Valentina Montes de Oca tenia veintiun anos, un apellido respetable y toda una vida por delante. Hasta que el hombre del que estaba enamorada decidio destruirla.
Sebastian Arellano —heredero del grupo empresarial mas poderoso de Ciudad de Mexico— la acuso de un crimen que no cometio. Soborno jueces, fabrico pruebas, compro testigos. Y la envio a pudrirse tres anos en una celda de Santa Martha Acatitla.
En prision, Valentina perdio todo. Su voz, marcada para siempre. Su cuerpo, con cicatrices que ninguna explicacion puede justificar. Una persona que la amaba y que murio entre esos muros por protegerla. Y un rinon, arrancado en una clinica clandestina mientras el mundo miraba hacia otro lado.
Salio con quinientos pesos en el bolsillo, sin trabajo, sin familia —su propio padre la desconocio en un comunicado publico— y con una sola certeza: nunca mas se arrodillaria ante nadie.
Pero Sebastian no habia terminado con ella. La quiere cerca. La quiere bajo su control. Le ofrece dinero, le cierra todas las puertas, la obliga a trabajar en su club nocturno. Dice que la odia. Pero la forma en que la mira cuando cree que nadie lo ve cuenta una historia diferente.
Y Valentina descubre algo peor que el odio de Sebastian: la sospecha de que su condena fue una trampa mucho mas grande de lo que ambos imaginaban. Alguien mas movio las piezas. Alguien dentro de la propia familia Arellano.
Mientras la verdad se desentierra pieza por pieza, otros hombres aparecen en su camino: Nico, que le ofrece la ternura que nunca tuvo; Cain, un inversionista europeo que colecciona secretos ajenos; y Rodrigo, cuya culpa esconde mas de lo que confiesa.
Valentina ya no es la chica ingenua que entro a prision. Ahora tiene las cicatrices para demostrarlo. Y esta vez, si alguien va a caer... no sera ella.
¿Podra reconstruirse sin repetir el ciclo que casi la destruye? ¿Y que hara cuando descubra que el hombre que la condeno es tambien el unico dispuesto a morir por ella?
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Capítulo 3
Capítulo 3: Quinientos pesos y una cicatriz
La Ciudad de México no esperó a nadie, y mucho menos a Valentina Montes de Oca.
Llevaba seis horas caminando. Seis horas de autobuses que no podía pagar, de banquetas que le destrozaban los pies dentro de unas chanclas de plástico que rechinaban con cada paso, de transeúntes que la esquivaban porque olía a institución y a desgracia. En el bolsillo derecho del pantalón llevaba cuatrocientos ochenta pesos —le había costado veinte el primer vaso de agua en un Oxxo, y el cajero la miró como si estuviera robando—. En el bolsillo izquierdo, la credencial del INE vencida. En la mochila de tela que le habían dado al salir, el cuaderno de Luce y una muda de ropa que ya no le quedaba porque había perdido quince kilos en tres años.
Se sentó en una banca de Paseo de la Reforma, a cuatro cuadras de donde Sebastián Arellano la había empujado fuera de su Suburban aquella noche de tormenta. El recuerdo la golpeó tan rápido que no le dio tiempo a defenderse: la lluvia, el asfalto, el olor a sándalo, la frase "quítate de mi camino". Se clavó las uñas en la palma de la mano hasta que el dolor presente borró el dolor pasado.
No iba a pensar en eso. No iba a pensar en él.
Abrió el cuaderno de Luce en la página del lago y respiró hondo. Valle de Bravo. El café de olla en las mañanas. Las bugambilias. Eso era lo único que importaba.
Pero para llegar a Valle de Bravo necesitaba dinero. Y para tener dinero necesitaba trabajo. Y para tener trabajo necesitaba que alguien en esta ciudad de veintidós millones de personas estuviera dispuesto a contratar a una ex presidiaria con voz de lija, cojera y una cicatriz en la frente que parecía un letrero luminoso que decía PROBLEMAS.
Valentina pasó el resto del día tocando puertas.
El resultado fue siempre el mismo. En la taquería de la colonia Condesa, el dueño le pidió su INE, vio la dirección del reclusorio como domicilio anterior y le dijo que no necesitaba gente. En la tintorería de la Roma Norte, la encargada le pidió referencias laborales y Valentina se quedó muda. En la ferretería de Polanco, el gerente le echó un vistazo a la cicatriz, a la ropa deslavada, y ni siquiera le dejó terminar la frase.
En un café de la Juárez, la barista fue honesta.
—Mira, yo no tengo nada contra ti. Pero si los Arellano te vetaron, nadie te va a dar chamba. Así funciona esto. Los que tienen dinero mandan, y los demás obedecemos.
—¿Cómo sabes que los Arellano me vetaron?
La barista le mostró su teléfono. En un grupo de WhatsApp de gerentes de Polanco había un mensaje con la foto de la INE de Valentina: "Por instrucciones del Grupo Arellano, esta persona no debe ser contratada en ningún establecimiento asociado. Cualquier incumplimiento resultará en la cancelación del convenio comercial."
Valentina se quedó mirando su propia foto en la credencial. La chica de la foto tenía los ojos brillantes, el pelo suelto y una sonrisa que mostraba todos los dientes. Parecía una extraña.
—Gracias —dijo con la voz rasposa. Le devolvió el teléfono y salió del café.
Afuera, se recargó contra la pared y cerró los ojos. Por un momento —uno solo— consideró rendirse. Sentarse en esa banqueta, dejar de caminar, dejar que la ciudad la tragara como tragaba a miles de personas cada día. Desaparecer. Convertirse en una más de esas figuras anónimas que dormían bajo los puentes de Periférico.
