No sé en qué momento exacto mi vida dejó de ser “normal”. A veces pienso que fue un día cualquiera, uno de esos en los que el sol entra por la ventana como si nada pudiera romperse. Pero se rompió. Y no hizo ruido.
Me llamo Dara. Y antes de que todo cambiara, yo era solo una adolescente más con sueños demasiado grandes para mi realidad. Pero mi vida dio un giro de la noche a la mañana. Un giro que me hizo reinventarme, crecer de repente ... pero déjenme contarles algo: No hay dificultades grandes porque los sueños sí se cumplen
NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2 La madre que nadie estaba preparada para ser
Si alguien me hubiera preguntado a los quince años cómo imaginaba mis diecisiete, probablemente habría respondido algo relacionado con libros.
Me habría visto estudiando literatura.
Participando en concursos de escritura.
Publicando relatos en revistas.
Quizás enamorándome por primera vez.
Quizás viajando.
Quizás viviendo la vida que veía en las novelas que tanto amaba.
Jamás habría imaginado que mis días comenzarían con el llanto de un bebé.
Y mucho menos que ese llanto sería lo más importante de mi mundo.
Mateo tenía apenas dos semanas de nacido cuando comprendí que la maternidad no era como la mostraban las fotografías.
Las imágenes enseñaban bebés dormidos, madres sonrientes y habitaciones impecables.
La realidad era muy distinta.
Había noches sin dormir.
Dolores físicos.
Miedo constante.
Lágrimas silenciosas.
Y una sensación permanente de estar haciendo todo mal.
Aquella madrugada estaba sentada en el borde de mi cama, sosteniendo a Mateo contra mi pecho.
Llevaba más de una hora llorando.
Yo también.
—Por favor, amor... por favor... —susurré meciéndolo—. Dime qué te pasa.
Pero él solo lloraba.
Y yo sentía que el corazón se me rompía con cada gemido.
No sabía si tenía hambre.
Si le dolía algo.
Si estaba incómodo.
Si era una mala madre.
Porque esa última posibilidad siempre aparecía en mi cabeza.
Siempre.
Después de varios minutos logró quedarse dormido.
Observé su rostro diminuto.
Sus pestañas largas.
Sus mejillas suaves.
Y las lágrimas volvieron a llenar mis ojos.
Era tan pequeño.
Tan indefenso.
Dependía completamente de mí.
Y yo apenas estaba aprendiendo a cuidar de mí misma.
Mis padres no sabían cómo relacionarse conmigo después del nacimiento de Mateo.
Seguíamos viviendo bajo el mismo techo.
Pero algo había cambiado.
Existía una distancia invisible.
Una barrera que nadie parecía dispuesto a derribar.
Mi madre ayudaba económicamente.
Compraba ropa.
Pañales.
Medicinas.
Pero rara vez cargaba a su nieto.
Mi padre era aún más distante.
Casi nunca hablaba sobre él.
Como si ignorar la situación pudiera hacerla desaparecer.
Aquello dolía.
Mucho.
No solo por mí.
También por Mateo.
Porque merecía ser amado.
Merecía sentirse parte de una familia.
Una tarde, mientras doblaba ropa de bebé en mi habitación, escuché a mis padres discutir en el pasillo.
—No podemos seguir así —dijo mi madre.
—¿Y qué propones?
—Necesita asumir responsabilidades.
Me quedé inmóvil.
—Ya las está asumiendo —respondió mi padre.
—No hablo del niño. Hablo de su futuro.
Silencio.
—No pienso mantenerlos toda la vida.
Aquellas palabras me atravesaron como una cuchilla.
No porque fueran falsas.
Sino porque confirmaban algo que llevaba meses sintiendo.
Yo era una carga.
Mateo era una carga.
Y tarde o temprano tendría que aprender a sobrevivir sola.
Esa noche tomé una decisión.
Terminaría la preparatoria.
Buscaría trabajo.
Y encontraría la manera de darle a mi hijo la vida que merecía.
Aunque tuviera que sacrificar mis propios sueños.
Los primeros meses fueron agotadores.
Durante las mañanas asistía a clases.
Por las tardes cuidaba de Mateo.
Por las noches estudiaba.
Y durante las madrugadas me convertía en una experta improvisada en cambiar pañales, preparar biberones y sobrevivir con apenas unas horas de sueño.
A veces me observaba en el espejo y apenas me reconocía.
Las ojeras se habían vuelto permanentes.
Mi cabello siempre estaba recogido de cualquier manera.
Mis manos olían constantemente a leche, jabón para bebés y desinfectante.
Ya no parecía una adolescente.
Tampoco una adulta.
Vivía atrapada entre ambos mundos.
Demasiado joven para ser madre.
Demasiado madre para seguir siendo una adolescente.
Las cosas empeoraron cuando regresé oficialmente a la escuela.
Los rumores ya se habían extendido.
Todos conocían mi historia.
O al menos la versión que habían inventado.
Algunas personas me observaban con lástima.
