Novela +18
Dante, un poderoso Alfa y líder de la mafia, entrega su vida para salvar a su amado omega, Kael, durante una sangrienta guerra entre organizaciones criminales.
Sin embargo, la muerte no fue el final.
Al abrir los ojos, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de Elizabeth, una joven Alfa universitaria que murió durante el despertar de su poder. Ahora, atrapado en el cuerpo de una mujer, Dante solo tiene un objetivo: recuperar al omega que juró proteger y amar.
Pero todo ha cambiado.
Kael ya no es el omega indefenso del pasado. Ahora es un frío y brillante CEO, marcado por un accidente que lo dejó paralítico. Y, para empeorar las cosas, rechaza rotundamente a Elizabeth, pues asegura que jamás podría enamorarse de una mujer.
Dante no piensa rendirse.
No importa si ahora posee un cuerpo diferente, si el mundo entero está en su contra o si Kael lo odia. Para él, Kael sigue siendo su omega... y jamás permitirá que otro Alfa lo reclame.
Porque, aunque haya renacido como...
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CAPÍTULO 9 — CONVIVIENDO CON MI HIJO/KAEL
La mañana siguiente llegó envuelta por la cálida luz del sol que se colaba a través de los enormes ventanales de la mansión.
El comedor principal ya estaba preparado.
Una larga mesa de madera oscura lucía impecablemente servida. El aroma del pan recién horneado, los huevos, la sopa y los distintos platillos llenaban el ambiente de un agradable calor hogareño.
Los empleados permanecían de pie a un lado, esperando en absoluto silencio.
Elizabeth entró junto a Dael.
El pequeño caminaba tomado de uno de sus dedos, balanceando los pies con tranquilidad.
Apenas tomó asiento, el chef colocó frente a él un plato cuidadosamente preparado.
Verduras salteadas.
Dael las observó durante unos segundos.
Su pequeña sonrisa desapareció.
Frunció el ceño.
—No quiero.
El chef sonrió con paciencia.
—Joven señorito, debe comer verduras para crecer sano.
Dael negó con la cabeza.
—No.
Elizabeth no dijo nada.
Simplemente se sentó frente al pequeño y comenzó a observarlo en silencio.
Su mirada recorrió lentamente el rostro de Dael.
El cabello rubio, suave y ligeramente despeinado, caía sobre su frente con naturalidad.
Los ojos rojos eran idénticos a los de Kael.
Pero cuanto más lo contemplaba...
Más encontraba rasgos de sí mismo.
La forma en que fruncía el ceño cuando algo no le gustaba.
Cómo inflaba apenas las mejillas en un pequeño puchero.
Incluso la manera en que apartaba discretamente el plato mientras evitaba mirar las verduras.
Una sonrisa nostálgica apareció en los labios de Elizabeth.
Se parece tanto a mi...
Por un instante, la imagen del pequeño Dael se superpuso con un recuerdo de su propia infancia.
Él también había puesto exactamente esa expresión cada vez que le servían verduras.
Había intentado esconderlas bajo el arroz o empujarlas discretamente hacia un lado del plato para que nadie se diera cuenta.
Heredaste hasta mis malos hábitos...
Aquella idea hizo que una cálida sensación le envolviera el pecho.
Era la primera vez que podía imaginar cómo habría sido verlo crecer.
Lamentablemente, se había perdido nueve años de su vida.
Pero pensaba recuperar cada uno de esos momentos de ahora en adelante.
Finalmente habló.
—Dael.
El niño levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Sí, señorita?
Elizabeth señaló el plato con tranquilidad.
—Ayer dijiste que querías ser igual de fuerte que yo.
Los ojos del pequeño brillaron.
—¡Sí!
—Entonces tendrás que comer tus verduras.
Dael volvió a mirar el plato.
Las verduras seguían sin parecerle apetitosas.
Hizo una pequeña mueca antes de volver la vista hacia Elizabeth.
—¿No me estás mintiendo?
Elizabeth sostuvo su mirada con absoluta serenidad.
—Para nada.
Su voz era firme y segura.
—Los Alfas somos fuertes porque entrenamos mucho y cuidamos nuestro cuerpo. Comer bien también ayuda a crecer sano y fuerte. Si algún día quieres proteger a las personas que quieres, tendrás que empezar por cuidar de ti mismo.
Dael permaneció en silencio.
Miró nuevamente las verduras.
Después volvió a observar a Elizabeth.
No sabía explicar el motivo.
Llevaba apenas dos dias conociéndola.
Sin embargo...
Sentía que podía confiar en ella.
Que aquella señorita jamás le mentiría.
Tomó lentamente el tenedor.
El chef, las empleadas e incluso el mayordomo observaron la escena sin perder detalle.
Dael pinchó un pequeño trozo de verdura.
Lo acercó lentamente a su boca.
