Alexander Sterling Blackwood lo tiene todo: poder, una fortuna incalculable y el control absoluto de un imperio empresarial. Es el Alfa dominante más poderoso del país, pero también el más solitario. Desde la noche en que su esposo murió en un trágico accidente de tránsito, su mundo se tiñó de gris. Para sobrevivir al dolor, Alexander congeló sus instintos, sepultó su aroma a madera de sándalo quemada y whisky, y se escondió detrás de una armadura de hielo y supresores, convirtiéndose en una “sombra" fría que mantiene a todos a distancia… incluido a su hijo Alistair, de apenas cinco años, un cachorro omega que crece en el silencio de una mansión vacía, ansiando desesperadamente un abrazo de su padre.
Liam Miller es un Omega puro que solo busca un empleo estable para reconstruir su vida. Tras sufrir la dolorosa traición de su exnovio, quien lo engañó con su mejor amigo, Liam llega a la imponente Mansión Sterling con el corazón lastimado, pero con la firme intención de salir adelante.
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Capítulo 13: Luces en la penumbra.
La noche había caído sobre la propiedad Sterling con una serenidad absoluta. En el piso superior, Alistair dormía profundamente, abrazado a su dinosaurio de plástico y envuelto en unas sábanas que olían a la lavanda tranquilizadora que Liam siempre dejaba en su habitación. La crisis del desarrollo había quedado atrás, y con ella, el ambiente tenso que solía asfixiar la casa.
Liam cerró la puerta del cuarto del niño con infinito cuidado, dejando apenas una rendija abierta. Dejó escapar un suspiro largo, sintiendo el cansancio del día, pero también una extraña agitación en el pecho.
Sus dedos aún recordaban la calidez del sutil roce con la mano de Alexander durante el almuerzo. Ese pequeño contacto físico, voluntario y cargado de significado, había cambiado las reglas del juego.
Buscando un poco de aire fresco para calmar sus propios pensamientos, Liam caminó por el pasillo del ala este hasta salir a la gran terraza del segundo piso. El balcón de piedra caliza ofrecía una vista impresionante de los inmensos jardines iluminados por faroles tenues y, más allá, de las luces titilantes de la ciudad. La brisa nocturna era fresca, moviendo suavemente los hilos de su cabello castaño. Liam se apoyó en el barandal, abrazándose a sí mismo para protegerse del frío ligero, mirando hacia la inmensidad del cielo estrellado.
—La noche es hermosa desde aquí, ¿verdad?
La voz profunda, ronca y baja resonó justo detrás de él, provocando que Liam diera un sutil brinco de sorpresa.
Al girarse, se encontró con Alexander. El Alfa caminaba con pasos felinos y silenciosos hacia él. No llevaba el suéter gris de la tarde; vestía una camisa negra de seda con las mangas remangadas y los primeros botones abiertos, revelando las líneas fuertes de su cuello. Su aroma a sándalo quemado y whisky se desprendía de él con una intensidad magnética, libre de cualquier supresor, mezclándose al instante con la lavanda y la miel que Liam liberó por el susto del encuentro.
—Alexander... —susurró Liam, recuperando el aliento mientras una pequeña sonrisa se dibujaba en sus labios—. Me asustó un poco. Pensé que seguía trabajando en el despacho.
—Terminé temprano —respondió el Alfa, deteniéndose justo al lado de Liam en el barandal, reduciendo la distancia entre sus cuerpos a apenas unos centímetros—. Escuché tus pasos en el pasillo y... mi lobo me exigió que subiera a revisar que todo estuviera en orden.
Alexander fijó sus ojos oscuros en el perfil de Liam. Bajo la luz plateada de la luna, el joven omega lucía etéreo, casi irreal. La timidez en el aroma de Liam era deliciosa, una miel dulce que despertaba cada uno de los instintos de protección del Alfa.
—Todo está perfecto —aseguró Liam, bajando la mirada hacia las manos de Alexander, que se apoyaban firmemente en la piedra—. Alistair cayó rendido. Estaba muy feliz por el almuerzo de hoy. Yo también lo estuve. Hace mucho que no veía a un niño florecer de esa manera.
Alexander guardó silencio por unos momentos, mirando hacia el jardín. El viento sopló, arrastrando el olor de los tres que aún quedaba en su ropa.
