Un imperio donde la magia proviene de los cuerpos celestes. Quienes nacen bajo el Sol controlan la materia; quienes nacen bajo la Luna, la mente. Cada milenio ocurre un Eclipse de Sangre que otorga poder divino a quien realice un sacrificio real.
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Entre el Juramento y la Carne
El escondite de Klen en el Distrito de las Cenizas era un sótano olvidado debajo de una antigua tenería de pieles. El aire olía a aceite de linaza, paja seca y humedad de río. Un pequeño brasero de hierro en el centro de la habitación proporcionaba una luz anaranjada y un calor humilde que contrastaba con el frío gélido de la tormenta en el exterior.
Vespera estaba sentada sobre un cajón de madera cubierto con una manta de lana gruesa. Se había quitado las botas militares mojadas y la capa de viaje. Sus pies descalzos buscaban el calor del brasero mientras observaba a Klen preparar una infusión de hierbas silvestres en un cazo de cobre muescado.
El silencio entre ambos no era tenso, sino espeso, cargado de verdades no dichas que flotaban en la penumbra.
—Los hombres que capturaste en Oakhaven... —dijo Klen, rompiendo el murmullo de la lluvia que golpeaba las vigas del techo—. Sé que están en las mazmorras de la capital. Mis informantes me dijeron que detuviste su ejecución hoy por la mañana.
Vespera alzó la vista del fuego. Se abrazó las rodillas contra el pecho, un gesto de vulnerabilidad que jamás habría permitido que nadie en la corte presenciara.
—Les gané dos días de vida —dijo ella, con amargura en la voz—. Arcadius me ha dado un ultimatum. Si no entrego la ubicación de tu campamento principal en cuarenta y ocho horas, asumirá que he sido infectada por la 'herejía rebelde'. Me quitarán la insignia, me despojarán de mis títulos y me quemarán en la misma pira que a tus hombres.
Klen dejó el cazo de cobre sobre la mesa y se acercó a ella. Se arrodilló sobre la paja fría frente al cajón de madera donde estaba sentada la Inquisidora, quedando a la misma altura que sus ojos.
Las manos grandes y toscas del campesino se posaron suavemente sobre las rodillas de Vespera. El contacto de su piel cálida sobre la tela de los pantalones de ella provocó un estremecimiento en la mujer, pero no se alejó.
—Entrégame —dijo Klen con seriedad absoluta, mirando fijamente las pupilas grises de Vespera.
Vespera se congeló.
—¿Qué dijiste?
—Entrégame a Arcadius —repitó Klen sin que le temblara la voz—. Diles que me emboscaste en este distrito. Diles que lograste capturar al Guadañero. Si me entregas a mí, salvarás la vida de tus tres prisioneros, limpiarás cualquier sospecha sobre tu lealtad y conservarás tu posición como Inquisidora Suprema.
—¡Estás loco! —exclamó Vespera, aferrando los hombros de Klen con furia y desesperación—. ¡Si te entrego, te torturarán públicamente durante días antes de llevarte a la guillotina de luz! ¡El Emperador usará tu muerte para aplastar la moral de todos los pueblos del norte! ¡No voy a entregar a la persona que...!
Se detuvo en seco. Las últimas palabras se quedaron atrapadas en su garganta, pero el significado quedó flotando en el aire con la claridad de una sentencia de muerte.
Klen esbozó una sonrisa triste, hermosa y llena de un afecto desolador. Alzó una de sus manos y acunó la mejilla de Vespera con la ternura de quien sostiene un pedazo de cristal frágil.
—Termina la frase, Vespera —pidió Klen en un susurro grave—. Di las palabras. Necesito escucharlas aunque sea una sola vez antes de que esta guerra nos destruya a los dos.
Vespera sintió que una lágrima caliente se deslizaba por su mejilla, marcando un camino límpido sobre la piel manchada por la ceniza del brasero. Cerró los ojos y apoyó el pómulo contra la palma callosa del hombre, entregándose por completo a la calidez de su contacto.
—No voy a entregarte porque te amo, Klen —confesó Vespera en un murmullo desgarrado, abriendo los ojos para clavar su mirada en él—. Amo al campesino que me curó en la choza y amo al idiota sin magia que vino a esta ciudad corrupta solo para asegurarse de que yo estuviera a salvo. He jurado lealtad a un trono de oro durante diez años, pero en este momento... no me importa la corona. No me importa el imperio. Si tú mueres, la Inquisidora Suprema muere contigo.
Klen no respondió con palabras. La intensidad de la declaración derrumbó cualquier barrera de contención que el líder rebelde hubiera intentado mantener por prudencia.
