Ella renace en un nuevo mundo, destinada a ser una madrastra malvada, pero decidida a cambiar su futuro.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Orgullo
El silencio volvió a instalarse en el despacho.
Harriet seguía esperando.
Edward seguía completamente inmóvil.
Cinco segundos.
Diez.
Quince.
Harriet terminó perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
Lo miró fijamente.
—Su Excelencia.
Edward salió bruscamente de sus pensamientos.
—...¿Sí?
Harriet sonrió con cortesía.
Una sonrisa tan perfecta que resultaba peligrosa.
—Sigo esperando una respuesta.
Edward carraspeó.
Intentó ordenar sus ideas.
—Primero...
Respiró hondo.
—Deseo agradecer su labor como duquesa.
Harriet permaneció en silencio.
—La administración de la mansión ha sido excelente. Por ese motivo he decidido asignarle una manutención personal acorde a su posición. Dispondrá de dinero propio para sus gastos.
Harriet asintió apenas.
—Gracias.
Edward continuó.
—Respecto a los niños...
Su expresión volvió a endurecerse.
—Los quiero.
Harriet no respondió.
—Todo lo que hago... Todo mi trabajo... Es por ellos.
La joven siguió observándolo.
—Sin embargo...
Edward apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Ahora son demasiado pequeños. No comprenderían realmente mi presencia. Cuando sean mayores... Compartiré mucho más tiempo con ellos.
La oficina quedó completamente en silencio.
Harriet lo fulminó con la mirada.
[Pensé que diría algo inteligente.]
[Pero superó todas mis expectativas.]
Respiró profundamente para no perder la compostura.
—Sus hijos...
Habló muy despacio.
—A quienes usted no ha visto desde que volvió... Necesitan ropa nueva.
Edward respondió inmediatamente.
—No hay problema de recursos. Ordenaré que compren...
—¡No estoy hablando de dinero!
La voz de Harriet resonó en todo el despacho.
Incluso Mary, detrás de la puerta, dio un pequeño salto.
Dentro...
Edward guardó silencio.
Harriet respiró una vez antes de continuar.
—No se trata del dinero. Se trata...
Se señaló el pecho con un dedo.
—...de que usted vaya. Los vea. Descubra por qué necesitan ropa nueva.
Edward frunció ligeramente el ceño.
Harriet continuó.
—Porque ahora gatean. Porque ya no permanecen quietos donde los dejan. Porque Eric intenta perseguir cualquier cosa que brille. Porque Ellie descubrió que puede esconder los juguetes debajo de las mantas.
Una pequeña sonrisa apareció sin querer en su rostro al recordar aquella escena.
Pero desapareció inmediatamente.
—Eso no lo aprende leyendo un informe.
Edward bajó la mirada unos segundos.
Harriet lo observó.
[Por este camino...]
[No voy a lograr nada.]
Recordó entonces otra cosa del viejo guion.
Edward Montagu.
Orgulloso.
Demasiado orgulloso.
[Entonces...]
[Juguemos un poco.]
[Harriet actriz ven a mi]
Harriet cruzó lentamente las piernas.
Como si estuviera comentando el clima.
—Antes pensaba que usted era un mejor duque.
Edward levantó inmediatamente la cabeza.
—...¿Perdón?
Harriet habló con absoluta tranquilidad.
—Me equivoqué.
El duque sintió cómo algo comenzaba a molestarle.
—¿Qué quiere decir?
Harriet respondió con total naturalidad.
—El duque Fitzpatrick...
Contó con un dedo.
—El duque Gallagher...
Levantó otro.
—Incluso el temido duque Moriarty...
Levantó un tercero.
—Son excelentes administradores.
Edward permanecía inmóvil.
Harriet sonrió apenas.
—Pero además... Son buenos padres.
El despacho quedó completamente en silencio.
—Y usted...
Lo miró directamente a los ojos.
—Parece saber únicamente administrar.
Aquellas palabras cayeron como una piedra.
Edward sintió un golpe directo en su orgullo.
Su expresión cambió por completo.
Sus ojos, normalmente tranquilos, adquirieron un brillo completamente distinto.
El ambiente del despacho pareció enfriarse varios grados.
Mary, desde el otro lado de la puerta, tragó saliva.
[Se enojó...]
[¡Se enojó de verdad!]
Edward habló con una calma que resultaba mucho más intimidante que un grito.
—¿Está comparándome con otros duques?
Harriet sostuvo su mirada sin retroceder.
—Sí. Y por ahora...
Añadió con sinceridad.
—Sale perdiendo.
Edward apretó ligeramente la mandíbula.
Nunca.
Absolutamente nunca.
Nadie se había atrevido a decirle algo semejante.
Mucho menos dentro de su propia oficina.
Harriet observó cuidadosamente su reacción.
Y entonces... Sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Traviesa. Satisfecha.
[Por fin.]
[Ahora sí se incomodó.]
[Porque si yo estoy incómoda con esta situación...]
Cruzó los brazos.
[Él también.]
[Pensándolo bien...]
[Aquí nos incomodamos todos.]
Edward seguía mirándola fijamente.
Y por primera vez desde que la conocía... Dejó de verla únicamente como la mujer con la que había firmado un contrato.
Aquella joven rubia, que acababa de desafiar al duque más poderoso de esa zona dentro de su propio despacho...
Era, sin ninguna duda...
La persona más problemática que había conocido en toda su vida.
Y, curiosamente... También era la primera que había tenido el valor de decirle a la cara aquello que nadie más se atrevía siquiera a pensar.