Cerró los ojos con resignación.
Y se lo comió.
Elizabeth sonrió con satisfacción.
—Muy bien, Dael.
—¡Seras tan fuerte como yo!
Aquellas dos palabras parecieron darle confianza y felicidad.
Tomó otro bocado.
Y luego otro.
......................
Un rato después...
No quedaba absolutamente nada en los platos.
El chef abrió ligeramente la boca.
Las empleadas intercambiaron miradas de absoluta incredulidad.
Uno de los sirvientes incluso parpadeó varias veces, convencido de que estaba viendo algo imposible.
Dael mostró con orgullo el plato completamente limpio.
—¡Mira! ¡Me lo comí todo!
Elizabeth sonrió con calidez.
—Lo hiciste muy bien.
El pequeño infló el pecho de orgullo.
—¿Ahora iremos al jardín?
—Claro. Dijimos que hoy comenzaríamos con un poco de ejercicio.
Los ojos de Dael brillaron de emoción.
—¡Sí!
Sin pensarlo dos veces, tomó la mano de Elizabeth.
—¡Vamos, señorita!
Ambos abandonaron el comedor conversando animadamente mientras se dirigían hacia el enorme jardín de la mansión.
Apenas unos segundos después, el suave zumbido de una silla de ruedas eléctrica rompió el silencio.
Kael entró al comedor con la serenidad de siempre.
Su mirada recorrió la mesa por simple costumbre.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Dónde está Dael?
El chef hizo una respetuosa reverencia.
—La señorita Elizabeth lo llevó al jardín, señor.
Kael asintió distraídamente, pero entonces su vista se detuvo sobre el plato de Dael.
Estaba completamente vacío.
Ni un solo trozo de verdura había quedado.
Por un instante creyó estar viendo mal.
Miró nuevamente el plato.
Después volvió la vista hacia el chef.
—¿Se lo comió todo?
El chef todavía seguía sorprendido.
—Sí, señor.
—No dejó absolutamente nada.
Kael permaneció unos segundos en silencio.
Volvió a mirar el plato vacío.
Después dirigió la vista hacia el jardín, visible a través de los enormes ventanales, donde alcanzó a distinguir a Elizabeth caminando tranquilamente mientras Dael avanzaba a su lado, sujetando con alegría una de sus manos y hablándole sin parar.
Kael entrecerró lentamente los ojos.
¿Cómo lo hizo...?
Durante años había intentado que Dael comiera verduras.
Había cambiado de chefs, probado distintas recetas, ofrecido recompensas e incluso consultado especialistas infantiles.
Nada había dado resultado.
Y aquella mujer...
Había conseguido que el niño terminara el plato durante su primer desayuno en la mansión.
Una vez más, el desagrado volvió a instalarse en su corazón.
¿Por qué son tan cercanos
......................
Pero no todo fluyó con la tranquilidad aquella noche.
Kael dormía solo.
La habitación permanecía sumida en una suave penumbra, apenas iluminada por el resplandor plateado de la luna que se filtraba entre las cortinas.
Sobre la amplia cama, Kael descansaba profundamente. Su pecho subía y bajaba con un ritmo lento y pausado, mientras el sueño borraba la habitual dureza de sus facciones, otorgándole una expresión serena que lo hacía parecer casi vulnerable.
Sentada en una silla de madera junto a la cama, Elizabeth lo contemplaba en absoluto silencio.
Tenía las manos fuertemente entrelazadas sobre el regazo y el corazón le latía con una intensidad que parecía querer escapar de su pecho.
Kael...
Sigues siendo tan malditamente sexi...
Su nombre resonó en lo más profundo de su mente como una súplica y, al mismo tiempo, como una condena que lo estremecía.
Ya no puedo esperar más.
Sus ojos verdes se endurecieron poco a poco, llenándose de una determinación obsesiva.
Se inclinó ligeramente hacia adelante.
Entonces, una tenue energía de color verde esmeralda comenzó a brotar de su cuerpo.
Al principio era apenas perceptible, semejante a una delicada bruma luminosa que envolvía lentamente el ambiente. Sin embargo, conforme pasaban los segundos, aquella energía fue haciéndose más intensa, rodeando la figura dormida de Kael.
La luz esmeralda descendió con suavidad sobre él, impregnando lentamente su piel y deslizándose por todo su cuerpo como si se tratara de innumerables raíces invisibles que buscaban aferrarse a lo más profundo de su existencia.
Tendré que forzarlo...
Aquel pensamiento cruzó por su mente acompañado de una mezcla contradictoria de culpa y un intenso deseo de recuperarlo.
Haré que entres en celo.
Tu cuerpo me reclamará... aunque tu mente aún siga negándose a aceptarme.
tampoco así, debe haber una forma de que le diga que es dante sin que no se vuelva loco