La historia sigue a Anna, una joven cuya vida ha sido planificada como una transacción comercial por su madre, una mujer ambiciosa que ve en el matrimonio de su hija la salvación de su estatus. Anna, buscando un último respiro de rebeldía, se entrega a una noche de pasión con Sebastián, un extraño de mirada peligrosa y reputación cuestionable.
El conflicto estalla cuando Anna descubre que el "desconocido" de esa noche no solo es el hermano de su futuro marido, sino el hombre que habitará bajo su mismo techo.
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La noche de graduación.
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Ella es Anna, tiene 19 años y está recién graduada, desde los ocho años después de la muerte de su padre, su madre la llevo al mejor internado del extranjero de puras mujeres donde paso once años de su vida sin poder salir asta hoy donde la escuela le da permiso a las estudiantes graduadas salir a celebrar.
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— Anna, por favor es la última vez que talvez nos veamos, no puedes dejarme salir sola está noche con las chicas.— dijo Marlen la mejor amiga de Anna.
— No puedes decir eso, nos enviaremos cartas, Pero está bien te voy a acompañar.— dijo Anna cerrando su maleta.
Marlen grito de alegría, lanzándose sobre la cama de Anna. El dormitorio, que había sido su celda de seda durante más de una década, se sentía de pronto pequeño.
—¡Prometo que será la mejor noche de tu vida! —exclamó Marlen, sacando un vestido corto y brillante de su bolso—. Nada de uniformes, nada de toques de queda, nada de "señoritas de buena familia". Esta noche, Anna, vamos a descubrir por qué el mundo es tan peligroso como dicen... y por qué vale la pena arriesgarse.
Anna miró el vestido con un nudo en el estómago. A sus diecinueve años, sabía latín, historia del arte y etiqueta, pero no sabía qué hacer cuando un hombre te miraba de cierta manera.
—Mi madre me espera mañana a primera hora —susurró Anna, acariciando la tela del vestido—. Dice que tiene "planes importantes" para mi regreso. Siento que esta noche es el último momento de mi vida que realmente me pertenece.
—Entonces hagamos que valga por once años de encierro —dijo Marlen con una sonrisa traviesa.
Horas después: El Club "L'Éphémère"
El aire vibraba con música que Anna sentía en los huesos. El olor a perfume caro, alcohol y libertad era embriagador. Entre la multitud de la zona VIP, Sebastián sostenía una copa de cristal, aburrido de las mismas caras de siempre. Sus ojos de depredador social buscaban algo nuevo, algo que no estuviera "usado" por el cinismo de la ciudad.
Entonces la vio.
Anna estaba de pie cerca de la barra, moviéndose con una mezcla de elegancia rígida y asombro infantil. Sus ojos grandes lo grababan todo como si fuera un milagro. Sebastián sonrió de lado, esa sonrisa que había roto mil corazones en la ciudad.
—¿Quién es la del vestido plata? —le preguntó a uno de sus amigos sin apartar la vista de ella.
—Ni idea, parece perdida. ¿Quieres que te la presente?
—No —dijo Sebastián, dejando su copa y ajustándose la chaqueta—. A las flores silvestres hay que saber cómo acercarse sin marchitarlas.
Esta es mía.
Sebastián no sabía que esa "flor silvestre" era la mujer que su madre ya había comprado para su hermano Lorenzo. No sabía que, al cruzar esa pista de baile, estaba sellando la sentencia de muerte de la paz en su familia.
Sebastián se abrió paso entre la multitud con la confianza de quien es dueño del lugar. Se detuvo a unos centímetros de Anna, invadiendo su espacio personal lo justo para que ella sintiera el calor de su cuerpo y el aroma a madera y tabaco caro que desprendía.
—¿Estás perdida o simplemente estás decidiendo a quién vas a destruir esta noche?— dijo Sebastián admirando el cuerpo de Anna.
Anna se tensó. En el internado le habían enseñado a identificar el peligro, pero nunca le dijeron que el peligro podía tener una sonrisa tan perfecta. Se giró lentamente, apretando su bolso contra su pecho como un escudo.
—No estoy perdida —respondió ella, con una voz clara pero firme—. Y tampoco planeo destruir a nadie. Solo estoy mirando.
Sebastián arqueó una ceja, divertido. Normalmente, a estas alturas, cualquier chica ya le habría devuelto la sonrisa o le habría preguntado su nombre.
—Mirar es peligroso, puede despertar deseos que no sabes cómo apagar —insistió él, dando un paso más, acortando la distancia—. Soy Sebastián. Y sospecho que tú eres la razón por la que esta fiesta finalmente se puso interesante.
—Eres muy directo, Sebastián. Y un poco arrogante, ¿no crees? —Anna recordó las advertencias de las monjas sobre los hombres, pero no sentía miedo, sentía una extraña chispa de adrenalina—. En mi mundo, la gente se presenta antes de hacer suposiciones sobre los deseos de los demás.
Sebastián soltó una carcajada genuina. Nadie le hablaba así.
—¿Tu mundo? ¿Y dónde queda ese lugar tan educado?
—Lejos de aquí —cortó ella—. Y ahora, si me disculpas, mi amiga me espera.
Ella estaba apunto de irse, pero Sebastián, por puro instinto, le puso una mano suave en el antebrazo. El contacto eléctrico la hizo jadear levemente.
—Espera —dijo él, y por primera vez, el tono de cazador desapareció, dejando paso a algo más real—. No me has dicho tu nombre. No puedes dejarme así, sería un pecado.
Anna liberó su brazo con delicadeza, pero mantuvo la mirada fija en sus ojos verdes.
—Mi nombre es algo que tienes que ganar, no algo que regalo a extraños en bares —sentenció ella con una sonrisa pequeña y desafiante—. Buenas noches.
Sebastián se quedó inmóvil, observando cómo la silueta de Anna se fundía con las luces de neón de la discoteca. Sus dedos aún hormigueaban por el contacto con la piel de ella. No era solo una cara bonita; era la forma en que lo miraba, como si pudiera ver a través de sus trucos de seductor profesional.
—¿Te han rechazado, hermanito? Eso es nuevo —una voz burlona apareció a su espalda.
Era Lorenzo, que se acercaba con una sonrisa cínica y una copa de coñac en la mano. Se veía impecable, pero sus ojos reflejaban el cansancio de alguien que siempre obtenía lo que quería sin esfuerzo.
—No me ha rechazado —respondió Sebastián sin apartar la vista de donde Anna había desaparecido—. Solo me ha puesto un precio. Y pienso pagarlo.
Lorenzo soltó una carcajada seca y le dio una palmada en el hombro.
—Olvídala. Mañana tenemos esa maldita cena que organizó mamá. Dice que por fin conoceré a mi futura esposa. Una tal "Anna" que ha estado encerrada en un convento o algo así. Seguramente será una niña aburrida y asustada, pero los negocios son los negocios.