Cinco años después de irse de Buenos Aires con el corazón roto, Giulia Rivas vuelve con una sola prioridad: cuidar a su hija Dulce y reconstruir su carrera como diseñadora de joyas.
No busca explicaciones.
No busca venganza.
Y mucho menos busca volver a ver a Julián Alcázar.
Pero en el aeropuerto, un nene desconocido se le abraza a la pierna y la llama mamá.
Benja tiene la edad que tendría el hijo que Giulia creyó haber perdido. Tiene los ojos de Julián, su carácter imposible y una certeza que nadie logra sacarle de la cabeza: ella es su mamá.
Julián también queda atrapado en esa reaparición.
Para él, Giulia fue la mujer que lo abandonó sin mirar atrás. Para ella, Julián fue el hombre que eligió a otra mientras ella lo perdía todo.
Ahora trabajan bajo el mismo imperio empresarial, se cruzan en pasillos, fiestas privadas, hospitales y mentiras que llevan demasiado tiempo enterradas.
Entre una hija que sueña con conocer a su papá, un hijo que nunca dejó de buscar a su mamá y una mujer dispuesta a destruir cualquier verdad antes de perder su lugar, Giulia y Julián van a descubrir que lo que los separó no fue falta de amor.
Fue una mentira.
Y esa mentira está a punto de caer.
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Capítulo 19
Capítulo 19
Mientras Giulia todavía estaba nerviosa y descolocada, Benja ya la había visto.
—¡Giulia!
Al nene se le iluminaron los ojos. Corrió hacia ella enseguida.
¿Giulia sabía que él iba a ese jardín y había ido a buscarlo?
Benja se llenó de felicidad.
Genial.
Podría presumirle a Dulce que él también tenía mami.
Su Giulia seguro era más linda que la mamá de Dulce.
En apenas dos o tres segundos, por la cabeza inteligente de Benja pasaron un montón de ideas.
Pero cuando llegó frente a Giulia, antes de poder decir una palabra, Dulce también se dio vuelta.
—Hermano Benja.
La voz dulce de la nena lo dejó congelado.
Recién entonces vio que Giulia llevaba de la mano a una nena.
Y esa nena era Dulce.
—Hermano Benja, ella es mi mami. ¿Viste qué linda es?
Dulce tiró de la mano de Giulia y se la presentó.
La carita de la nena estaba llena de orgullo. Sus ojos brillantes se curvaban como medias lunas. Parecía un pavo real chiquito y feliz.
Fue como si un rayo le cayera a Benja en la cabeza.
Abrió la boca.
De verdad quería llorar.
Esta vez, quería llorar en serio.
Giulia ya se había casado con otra persona.
Y era la mami de Dulce.
Benja sintió que el corazón se le rompía.
No tenía mami para presumirle a Dulce.
Y tampoco podía casarse con Giulia y llevarla a su casa.
Al ver esa tristeza en su carita, el corazón de Giulia se detuvo un segundo.
—Benja...
Apenas pronunció su nombre, Benja apartó la mano que ella extendía y corrió hacia el jardín sin mirar atrás.
Dulce quedó confundida.
Levantó la cabeza hacia Giulia.
—Mami, ¿el hermano Benja se enojó?
¿Sería porque su mami era más linda y eso lo había puesto triste?
Si era por eso, Dulce frunció las cejitas. Después le diría que sus mamis eran igual de lindas.
Giulia volvió en sí.
Al ver la preocupación de Dulce, se agachó.
—Dulce, el amigo del que me hablaste anoche era Benja, ¿no?
Dulce asintió.
—Estábamos comparando quién tenía la mami más linda.
Giulia se quedó muda.
Con razón Dulce se había levantado temprano, la había apurado para maquillarse y hasta le había elegido la ropa.
En comparación, a Benja lo habían llevado el chofer y los custodios. Era entendible que se sintiera mal.
Giulia frunció apenas el ceño.
Había evitado pensar en Julián y Malena. No quería profundizar en la relación de Benja con Malena.
Pero la realidad volvía a golpearla, diciéndole que allí había algo raro.
Guardó esas emociones y sonrió para que Dulce entrara al jardín.
Dulce se despidió con pena.
Pero llevaba una sonrisa. Se notaba que ya no rechazaba la vida allí.
Al entrar al aula, Dulce vio enseguida a Benja con la cara seria.
—Hermano Benja.
Sonrió y corrió hasta su silla. La apartó y se sentó.
Benja soltó un “hm” muy fuerte, giró la cabeza y no quiso mirarla.
—Hermano Benja, ¿seguís enojado?
Dulce metió la mano en el bolsillo de su abrigo.
—Te doy chocolate.
Puso dos chocolatines sobre la mesa de Benja.
Mami decía que, si comía demasiadas cosas dulces, le saldrían bichitos en los dientes. Solo podía comer uno por día.
Dulce había escondido cuatro chocolatines en el bolsillo antes de salir de casa.
Para que Benja se pusiera contento, le estaba dando la mitad.
Benja no se movió.
Siguió sin hacerle caso.
Dulce se enredó de preocupación. Las cejitas casi se le juntaron.
Metió la mano en el bolsillo y la sacó.
La volvió a meter.
Después de varios intentos, con dolor en el alma, sacó los dos chocolatines restantes y también se los dio.
—No quiero.
Benja levantó la mano y los tiró todos al piso.
A Dulce se le llenaron los ojos de lágrimas.
Benja se arrepintió enseguida.
Pero se movió en la silla, incómodo, y al final no hizo nada.
Su carita redonda siguió dura.
Dulce le había quitado a Giulia.
Ahora Giulia ya no iba a quererlo.
No quería ser más amigo de Dulce.
Dulce no lloró.
Levantó su bracito blanco, se secó las lágrimas y se agachó a recoger los chocolates.
Después le gritó con una ferocidad tierna:
—Mami dice que los chicos que desperdician comida no son buenos. Y vos me trataste mal. ¡Ya no quiero ser tu amiga!
Benja se enojó todavía más.
Él había decidido primero no ser amigo de Dulce.
Los dos rompieron relaciones enseguida.
Durante toda la mañana, ninguno le habló al otro.
Hasta la hora del almuerzo.
Un nene travieso de la clase tiró de la trenza de Dulce.
Benja saltó enseguida, lo empujó y se paró delante de ella, vigilante.
—Si molestás a Dulce, te pego.
El nene ya había sufrido al pequeño tirano Alcázar antes. Encogió el cuello y se apartó sin protestar.
A Dulce le brillaron los ojos.
—Hermano Benja, ¿ya no estás enojado?
Benja todavía estaba incómodo.
Movió los ojos sin mirarla.
—Prometí que iba a protegerte.
Sí, Giulia le había ocultado que tenía otro bebé.
Y eso lo enojaba mucho.
Pero ese bebé era Dulce, una hermanita que le gustaba.
Además, si alguien molestaba a Dulce, Giulia se pondría triste.
Benja no quería verla triste.
Dulce aplaudió feliz.
—Hermano Benja, sos muy bueno.
Una luz astuta cruzó los ojos de Benja.
Bajó la voz.
—Entonces al mediodía me ayudás a comer la zanahoria.
Dulce siempre había tenido salud frágil, por eso Giulia no le permitió volverse quisquillosa con la comida.
La zanahoria, justo, le gustaba.
Aceptó enseguida.
Los dos tomaron sus bandejitas del almuerzo y volvieron a sentarse juntos, charlando y riéndose como antes.