Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.
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Las once cajas.
Después de algo más de un año de tu muerte aún convivía con todas tus cosas en la casa. Tantas veces había visto a personas cercanas pasar por esto, tantas veces recomendé que dejaran ir, que soltaran, hablaba de sanar y demás chauchas, pero no sabía cuán difícil podía resultar. Si lo hubiera sabido, no habría dicho nada: solo habría acompañado, en silencio.
Soltar todo lo material que te queda de un ser querido —en mi caso, lo que me quedaba de vos— es horrible. Todo en este mundo, todo lo material. Que no era más que eso, pero qué difícil era soltar. Así lo sentía: muy profundo, muy adentro mío.
Ciro y Samuel habían pasado a verme varias veces. Pasaban un rato, tomaban un té o un café, se quedaban un poco y se iban, pero siempre firmes con la intención de empezar a poner en cajas todo lo tuyo, de querer darme una mano. Ver qué servía, qué se podía donar, qué se iban a llevar tus familiares o amigos. Pero yo todavía no estaba seguro de querer dejar que alguien hurgara entre tus cosas.
Ese martes de otoño era bien otoñal. Afuera había mucho viento y las hojas caídas de los árboles tapaban casi toda la vereda. Los chicos sabían que ese era el día, que no podía seguir postergándolo. Me abrazaron. Lloré algo así como una hora y media; no podía parar. La respiración se me agitaba, algo me presionaba el pecho. Y ahí estaban ellos, uno de cada lado, secándome las lágrimas y diciéndome que era lo correcto, que tenía que pasar, que así lo hubieras querido.
Y sí, me acordé de vos. De tus deseos, de lo último que hablamos en el hospital. Y sí, así lo hubieras querido. Me lo dijiste.
Así que junté valor, salí y me senté afuera, junto a la pila de hojas rojas, naranjas, amarillas y marrones, mientras ellos empezaron a guardar en cajas todo lo tuyo. Me quedé afuera; no quería entrar ni mirar. Miraba a la nada, sentía la brisa fría en la cara. Seguía paralizado, envuelto en mi frazada y todavía en pijama, en ese pijama que te regalé y nunca usaste. Que, aunque nunca lo usaste, era tuyo. Lo sentía tuyo.
Después de que acomodaron todo, clasificaron nuestros libros, nuestra ropa, nuestras películas, hasta nuestras tazas, recién ahí me llamaron.
Lo mío, lo tuyo y lo que nos habían regalado a los dos: todo clasificado, como en una separación. Solo que esta vez no lo era.
Los chicos cargaron todo lo tuyo en once cajas. Las dejaron apiladas en el pasillo, junto a la puerta de la habitación, cerradas con cinta de embalar.
Al entrar recorrí toda la casa. Cada rincón. Vi todo lo que faltaba, todo en una lista mental de tus cosas. No podía hablar. Me sentía asfixiado. Lloré, grité, maldije y volví a gritar. No podía dejarte ir. Simplemente no podía.
Les pedí a los chicos que me dejaran solo. Los despedí, les pedí perdón por mi actitud y les agradecí por todo lo que habían hecho por mí, con lágrimas en los ojos.
Ni bien se fueron, corrí hasta las cajas y las llevé una por una a nuestra habitación, casi sin pensarlo. Me dormí del cansancio, con los ojos hinchados de tanto llorar, abrazado a tu almohada, la que usabas siempre de tu lado de la cama.
Me desperté con las once cajas sobre la cama, sobre tu lado.
Y sentí paz. Mucha paz.
A la tarde salí a comprar unas cosas para la casa y le pedí a Ciro que se llevara las cajas, por favor, mientras yo estaba afuera. Cuando llegué ya no estaban. Lloré y caí sobre la alfombra. Y me reí. Me reí como un loco feliz, porque se me vino a la mente tu sonrisa, tus chistes malos, las caras que me hacías. Y me sentí contento de tener aún esos recuerdos intactos.
Más tarde me llegó un mensaje de Ciro avisándome que las once cajas iban a quedar guardadas en su departamento hasta que yo lo decidiera. Que no las iban a abrir. Que me tomara todo el tiempo que necesitara para regalarlas, donarlas o hacer lo que quisiera con ellas.
Esa noche dejé tu almohada de lado. No usé tu pijama ni la remera que a veces usabas para dormir. Me senté en la cama y borré las tres listas de música que habíamos hecho juntos: una para cuando estábamos tristes, otra para cuando limpiábamos y otra para cuando estábamos de festejo.
Hacía tiempo que no me acostaba a dormir sin llorar. Se sintió raro; por momentos hasta sentí escalofríos. Pero desperté sereno, con todas tus frases y palabras lindas resonando en mi cabeza.
Esa mañana tampoco abrí la ducha para vos ni serví otra taza de café extra.