Tras una dolorosa traición amarosa, Jane Macdogal ha cerrado las puertas de su corazon y se ha refugiado por completo en su trabajo como directora de una prestigiosa revista de moda en Nueva York. Sin embargo, su mundo se tambalea cuando el dueño de la empresa le anuncia un auditoria de emergencia para vender la compañia. El encargado de revisarlo todo es Adam Preston, un misterioso y actractivo experto en financias que revoluciona la vida de Jane desde su desastroso primer encuentro en el aeropuerto. Obligados a convivir dia y noche, y tras un accidentado viaje a la semana de la moda de París, la innegable atracción fisica da paso a un secreto mucho mas peligroso. Lo que comenzaba como una simple revision de numeros se convertira en una carrera a contrareloj para salvar la empresa. En un juego donde las apariencias engañan y los enemigos acechan en las sombras, Jane y Adam deberan aprender a confiar el uno en el otro si quieren salvar la empresa y sus propias vidas.
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CAPITULO ONCE. LA PRESION DE VICTOR
Víctor cerró la puerta de mi despacho con un movimiento lento, casi teatral, y se sentó frente a mí sin pedir permiso. Su perfume era fuerte, elegante y caro, y su sonrisa tenía la precisión de quien ha ensayado cada gesto ante el espejo. Me observó en silencio, como si estuviera midiendo mis reacciones antes de atacar.
-He oído que estás muy ocupada últimamente, Jane -dijo finalmente, cruzando las piernas con una parsimonia que me crispó los nervios-. Demasiadas preguntas, demasiados papeles moviéndose de un lado a otro. ¿No crees que deberías descansar un poco? No es bueno para la salud.
Sentí un escalofrío, pero me obligué a mantener la compostura. Adam, que había estado revisando papeles en la mesa auxiliar, se acercó con paso firme.
-Nos interesa que todo esté en orden, Víctor -intervino Adam, con una voz suave pero firme.
Víctor lo miró de arriba abajo, casi con desdén, y luego volvió a clavar sus ojos en los míos.
-Por supuesto, Adam. Todos queremos lo mejor para la empresa. Pero a veces, remover demasiado el pasado puede traer consecuencias inesperadas.
No supe si era una amenaza velada o una advertencia, pero el mensaje quedó flotando en el aire. Cuando Víctor se marchó, sentí que podía volver a respirar. Adam se acercó y me rozó la mano con la suya, un gesto breve, casi imperceptible, pero suficiente para recordarme que no estaba sola.
-Tenemos que darnos prisa. Si Víctor sospecha algo, puede mover los hilos antes de que tengamos pruebas -susurró.
Asentí, y en ese momento Lucía apareció en la puerta, nerviosa, con una carpeta en la mano.
-Jane, Adam, he conseguido los documentos que pedisteis. Pero… alguien me ha seguido hasta aquí. Creo que deberíais ver esto cuanto antes.
Cerramos la puerta y Lucía desplegó ante nosotros una serie de facturas y correos electrónicos. Había nombres de empresas desconocidas, pagos a cuentas en el extranjero y mensajes con instrucciones de borrar archivos. Entre los remitentes, uno destacaba: “M. Salazar”.
-¿Quién es Salazar? -pregunté.
Lucía bajó la voz.
-Era el antiguo jefe de administración. Se fue hace tres meses, justo cuando empezaron los movimientos extraños. Nadie sabe dónde está ahora.
Adam tomó nota del nombre y me miró con una mezcla de preocupación y determinación.
-Esto es más grande de lo que pensábamos. Hay toda una red montada para desviar dinero y borrar el rastro.
Rose irrumpió en ese momento, jadeando.
-Acabo de recibir un mensaje anónimo. “Dejen de investigar si quieren conservar su trabajo y algo más”. Jane, esto va en serio.
El miedo se instaló en mi estómago, pero la presencia de Adam a mi lado me dio fuerzas. Nos miramos y supimos que no había vuelta atrás.
Esa tarde, decidimos reunirnos fuera de la oficina, en un pequeño café donde nadie nos conocía. Lucía y Rose nos acompañaron. Mientras Adam explicaba su plan para rastrear las cuentas y contactar con Salazar, yo observaba a mis amigas. Rose, siempre tan fuerte, ahora tenía el ceño fruncido y los labios apretados. Lucía no paraba de mirar por encima del hombro, como si esperara que Víctor apareciera en cualquier momento.
-Vamos a necesitar ayuda externa -dijo Adam finalmente-. Un auditor independiente, alguien que no esté relacionado con la empresa y que pueda analizar los datos sin levantar sospechas.