—Hacía cinco años que no me sentaba en una mesa sin sentir que el peso de la culpa me aplastaba la garganta, Liam —confesó el Alfa con una honestidad desarmante, con la voz un poco rota—. Cuando mi esposo falleció, sentí que mi deber era convertirme en piedra. Pensé que si apagaba mis emociones, si me volvía el monstruo corporativo que todos dicen que soy, protegería a Alistair de mi propio dolor. Me equivoqué. Solo logré congelar su infancia.
Liam se giró por completo hacia él, conmovido por la vulnerabilidad del hombre más poderoso del territorio. Olvidándose de los rangos, de las jerarquías y del miedo, Liam extendió su mano y la colocó suavemente sobre el antebrazo de Alexander. Su piel cálida contra la del Alfa provocó un suspiro inmediato en el mayor.
—No se culpe por no saber cómo sobrellevar un dolor tan grande, Alexander —dijo Liam con suavidad, sus ojos grandes brillando con empatía pura—. Nadie nos enseña a vivir con el vacío de una pérdida. Pero estar vivo no es un insulto a la memoria de quienes ya no están. Alistair merece tener un padre presente, y usted merece permitirse respirar de nuevo. Usted y Su lobo no son de piedra, lo vi anoche y lo vi hoy. Solo necesitaba recordar cómo se sentía el calor.
Alexander giró su brazo, atrapando la mano de Liam entre la suya. Su palma grande y cálida envolvió los dedos del omega con una firmeza que hizo que a Liam se le cortara la respiración. El Alfa dio un paso al frente, acorralando sutilmente a Liam contra el barandal de la terraza, sumergiéndolo por completo en su imponente aroma a sándalo.
—No es solo que mi lobo esté recordando el calor, Liam —susurró Alexander, inclinando su rostro lo suficiente para que Liam pudiera sentir el calor de su aliento cerca de su oído—. Es que tu aroma, tu presencia... todo lo que eres, está destruyendo cada muro que construí. Mi Alfa pasó cinco años dormido, anestesiado, y en solo un par de semanas, tú lo has hecho rugir de una forma que jamás creí posible. No sé cómo manejar esto que causas en mí.
Liam sintió que sus piernas temblaban, no por miedo, sino por la intensidad absoluta del lazo de destinados que vibraba con fuerza salvaje entre ellos en la penumbra. El sándalo y la lavanda se habían fusionado en una danza perfecta, reclamando el espacio. Liam levantó la mirada, encontrándose con los ojos felinos de Alexander, fijos en sus labios con una necesidad contenida.
—Entonces no lo maneje, Alexander... —respondió Liam en un hilo de voz, armándose de un valor que sorprendió al propio Alfa—. Solo... déjelo ser.
Alexander dejó escapar un gruñido bajo, un sonido puramente instintivo de posesión y alivio. Su mano libre subió con lentitud hacia la mejilla de Liam, acariciando la piel suave con la yema de su pulgar, borrando cualquier distancia que quedara entre ellos. Liam cerró los ojos, reclinando el rostro de manera involuntaria contra la caricia, entregándose por completo al tacto de su Alfa.
Estuvieron a tan solo un milímetro de distancia, con sus respiraciones mezclándose en el aire frío de la noche, en un umbral donde el primer beso era inevitable. Sin embargo, Alexander se detuvo justo a tiempo, demostrando un autocontrol titánico. Depositó un beso suave, prolongado y profundamente devoto en la frente de Liam, justo entre sus cejas, un gesto de marcado y respeto que hizo que el corazón del omega diera un vuelco de pura felicidad.
—Buenas noches, Liam. Ve a descansar —susurró Alexander contra su piel, antes de soltar su mano con lentitud, como si le costara un esfuerzo físico sobrehumano romper el contacto.
—Buenas noches, Alexander —respondió Liam, con la voz trémula y las mejillas encendidas.
Mientras caminaba de regreso a su habitación en el silencio de la noche, Liam se llevó los dedos a la frente, donde todavía sentía el calor de los labios del Alfa. Sabía que la tregua había terminado para convertirse en algo mucho más grande, más profundo y poderoso. El invierno en la Mansión Sterling había sido derrotado de forma definitiva esa noche, dando paso a una primavera latente que ninguno de los dos podría detener.