En medio de una guerra que destruyó mundos, un niño será preparado para proteger un Imperio y una heredera será enviada a la Tierra para sobrevivir.
Mientras que él creció para aceptar su destino, ella creció sin saber quién era realmente ni por qué el universo parecía perseguirla en silencio.
Pero la mayor batalla que librarían ambos no sería por un trono, sería por el amor.
A lo largo de sus vidas, amarán con una intensidad que los llevará a tocar el cielo y a enfrentarse a pérdidas que marcarán su historia para siempre.
Descubrirán que no todo amor basta, que no siempre es suficiente querer quedarse, y que hay destinos que se interponen incluso cuando nadie está dispuesto a rendirse.
Mientras fuerzas antiguas despiertan y el poder que duerme en ellos reclaman su lugar, tendrán que decidir qué significa realmente ser fuerte, porque gobernar un imperio es sencillo comparado con proteger aquello que amas, aun cuando amar también tenga un precio.
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12. Advertencia de peligro
Meriselva era diferente a cualquier otro planeta del universo, kncluso antes de descender de la nave podía verse.
Mientras Andovia estaba llena de estructuras elevadas, rutas aéreas y enormes construcciones tecnológicas suspendidas entre los cielos, Meriselva parecía respirar de otra manera.
Era un mundo vivo. Enormes árboles cristalinos se extendían hasta perderse entre las nubes, corrientes luminosas atravesaban bosques enteros como ríos de energía natural y pequeñas partículas doradas flotaban suavemente sobre lagos y jardines.
Siempre había sido considerado uno de los planetas más pacíficos del antiguo Imperio Andotriomerilfesto. Y quizá precisamente por eso, la reina Anymza lo amaba tanto.
- “Mamá, Ymir está caminando raro otra vez”, dijo Zaniah.
La reina giró el rostro apenas y sonrió inmediatamente. Zaniah caminaba a su lado señalando descaradamente a su hermano mellizo. Ymir la miró indignado.
- “No estoy caminando raro”, replicó Ymir.
- “Sí lo haces”, insistió Zaniah.
- “No”, negó Ymir.
- “Sí”, afirmó Zaniah.
- “No”, repitió Ymir.
- “Sí”, alegó Zaniah.
Anymza terminó riéndose suavemente. Ymir cruzó los brazos.
- “No entiendo qué tiene de raro caminar correctamente”, expresó Ymir.
Zaniah hizo una expresión exageradamente seria e imitó su postura, levantó la cabeza, enderezó la espalda y comenzó a caminar con pasos lentos y solemnes.
- “Soy Ymir de SawA, futuro rey de Andovia", imitó con voz profunda. Ymir abrió los ojos horrorizado.
- “¡Yo no hablo así!”, se quejó él.
- “Sí hablas así”, insistió Zaniah.
- “¡No hablo así!”, replicó Ymir.
Anymza soltó una carcajada que hizo que ambos hijos la miraran inmediatamente, por un instante dejó de ser reina, sólo era una madre disfrutando a sus hijos.
Y por un momento, olvidó la posible guerra. La visita a Meriselva tenía un objetivo sencillo. Los reyes de Andovia intentaban que sus hijos aprendieran poco a poco el peso de sus futuras responsabilidades.
No bastaba con enseñar política, historia o estrategia militar. También debían entender por qué protegían a las personas.
Por eso aquella visita estaba enfocada en proyectos educativos y apoyo a niños huérfanos afectados por conflictos menores que aún persistían después de la disolución del antiguo imperio.
Ymir escuchaba atentamente las explicaciones de los representantes locales. Zaniah no, ella estaba jugando con pequeños animales luminosos que revoloteaban cerca de los jardines.
Anymza observaba ambas escenas con una sonrisa suave. Ymir siempre había sido responsable, incluso demasiado. Apenas tenía doce años y ya intentaba comportarse como un adulto. Zaniah era distinta, más libre, más espontánea. Y la reina amaba ambas partes de ellos.
Entonces una punzada extraña atravesó su pecho.
Sus ojos se dirigieron lentamente hacia el cielo. Pensó en Kaleask inesperadamente, en la pequeña niña que había dejado atrás tantos años atrás. La hija que el universo entero creía muerta.
Sintió una tristeza suave atravesarle el corazón, porque Ymir y Zaniah nunca pudieron conocer a su hermana mayor. Y Kaleask nunca conoció a los hermanos que llegaron después.
Las actividades terminaron algunas horas más tarde.
La tarde comenzaba a caer lentamente sobre Meriselva. Ymir caminaba junto a su madre mientras revisaba algunas notas digitales.
- “Mamá”, dijo Ymir. Anymza lo miró.
- “¿Sí?”, preguntó Anymza.
- “¿Cuando sea rey crees que podré hacer las cosas bien?”, consultó Ymir.
La reina sonrió suavemente, porque detrás del joven heredero seguía existiendo un niño.
- “¿Por qué preguntas eso?”, preguntó la reina. Ymir bajó apenas la mirada.
- “Porque papá parece saber siempre qué hacer”, respondió Ymir. Anymza acarició suavemente su cabello.
- "No siempre sabe qué hacer”, dijo ella. Ymir levantó la cabeza sorprendido.
- “¿No?”, inquirió Ymir. Ella negó lentamente.
- “Tu padre sólo intenta seguir adelante incluso cuando tiene miedo”, manifestó Anymza. El niño guardó silencio.
- “¿Y eso es ser fuerte?”, preguntó Ymir. La reina sonrió otra vez.
- “Creo que sí”, dijo Anymza.
Zaniah apareció corriendo en ese instante. Traía varias flores luminosas sujetas torpemente entre las manos.
- “¡Mamá! ¡Ymir! Miren”, dijo Zaniah emocionada. Ymir la observó.
- “Arrancaste plantas”, manifestó Ymir.
- “No las arranqué”, negó Zaniah.
- “Sí las arrancaste”, replicó Ymir.
- “No”, dijo Zaniah.
- “Sí”, insistió Ymir.
Anymza volvió a reír. Y durante un instante pensó algo muy simple, quería que momentos así duraran para siempre.
Las alarmas comenzaron a sonar segundos después. El sonido atravesó todo el complejo. Las risas desaparecieron inmediatamente. La expresión de Anymza cambió completamente.
Soldados comenzaron a correr por los corredores.
Comunicaciones de emergencia aparecieron suspendidas en múltiples proyecciones holográficas.
- “Ataque aéreo. Repito hay un ataque aéreo en marcha. Múltiples firmas desconocidas entrando en la atmósfera”, dijo la voz holográfica que adhería el peligro.
El suelo vibró violentamente. Y entonces una explosión iluminó el cielo.
Ymir tomó inmediatamente la mano de Zaniah. Anymza levantó lentamente la mirada hacia las enormes estructuras aéreas.
Lo que vio hizo que algo frío atravesara su pecho. Eran decenas de naves de Solebato, tal vez cientos.
No estaban atacando por casualidad. No era una incursión pequeña. Era una operación planificada.
Y por primera vez en muchos años, Anymza sintió verdadero miedo, porque aquella vez no estaba protegiendo un reino, estaba protegiendo a sus hijos.