Rose asintió.
-Conozco a alguien. Mi primo Daniel trabaja en una consultora y es de total confianza. Puedo llamarlo esta noche.
Sentí, por primera vez en días, un atisbo de esperanza. Si lográbamos sumar a Daniel al equipo, tendríamos una oportunidad real de destapar toda la trama.
Al salir del café, Adam me tomó de la mano. No hubo palabras, solo la calidez de su piel y la certeza de que, pasara lo que pasara, estábamos juntos en esto.
Esa noche, mientras repasaba los documentos en casa, recibí un mensaje en mi móvil: “No te metas donde no te llaman”. El remitente era desconocido. Mi corazón latía desbocado, pero respiré hondo y miré a Adam, que estaba a mi lado, revisando los papeles. Él levantó la vista y, sin decir nada, me abrazó con fuerza.
Por primera vez, sentí que el miedo no iba a detenerme. Tenía un equipo, tenía a Adam y, sobre todo, tenía la determinación de no dejar que nadie destruyera lo que tanto me había costado construir.
Sabía que el verdadero peligro apenas empezaba, pero también que estaba lista para enfrentarlo.
—...Mañana a primera hora nos pondremos en contacto con Daniel —le aseguré a Adam con un hilo de voz, aferrándome a la tela de su camisa mientras el calor de su abrazo calmaba el violento temblor de mi pecho.
Él no me soltó de inmediato. Deslizó sus manos con suavidad por mi espalda, consolidando ese refugio improvisado que se había convertido en mi único lugar seguro en toda la ciudad. Cuando finalmente se separó un par de centímetros para mirarme a los ojos, su rostro reflejaba una seriedad absoluta, desprovista de cualquier atisbo de duda.
—No voy a permitir que te hagan daño, Jane. Ese mensaje solo confirma que sus cimientos están empezando a tambalearse —sentenció con voz grave, apartando un mechón de pelo de mi frente—. Mañana mismo Max empezará a rastrear ese número de teléfono y el origen de los correos de Salazar. Duerme un poco. Te necesito fuerte para lo que viene.
Asentí, aunque sabía que conciliar el sueño sería una tarea imposible. Me retiré a mi habitación y me desvestí mecánicamente, poniéndome un camisón de raso azul oscuro. Me deslicé entre las sábanas heladas, fijando la mirada en las sombras que las luces de la calle proyectaban sobre el techo de mi dormitorio. Las amenazas ya no eran sutiles advertencias de despacho; habían invadido mi intimidad, colándose directamente en la pantalla de mi teléfono móvil.
Pasé las horas previas al amanecer dando vueltas en la cama, con el corazón en un puño y la mente reproduciendo la fría sonrisa de Víctor una y otra vez. A las seis de la mañana, rendida ante el insomnio, decidí levantarme. Al abrir la puerta de mi habitación, me sorprendió encontrar la luz del salón encendida. Adam estaba sentado frente a la mesa del comedor, con el portátil abierto, rodeado de tazas de café vacías y con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos. Las ojeras marcadas en su rostro delataban que él tampoco había pegado ojo en toda la noche.
—¿Tampoco has podido descansar? —pregunté en un susurro, cruzando los brazos sobre mi pecho para protegerme de la brisa matutina que entraba por la rendija de la ventana.
Adam levantó la cabeza y sus ojos azules, inyectados en sangre por el cansancio, se suavizaron al instante al posarse en mí.
—He estado cruzando los datos que nos dio Lucía con los registros públicos de sociedades —explicó, dando un sorbo a lo que parecía ser su quinta taza de café—. “Servicios Integrales Vega” es una tapadera perfecta, Jane. Pero he encontrado algo más. Tres de las cuentas extranjeras a las que transfirieron los fondos coinciden con el entramado bancario que Stone utilizó en su anterior empresa en Europa. Todo el dinero desviado de tu revista va a parar al mismo saco.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. La magnitud del engaño era colosal. La revista, el proyecto por el que mis padres se habían sacrificado y al que yo había entregado mi juventud, no era más que un peón en un tablero de ajedrez criminal.
—¿Y qué pasa con Víctor? —inquirí, acercándome a la mesa para observar los gráficos que se multiplicaban en su pantalla.
—Víctor es el ejecutor. Es quien firma los permisos de acceso y presiona al personal —respondió Adam, cerrando el ordenador de golpe al notar cómo el frío me hacía titubear—. Pero no hablemos más de números por ahora. Vístete, el coche de Daniel nos espera en media hora cerca del parque. No podemos arriesgarnos a que nos vean juntos en la oficina antes de tiempo.