Ester Villaseñor es una joven soñadora, llena de ilusiones y protegida por el poder de su familia. Pero su mundo perfecto se desmorona cuando se cruza en el camino de Vincent Vane, un hombre enigmático consumido por el dolor y la sed de venganza. Diez años atrás, un trágico accidente le arrebató al amor de su vida... y el culpable lleva el mismo apellido que Ester. Decidido a hacer pagar a la familia del responsable, Vincent utilizará a Ester como la pieza clave de su cobro. Lo que ninguno anticipó es que, en medio del odio y el engaño, nacerá una atracción prohibida que amenazará con destruirlos a ambos.
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Capítulo XXI Ecos del pasado
La lluvia golpeaba con suavidad los cristales de la mansión, creando un murmullo constante que invitaba al recuerdo. En la penumbra de su estudio, Ester contemplaba la silueta de su hijo dormido a través de la puerta entreabierta. Pasar una mano por la calidez del cabello del pequeño siempre actuaba como un ancla para su espíritu, pero esa noche, la sola presencia de Vincet Vane en la ciudad había reabierto cicatrices que creyó cerradas.
Sentada frente al escritorio, Ester cerró los ojos y dejó que su mente retrocediera seis años en el tiempo, viajando hasta aquella noche trágica en la que el mundo que conocía se desmoronó por completo.
Los recuerdos del accidente regresaron con la fuerza de una marejada helada. El impacto del vehículo contra la barrera del acantilado, el chirrido ensordecedor del metal deformándose y la sensación de ingravidez cuando la camioneta cayó hacia el vacío. Recordaba el aire escapando de sus pulmones mientras el automóvil rodaba por la pendiente rocosa, golpeando violentamente contra las rocas antes de quedar atascado entre los matorrales, a escasos metros de las olas embravecidas del mar.
Atrapada entre el humo y el olor a gasolina, Ester apenas podía respirar. El dolor en sus costillas era insoportable y la sangre le nublaba la vista. Creyó que ese sería su fin. Sin embargo, en medio del pánico, la figura de su padre emergió de las sombras como un milagro imposible. Su padre, acompañado por dos hombres de extrema confianza, la habían estado siguiendo a distancia, conscientes del peligro que representaba la cacería desatada por Vincet Vane.
Con desesperación, rompieron el cristal trasero, cortaron el cinturón de seguridad y la arrastraron fuera de la cabina apenas segundos antes de que el tanque de combustible explotara en una bola de fuego. La sacaron de la escena en la oscuridad de la noche, trasladándola de inmediato a un barco médico privado y, posteriormente, a una clínica especializada en el extranjero, lejos del alcance de los Vane y de la prensa.
Pero sobrevivir al impacto no significó recuperar la vida.
Durante las primeras semanas en la clínica internacional, Ester cayó en el pozo más negro de su existencia. Las heridas físicas sanaron con lentitud, pero el alma le quedó hecha pedazos.
Saber que su propio hermano Ismael, era el principal sospechoso de la muerte de una persona y haber sido acusada como una criminal por el hombre al que había amado con su alma y despojada de su nombre y su dignidad, destruyó por completo su voluntad.
Pasaba los días mirando al techo de la habitación blanca, en un silencio sepulcral. Se negaba a comer, ignoraba las palabras de consuelo de su padre y rechazaba las terapias de rehabilitación.
Para Ester, el acantilado no había sido un accidente, sino una sentencia de muerte espiritual. No tenía motivos para levantarse de la cama, ni deseos de ver el amancer de un nuevo día. Estaba sumida en una depresión absoluta, deseando en lo más profundo de su ser no haber sido rescatada.
Casi un mes después del trágico suceso, el cuerpo de Ester comenzó a manifestar cambios extraños. Los mareos por las mañanas se volvieron frecuentes, acompañados por un agotamiento extremo que los médicos inicialmente atribuyeron al estrés postraumático y a su evidente estado de desnutrición. La idea de una gestación ni siquiera cruzó por su mente; el shock de la persecución y el odio de Vincet eran tan recientes que la posibilidad de una nueva vida parecía completamente ajena a su realidad.
Fue una mañana lluviosa, muy similar a esta, cuando la doctora Hoffman, una especialista de trato cálido y mirada comprensiva, entró en la habitación con los resultados de una serie de análisis de sangre detallados.
—Señorita Villaseñor —dijo la médica, sentándose al borde de la cama y tomando su mano fría y desnutrida—. Sé que ha estado atravesando una oscuridad muy profunda y que siente que no le queda nada por lo que luchar en este mundo... Pero la naturaleza tiene formas increíbles de manifestarse cuando todo parece perdido.
Ester no respondió. Mantuvo la vista fija en la ventana, con la mirada vacía.
—Sus malestares no son secuelas del accidente —continuó la doctora Hoffman con una sonrisa suave—. Hemos realizado exámenes de control. Está embarazada, Ester. Lleva casi cuatro semanas de gestación.
El mundo alrededor de Ester se congeló. Las palabras de la médica retumbaron en sus oídos como un trueno en medio de la calma. Giró la cabeza despacio, mirando a la doctora con los ojos desorbitados por la incredulidad.
—¿Qué... qué dijo? —susurró con un hilo de voz que no reconocía como suya.
—Hay un corazón latiendo con fuerza dentro de usted —reafirmó la doctora, colocando la mano de Ester sobre su propio vientre aún plano—. A pesar del impacto, de las medicinas y del trauma, ese pequeño ser se aferró a la vida con una fuerza extraordinaria. Su bebé está perfectamente bien.
En ese preciso instante, algo sagrado y poderoso se encendió en el pecho de Ester. Un calor intenso sustituyó el frío gélido que la había dominado durante semanas. Se llevó la mano al vientre, apretándolo con delicadeza, mientras las lágrimas, las primeras lágrimas verdaderas desde el día del acantilado, brotaban de sus ojos y rodaban por sus mejillas.
Ella sabía en qué momento preciso de su tormentosa relación con Vincet se había gestado esa vida, pero saber que dentro de ella crecía una criatura indefensa lo cambió todo. La idea de rendirse se evaporó al instante. Vincet Vane le había arrebatado su reputación, su familia y su tranquilidad, pero jamás le quitaría a su hijo.
A partir de ese día, Ester renació. Retomó los alimentos, aceptó la rehabilitación física con una disciplina férrea y dedicó cada minuto de su recuperación a prepararse. Decidió mantener el embarazo en el anonimato absoluto, ocultándoselo a Vincet y al resto del mundo. Aquel niño no crecería bajo la sombra de la venganza de los Vane ni llevaría el peso del apellido de un padre que solo conocía la destrucción. Sería solo suyo.
De vuelta en el presente, Ester abrió los ojos en la penumbra de su estudio. Se puso de pie, caminó hacia la habitación de su hijo y se inclinó para arreglarle las mantas. Contempló el rostro sereno del niño, sus pestañas largas y esa mirada que, aun dormida, guardaba el secreto de su origen.
—Te protegí de él cuando no tenías voz, mi amor —murmuró Ester en un susurro cargado de promesas y determinación—. Y te voy a proteger ahora que he vuelto a pisar su terreno.
Con el corazón blindado por el amor a su hijo y la certeza de su causa, Ester regresó a su escritorio, lista para continuar el plan que terminaría por acorralar definitivamente al imperio Vane.
Dale con todo por idiota