Otras con desprecio.
Y algunas simplemente disfrutaban juzgándome.
Recuerdo especialmente una mañana.
Estaba caminando hacia mi aula cuando escuché unas voces detrás de mí.
—Es ella.
—La del bebé.
—Qué desperdicio.
—Tan inteligente que parecía.
Seguí caminando.
Intenté ignorarlas.
Pero cada palabra era una piedra más sobre mis hombros.
Entré al baño apenas sonó el timbre.
Y lloré.
Lloré hasta que me faltó el aire.
Porque nadie conocía la verdad.
Nadie sabía lo que había ocurrido aquella noche.
Nadie sabía cuánto me dolía.
Nadie sabía cuánto luchaba cada día.
Para ellos yo era simplemente otra adolescente que había arruinado su vida.
Esa misma tarde ocurrió algo inesperado.
Una de mis profesoras me pidió que me quedara después de clase.
La profesora Elena.
La única persona que siempre había apoyado mis sueños de convertirme en escritora.
—¿Cómo estás realmente? —preguntó cuando el aula quedó vacía.
Aquella pregunta me sorprendió.
Porque nadie la hacía.
Todos preguntaban por el bebé.
Por los estudios.
Por los problemas.
Pero nadie preguntaba por mí.
Sentí un nudo en la garganta.
—Estoy cansada.
Ella sonrió con tristeza.
—Lo imaginé.
Me senté frente a ella.
Y por primera vez en mucho tiempo hablé con honestidad.
Le conté mis miedos.
Mis dudas.
La culpa.
La vergüenza.
La sensación de estar perdiéndome a mí misma.
La profesora escuchó sin interrumpirme.
Cuando terminé, tomó una hoja de papel que estaba sobre su escritorio.
—¿Sabes qué es esto?
Negué con la cabeza.
—Tu redacción del año pasado.
La reconocí inmediatamente.
Era un relato corto que había escrito para un concurso.
—La guardé porque me gustó mucho.
Sonreí apenas.
—Eso fue hace mucho tiempo.
—No. Fue hace un año.
—Parece una vida entera.
Ella me observó durante unos segundos.
—Dara, no abandones lo que amas.
—No tengo tiempo para escribir.
—Entonces escribe una línea al día.
—Eso no basta.
—A veces una línea puede salvar una vida.
Aquellas palabras quedaron grabadas dentro de mí.
Porque comprendí algo.
Quizás mis sueños estaban dormidos.
Pero no habían muerto.
Todavía no.
Pocas semanas después comencé a buscar empleo.
No fue fácil.
Muchos lugares no querían contratar a una chica de diecisiete años con un bebé.
Otros simplemente ni siquiera respondían.
Algunos encargados me observaban como si estuvieran viendo un problema ambulante.
Y cada rechazo hacía que mi confianza disminuyera un poco más.
Hasta que una tarde encontré un pequeño anuncio pegado en la ventana de una cafetería.
"Se necesita ayudante para turno vespertino."
Leí el papel varias veces.
El lugar parecía acogedor.
Cálido.
Lleno del aroma a café recién hecho y pan dulce.
Por alguna razón sentí una pequeña chispa de esperanza.
Entré.
Detrás del mostrador había un hombre alto organizando algunas bandejas.
Cabello oscuro.
Camisa remangada.
Expresión seria.
Debía rondar los veintisiete años.
Cuando levantó la vista nuestros ojos se encontraron por primera vez.
Yo todavía no lo sabía.
Pero aquel hombre cambiaría mi vida.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó.
Tragué saliva.
—Vi el anuncio del empleo.
Él me observó durante unos segundos.
—¿Tienes experiencia?
—No mucha.
—¿Estudias?
—Sí.
—¿Y por qué buscas trabajo?
La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.
—Porque tengo un hijo.
Por primera vez vi sorpresa en su rostro.
Pero no lástima.
No juicio.
Solo sorpresa.
Y aquello ya era diferente.
—Entiendo.
Miró un formulario sobre el mostrador.
Luego volvió a mirarme.
—Puedes comenzar mañana para una prueba.
Parpadeé.
—¿En serio?
—Sí.
Sentí ganas de llorar.
Otra vez.
Porque llevaba semanas escuchando negativas.
Y aquella simple oportunidad parecía un milagro.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía —dijo con una leve sonrisa—. Primero demuestra que puedes hacerlo.
Sonreí por primera vez en días.
—Lo haré.
—Bien. Entonces nos vemos mañana.
Salí de la cafetería abrazando el formulario contra mi pecho.
Y mientras caminaba hacia casa sentí algo que llevaba mucho tiempo sin sentir.
Esperanza.
Pequeña.
Frágil.
Temblorosa.
Pero esperanza al fin.
Sin imaginar que aquella cafetería sería el escenario donde volvería a encontrarme a mí misma.
Y donde conocería al hombre que, poco a poco, me enseñaría que incluso las almas más rotas merecen ser amadas.
Más valiente 👏👏👏👏👏