Andrea Montalvo dedicó veinte años de su vida a construir un imperio empresarial junto a su esposo, Rodrigo Villareal. Renunció a su sueño de ser madre para sostener la empresa que los sacó de la nada y los convirtió en una de las parejas más poderosas del mundo de los negocios. Creía que su sacrificio era la prueba más grande de amor.
Hasta que una serie de fotos anónimas le reveló la verdad: Rodrigo llevaba cinco años manteniendo una relación con una mujer más joven, Sofía, con quien ya tenía un hijo y otro en camino.
Otra mujer habría llorado, suplicado o exigido el divorcio. Andrea, no. Andrea decidió destruir.
Con la frialdad de quien lleva dos décadas tomando decisiones multimillonarias, diseñó un plan implacable: si no podía quedarse con la empresa que ella misma levantó —porque la ley obligaba a repartir los bienes gananciales—, entonces se aseguraría de que no quedara nada que repartir. Provocó la quiebra total del Grupo RA, redujo a cenizas el patrimonio que Rodrigo planeaba disfrutar con su amante, y salió caminando sobre los escombros sin voltear atrás.
Pero la venganza fue solo el comienzo.
Mientras Rodrigo se hunde en una espiral de miseria, alcoholismo y violencia, Andrea descubre que su pasado esconde un secreto mucho más grande que cualquier traición conyugal: la verdad sobre sus orígenes, una familia biológica que la creyó muerta durante cuarenta y cinco años, y un hombre que la ha amado en silencio desde que eran niños.
Entre la justicia y la compasión, entre el rencor y la posibilidad de volver a amar, Andrea deberá decidir qué clase de mujer quiere ser cuando los escombros se asienten.
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15
—¿Tres... trescientos mil dólares? —Rodrigo no salía de su asombro, con los ojos como platos—. Es una cantidad enorme, Don Hernán. ¿No podría reducirla? Se lo pido por favor. Hemos sido socios desde que la empresa arrancó, hace diez años.
—Precisamente porque valoro nuestra relación, señor Rodrigo. De lo contrario, ya me habría ido con otra compañía. El error fue de ustedes y mi empresa carga con pérdidas muy serias —replicó Don Hernán con firmeza.
Rodrigo titubeó. La cifra era enorme y las finanzas de la empresa estaban en el peor momento.
—Mmm... —Don Hernán soltó un suspiro—. Pero veo que usted no acepta mi buena voluntad. Es inútil seguir hablando. Así que, señora Andrea... —giró la mirada hacia ella—. Con todo respeto, me veo obligado a dar por terminada esta relación comercial. Les pido que se retiren.
—Espere, Don Hernán —intervino Andrea con gesto apenado—. Denos un momento para consultarlo entre nosotros.
Don Hernán no contestó; desvió la cara con una irritación que parecía genuina.
Andrea jaló a Rodrigo del brazo y le susurró al oído:
—Solo me haces pasar vergüenza. Trescientos mil dólares para salvar la empresa, ¿y te lo tienes que pensar tanto? Para nada me maté consiguiendo esta reunión con Don Hernán.
—Pero la situación financiera no está bien. Si sacamos esa cantidad...
—¿Y qué quieres hacer entonces? —lo cortó Andrea—. Si no pagas la indemnización, perdemos a un cliente clave y la reputación de la empresa se hunde frente a todos los empresarios y socios del sector. ¿Sabes lo que eso significa? Que nadie va a querer volver a hacer negocios con nosotros. Pero allá tú. No soy yo sola la que pierde. Vámonos entonces. Y la próxima vez no me pidas que te ayude a resolver tus problemas.
Las palabras de Andrea le cayeron como un balde de agua fría. Rodrigo comprendió que no tenía alternativa. Asintió con el semblante sombrío, sin un gramo de entusiasmo.
—De acuerdo, Don Hernán. Aceptamos las condiciones —dijo Rodrigo con la voz más firme que logró juntar—. Esperamos que podamos seguir trabajando juntos. Le prometemos que algo así no volverá a ocurrir.
Cuando cerraron todos los puntos del acuerdo, se despidieron y salieron del despacho de Don Hernán.
Ya en la calle, Rodrigo se giró hacia Andrea.
—Muchas gracias, cariño. No sé qué habría sido de mí sin ti. De verdad tengo mucha suerte de tenerte como esposa —dijo, y dio un paso para abrazarla.
Pero antes de que sus manos la tocaran, Andrea retrocedió de golpe. Levantó ambas palmas frente al pecho, marcando una barrera.