Se alzó sobre sus rodillas y atrajo a Vespera hacia él, rodeando su cintura con sus brazos fuertes. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, desesperado y cargado de un deseo sofocado durante años. Vespera ahogó un gemido contra la boca de Klen, enredando sus dedos en el cabello castaño del campesino, pegando su cuerpo al suyo como si intentara fusionarse con la solidez terrenal del hombre.
No había magia solar ni psiónica en esa habitación; no había halos celestes ni linajes divinos. Solo dos seres humanos desnudos de títulos y dogmas, entregándose a una pasión que desafiaba todas las leyes de Aethelgard.
Klen la levantó con facilidad del cajón de madera y la llevó hacia el lecho de mantas y paja en el rincón más cálido del sótano. Se acomodaron en la penumbra, entre suspiros agitados, el roce de la tela contra la piel desnuda y las caricias lentas y devotas de un amor que sabía a condena de muerte.
Vespera se despojó de la camisa y la faja militar, permitiendo que las manos toscas pero infinitamente delicadas de Klen recorrieran las cicatrices de combate en sus hombros, su espalda y su cintura. Cada caricia del paria borraba la marca de la Inquisición en el cuerpo de la mujer, reemplazando la frialdad del deber con el fuego de un compromiso terrenal.
Hicieron el amor lentamente, con una devoción casi religiosa donde cada beso era un juramento clandestino y cada gemido un acto de alta traición contra la corona. En los brazos de Klen, la mujer más poderosa y temida del ejército imperial encontró por primera vez en su vida la verdadera libertad: la libertad de no ser una ejecutora, sino simplemente una mujer amada.
...
Cerca de la madrugada, cuando el brasero se había reducido a un lecho de brasas rojas y la lluvia fuera comenzaba a amainar, Vespera descansaba con la cabeza sobre el pecho de Klen, escuchando el latido sereno de su corazón.
Klen acariciaba la espalda desnuda de la Inquisidora, mirando hacia las vigas del techo con expresión meditativa.
—Hay una tercera opción —dijo Klen de pronto, rompiendo el silencio de la estancia.
Vespera alzó la cabeza, apoyando la barbilla en el torso del hombre.
—¿Una tercera opción?
—El Archiduque Valerius de la Luna —explicó Klen, mirando los ojos grises de su amante—. Mis espías en el sur han confirmado que la Órbita Umbría está movilizando tropas de sombra en la frontera. Valerius no está preparando una simple negociación con el Senado; está preparando un golpe de estado total para cuando comience el Eclipse de Sangre.
Vespera frunció el ceño, recuperando por un segundo su agudeza analítica de estratega militar.
—Valerius es un aristócrata despiadado —advirtió ella—. Si toma el poder, no liberará a los pueblos sin magia. Solo reemplazará la tiranía del Sol con la dictadura de la Luna.
—No si nosotros nos convertimos en la fuerza que él no pueda ignorar —dijo Klen, incorporándose en la cama para mirar a Vespera de frente—. La rebelión necesita las armas y la protección psiónica del ducado lunar para sobrevivir al ejército imperial. Y Valerius necesita el apoyo de las masas campesinas para que su nuevo régimen no colapse en una guerra civil fratricida al día siguiente de tomar el trono.
Vespera procesó la propuesta en su mente. Era una alianza impensable: la Gran Inquisidora de la Corona, el Líder de la Rebelión Plebeya y el Archiduque Calculador de la Luna unidos contra el Emperador Solarius IV.
—Esa alianza es un barril de pólvora, Klen —dijo Vespera en voz baja, tomando la mano del campesino—. Valerius usará a la rebelión como carne de cañón a la primera oportunidad. Y el Emperador enviará a los regimientos del Halcón Dorado para aplastarnos si se entera de que el norte y el sur se están uniendo.
—Por eso debemos actuar antes del Eclipse —afirmó Klen, besando la frente de Vespera con firmeza—. Libera a mis tres hombres de las mazmorras mañana por la noche. Yo organizaré la retirada de las células rebeldes hacia las fronteras del ducado lunar. Te vendrás conmigo, Vespera. Dejarás la Inquisición.
Vespera miró su uniforme militar abandonado en el suelo del sótano, con la insignia de oro del Sol resplandeciendo débilmente a la luz moribunda de las brasas. El imperio que juró defender se derrumbaba a su alrededor, pero por primera vez en su vida, no sentía miedo del futuro.
—Mañana por la noche —aceptó Vespera, sellando el pacto con un beso febril contra los labios de Klen—. Que las estrellas nos perdonen a los dos por lo que vamos a desencadenar.