecinos con esa sonrisa generosa que tanto lo cautivaba. La imaginó montando en su bicicleta rumbo al centro de conservación, con el uniforme azul marino y la tablilla sujetapapeles, dispuesta a sumergirse en el arrecife como quien vuelve a casa.

Y el contraste entre aquella imagen luminosa y la realidad gris que lo rodeaba fue tan brutal que tuvo que cerrar los ojos para no romperse.

—Esto no va a funcionar si me derrumbo el primer día —se dijo a sí mismo en voz alta, incorporándose con determinación.

Tenía que actuar. Tenía que moverse. Tenía que encontrar la manera de volver a Cuba, pero esta vez para quedarse. No como un turista con fecha de caducidad, sino como alguien que ha decidido echar raíces en una tierra que no es la suya pero que siente como propia.

Lo primero que hizo fue ducharse —el agua caliente, un lujo que no había echado de menos en Varadero, donde las duchas frías eran una bendición contra el calor sofocante— y cambiarse de ropa. Se puso unos vaqueros gastados y una camiseta de algodón, y se preparó una taza de café solo con la cafetera italiana que llevaba años usando. Luego, con el café humeante en una mano y el teléfono en la otra, se sentó frente a su ordenador portátil y empezó a investigar.

Visados de trabajo. Permisos de residencia. Contratos para extranjeros en Cuba. La información era confusa, contradictoria, y en muchos casos desalentadora. Cuba no era un país fácil para los extranjeros que querían establecerse, y cada página web que consultaba parecía confirmar lo mismo: se necesitaba un contrato de trabajo, una empresa o institución que te avalara, un permiso de residencia temporal que rara vez se concedía sin un motivo de peso. Y aunque el sector turístico y la cooperación internacional ofrecían algunas vías, ninguna era sencilla ni rápida.

—Maldita sea —murmuró, apartando el portátil con frustración.

En ese momento, su teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje de WhatsApp. El corazón le dio un vuelco al ver el nombre en la pantalla: Marina.

Abrió el mensaje con manos temblorosas, y las palabras que aparecieron en la pantalla fueron como un rayo de sol atravesando las nubes grises de París:

"Buenos días, francés. Acabo de llegar al centro y ya te echo de menos. El mar está precioso, pero sin ti no es lo mismo. ¿Cómo ha ido el vuelo?"

Álix leyó el mensaje tres veces, sonriendo como un adolescente que recibe su primera carta de amor. Luego, sin molestarse en responder por escrito, marcó el número de Marina y activó la videollamada.

Ella apareció en la pantalla casi al instante, como si hubiera estado esperando. Llevaba el uniforme del hotel, y estaba sentada en el muelle del centro de conservación, con las piernas colgando sobre el agua y el sol del Caribe iluminándole el rostro. Sus ojos azul turquesa, esos ojos que tanto habían obsesionado a Álix desde el primer día, brillaban en la pantalla con una intensidad que ninguna cámara podía capturar del todo, pero que él conocía de memoria.

—Estás más guapa que nunca —le dijo él, y lo decía de verdad. Cada vez que la veía, incluso a través de una pantalla, le parecía descubrir algo nuevo, un matiz, un detalle que antes se le había escapado.

—Y tú tienes ojeras. ¿Has dormido algo en el avión?

—Ni un minuto. No dejaba de pensar en ti.

—¿En mí o en lo que hicimos la última noche? —preguntó ella, con una sonrisa pícara que desmentía el rubor que le subía por las mejillas.

—En las dos cosas. Sobre todo en lo segundo.

Marina se rió, una risa cristalina que viajó a través del Atlántico y le llenó a Álix el apartamento entero de luz. Hablaron durante casi una hora, poniéndose al día de las pequeñas cosas que conformaban sus vidas separadas. Ella le contó que el coral cuerno de alce que habían rescatado estaba mostrando un crecimiento récord, y que Ernesto, con su humor habitual, había dicho que era porque estaba "enamorado", como sus cuidadores. Él le habló de sus primeras pesquisas sobre visados, de las dificultades burocráticas, de la determinación que tenía de superarlas.

—No te agobies, mi amor —le dijo Marina, y aquella fue la primera vez que usaba ese apelativo, mi amor, que a Álix le sonó a música celestial—. El tiempo dirá lo que tiene que pasar. Mientras tanto, estamos juntos. La distancia no puede con nosotros si no la dejamos.

—Tienes razón. Como siempre.

—Lo sé. Soy cubana. Siempre tengo razón.

Cuando colgaron, Álix se quedó mirando la pantalla en negro durante varios minutos, como si intentara retener el último destello de la imagen de Marina. Luego, con una energía renovada que brotaba de algún lugar profundo de su ser, abrió un documento en blanco en su procesador de textos y escribió el título:

"Turquesa Eterno: memorias de un amor en Varadero"

Era el libro que siempre había querido escribir. La historia de un hombre que viajó al Caribe buscando inspiración y encontró, en los ojos de una bióloga marina, todo un universo. La historia de un amor tan intenso como el sol del trópico, tan profundo como el arrecife, tan imposible de olvidar como el color del mar en una playa cubana.

Y mientras las palabras empezaban a fluir, imparables, como un torrente que había estado represado durante demasiado tiempo, Álix supo que, a pesar de la distancia, a pesar de la burocracia, a pesar de todos los obstáculos que el destino quisiera poner en su camino, él iba a volver. Porque su corazón ya no estaba en París. Su corazón estaba en Varadero, en los ojos turquesa de una mujer llamada Marina, en la promesa de un amor que no entendía de fronteras

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Norys Alvarez Alfonso
❤️❤️❤️
Norys Alvarez Alfonso
Bravo 👌
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