—El asunto ya se resolvió. Me voy a casa —soltó con voz inerte, dio media vuelta y se alejó.
Rodrigo se quedó clavado en el sitio, siguiendo con la mirada vacía la espalda de la mujer que se alejaba. Creyó que después de ayudarlo, la relación entre ellos empezaría a mejorar. Se equivocaba. La frialdad de Andrea permanecía intacta.
—Hmm... —resopló con fastidio—. Mujer orgullosa. Seguro está jugando al tira y afloja; la prueba es que todavía accedió a ayudarme —masculló, y caminó hacia donde había dejado el auto.
*
Dentro del coche que avanzaba sin prisa, Andrea iba con el rostro radiante, tarareando la canción que sonaba en la radio.
Un instante después, el celular emitió un sonido. Ni falta le hacía mirar: era el tono que había configurado para las alertas de transferencia bancaria. De inmediato, una sonrisa de triunfo absoluto se le dibujó en los labios.
Rodrigo... crees que superaste la crisis, ¿verdad? Pues te equivocas. Esto es el principio de tu bancarrota. Y apenas es el comienzo: lo mejor todavía te espera.
Pero la notificación de un mensaje que entró un segundo después la obligó a tomar el celular.
"Después de esto, mis colegas de las otras empresas también van a ir a ver al señor Rodrigo. Ya hablé con ellos y están de acuerdo."
Era Don Hernán.
Andrea abrió los ojos enormes, la boca se le descolgó de la sorpresa. Intentó calcular cuánto dinero le iba a caer en la cuenta.
—¡SOY RICA...! —gritó de pura alegría—. Vaya... resulta que sacarle dinero a Rodrigo es así de fácil —dijo entre risas.
*
El auto de Rodrigo acababa de detenerse frente al vestíbulo del edificio corporativo. Apenas había lanzado las llaves al empleado del estacionamiento ejecutivo cuando le entró una llamada de Darío.
—¡¿Y ahora qué?! ¡Acabo de llegar! ¿No puedes dejarme respirar un segundo? —estalló Rodrigo, genuinamente furioso. Acababa de resolver un problema, pero por el tono de Darío, lo que venía tampoco pintaba bien.
—Qué bueno que ya está aquí —dijo Darío, que parecía aliviado de poder soltar la noticia.
—¡Habla de una vez! —ladró Rodrigo mientras caminaba a paso rápido hacia el elevador privado del director.
—Representantes de cinco empresas socias lo están esperando en su oficina —respondió Darío, provocando que Rodrigo arrugara la frente.
—¿Qué? ¿Cómo que me esperan? No hay ninguna reunión programada para hoy. —Rodrigo pulsó con urgencia el botón del piso más alto.
—Ellos... —Darío se detuvo, dudando.
—¿Ellos qué? —gritó Rodrigo sin paciencia.
—Vienen a cancelar la alianza comercial.
El impacto lo hizo tambalear. Si no hubiera tenido la pared del elevador detrás, se habría ido al suelo.
—¿Qué problema es este ahora? —balbuceó con los labios temblorosos. El celular casi se le resbaló de la mano.
Las puertas del elevador se abrieron y lo devolvieron a la realidad. Respiró hondo antes de caminar deprisa hacia su oficina.
—Buenas tardes —saludó al entrar. Cinco pares de ojos que aguardaban en los sofás giraron al unísono hacia él. Solo uno le devolvió el saludo; los demás se limitaron a un asentimiento seco. Rodrigo se rascó la nuca, incómodo. Se sentía un invitado en su propia casa.
—Disculpen, vengo de una reunión en la empresa de Don Hernán —explicó mientras se dejaba caer en el sillón individual reservado para el anfitrión. Darío se colocó de pie detrás de él.
—Bien. ¿A qué se debe la visita? —preguntó Rodrigo para abrir la conversación.
Uno de ellos arrojó una carpeta negra sobre la mesa, justo frente a Rodrigo.
—Revísela. Ahí está el desglose total de las pérdidas que sufrió nuestra empresa por la negligencia de la suya.
Rodrigo tragó en seco. Alargó la mano despacio hacia la carpeta. Letra por letra leyó, cifra por cifra repasó: todo estaba claro, todo era real. Todo lo obligó a limpiarse el sudor que le brotaba.
—Esto...
No alcanzó a dar una explicación ni pedir disculpas.
¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!
Más carpetas aterrizaron sobre la mesa frente a él.
—Dado el total de las pérdidas, nosotros...