Entonces sintió el peso del cuaderno en la mochila. Y escuchó la voz de Luce, clara como si estuviera parada junto a ella: "Vive."
Valentina abrió los ojos. Se llevó la mano al costado izquierdo, donde la cicatriz le latía con un dolor sordo y constante que ya formaba parte de ella como el latido del corazón. Se despegó de la pared. Y siguió caminando.
***
Encontró El Olimpo por accidente.
Eran las once de la noche. Valentina caminaba por una calle lateral de Polanco, buscando un lugar donde pasar la noche que no fuera un callejón, cuando vio el letrero discreto: una O dorada sobre fondo negro, sin nombre, sin dirección visible. Solo la O y una puerta de acero pulido. Junto a la puerta, un guarura con traje y audífono que medía metro noventa.
Lo que le llamó la atención fue la fila de empleados entrando por la puerta de servicio, en la parte trasera del edificio. Mujeres con bolsas de ropa para cambiarse, hombres con uniformes de mesero. Gente trabajando. Gente con sueldo.
Valentina rodeó el edificio y se plantó frente a la puerta de servicio.
—¿Contratan? —le preguntó al guardia de la entrada trasera.
El hombre la miró de arriba abajo. La cicatriz, las chanclas, la mochila de tela.
—Intendencia. Habla con la gerenta. Pero a esta hora ya no recibe.
—Yo espero.
Esperó cuarenta y cinco minutos sentada en el suelo, con la espalda contra la pared y el cuaderno de Luce en el regazo. Cuando Mariana Suárez salió a fumar su último cigarro de la noche, se encontró con una mujer flaca, despeinada y con los ojos más tercos que había visto en su vida.
—¿Tú eres la que quiere trabajo?
Valentina se levantó. No era alta — un metro sesenta y tres sin tacones — pero algo en la forma en que se sostenía, recta a pesar de la cojera, firme a pesar de todo, le daba la impresión de ser más grande.
—Sí.
—¿Experiencia?
—Ninguna en limpieza. Pero aprendo rápido.
—¿Por qué aquí?
—Porque es el único lugar donde no me pidieron la INE antes de dejarme hablar.
Mariana le dio una fumada al cigarro y la estudió con los ojos entrecerrados. Valentina no bajó la mirada. Había aprendido en la prisión que bajar los ojos era el primer paso hacia desaparecer, y ella no pensaba desaparecer. No todavía. Mariana notó la cicatriz en la frente, el temblor casi imperceptible de las manos, la forma en que Valentina se inclinaba ligeramente hacia la izquierda para favorecer la pierna buena.
—¿De dónde vienes?
—De lejos.
—¿De qué tan lejos?
Valentina la miró directamente. Sin vergüenza. Sin disculpas.
—De Santa Martha Acatitla.
Mariana no pestañeó. Valentina esperó el rechazo — la cara de susto, la disculpa amable, la puerta cerrándose.
En vez de eso, Mariana apagó el cigarro contra la pared y le preguntó:
—¿Qué sabes hacer?
—Lo que se pueda vender, lo vendo. Si no, vendo mi fuerza de trabajo.
Algo cruzó por la cara de Mariana. No era lástima; era reconocimiento. La misma expresión que tiene alguien cuando escucha su propia historia contada con otras palabras.
—El sueldo es una porquería —dijo Mariana—. Horario nocturno. De diez de la noche a seis de la mañana. Vas a trapear pisos, limpiar baños y recoger lo que la gente rica deja tirado. Y te voy a decir algo desde ahora: aquí hay reglas. Y hay gente a la que no debes mirar a los ojos. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
Valentina asintió.
—¿Cuándo empiezo?
—Mañana. —Mariana sacó una llave de su bolsillo y se la tendió—. Hay un cuarto para empleados en el sótano. Puedes quedarte ahí hasta que consigas algo. No es un hotel, pero tiene techo y una regadera.
Valentina tomó la llave. Sus dedos temblaron al rozar la palma de Mariana, y se odió por eso.
—Gracias.
—No me des las gracias todavía.
Mariana se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Se detuvo en el marco, sin girarse.
—¿Cómo te llamas?
—Valentina.
—Valentina. —Mariana repitió el nombre como probándolo—. Aquí eres la nueva de limpieza. Nada más. ¿Entendido?
—Entendido.
Mariana desapareció adentro. Valentina se quedó sola en el callejón, con la llave en una mano y el cuaderno de Luce en la otra. Levantó la vista hacia el edificio. Cuatro pisos de cristal oscuro y acero. En algún lugar de ese edificio estaba el poder de los Arellano, el mismo poder que la había destruido, aunque ella todavía no lo sabía.
Pero esa noche, mientras bajaba al sótano y encontraba el cuarto de empleados — un espacio de tres por tres con un catre, una lámpara y un lavabo —, Valentina hizo algo que no había hecho en mucho tiempo. Sacó el cuaderno de Luce, lo abrió en la página de las dos figuras frente al lago, y habló con ella.
—Ya tengo trabajo, Luce —susurró—. Es una porquería, pero es un comienzo. Voy a juntar ese dinero. Voy a llegar a Valle de Bravo. Y voy a abrir esa posada con bugambilias. Te lo juro.
Cerró el cuaderno. Se acostó en el catre sin quitarse la ropa. Y por primera vez en tres años, se durmió sin tener una pesadilla.
Lo que Valentina no sabía — lo que Mariana decidió no decirle esa noche — era que El Olimpo tenía un dueño. Y que ese dueño era Sebastián Arellano Domínguez.
El destino ya la había puesto en la boca del lobo. Solo faltaba que el lobo la oliera.