Guiada por sueños inquietantes, Elara cruza el límite prohibido y encuentra a Kael, el hombre que ha visto en sus visiones. Lo que parece un encuentro imposible revela un lazo antiguo entre Luz y Sombra, despertando una profecía capaz de traer salvación... o destrucción. ✨🌙
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Capítulo 18 — El tiempo en el refugio
Elara:
El Refugio de los Velos tenía su propio ritmo, una cadencia suave que parecía latir al compás del viento. Los días aquí no seguían ciclos claros; la luz cambiaba como si respondiera a nuestras emociones, y las noches eran suaves mantos de estrellas que danzaban en espirales lentas sobre nuestras cabezas.
Y así, entre esos ciclos imprecisos, el tiempo comenzó a fluir, envolviéndonos.
Sarem nos condujo más allá del claro donde habíamos llegado, hacia un valle cubierto por flores que brillaban incluso bajo la sombra. Allí, pequeñas criaturas correteaban como destellos móviles. Había aves de alas translúcidas que parecían hechas de cristal líquido, y otras más pequeñas con plumas esponjosas que emitían pequeñas notas musicales cuando volaban.
Era un lugar hermoso.
Pero también era un refugio.
Un escondite.
El mundo exterior seguía ardiendo.
La guerra avanzaba.
Y nosotros nos habíamos convertido, sin querer, en el centro de una profecía que nadie esperaba ver cumplida.
“Cuando la sangre de la Luz y la Sombra se unan en deseo y alma, el mundo renacerá… o arderá.”
Sarem la había pronunciado la primera vez que notó los cambios en mi cuerpo, su voz entre reverencia y temor. Y aunque no lo decía abiertamente, podía sentir que dentro de él existía una inquietud profunda.
A veces, cuando creía que yo dormía, lo veía sentado junto a alguna flor luminosa, con los ojos cerrados y las manos apoyadas en el suelo, como si escuchara algo lejos, algo más allá de este plano.
Y Kael…
Él se volvía más protector con cada día.
Me seguía con la mirada incluso cuando estaba a apenas unos pasos de distancia, como si temiera que la mismísima luz del refugio pudiera lastimarme. Cuando dormíamos, su brazo me rodeaba siempre, firme, seguro. Y en las noches en que el Refugio parecía murmurar con voces antiguas, él se despertaba súbitamente, tensando su cuerpo hasta confirmar que seguía allí, conmigo.
Quizás era exagerado.
Quizás era amor.
Quizás era el peso de la profecía aplastándolo desde dentro.
Pero yo también lo sentía crecer.
Ese vínculo.
Ese destino.
Ese pequeño latido doble dentro de mí.
Porque sí…
no era uno.
Eran dos.
Sarem lo confirmó después de varias lunas del refugio, cuando la luz alrededor de mi vientre comenzó a vibrar con dos tonalidades distintas. Una dorada, suave, cálida.
La otra oscura, azulada, profunda.
—Gemelos —dijo Sarem con voz suave—. Uno de la luz. Uno de la sombra. Dos vidas entrelazadas en un mismo origen.
Kael había quedado inmóvil.
Su rostro mostraba emoción y un miedo tan profundo que me dolió verlo.
Yo, en cambio…
sentí una fuerza que no había conocido jamás.
Una certeza.
Eran míos.
Nuestros.
Y no permitiría que el mundo los utilizara para nada.
—¿Sus nombres? —pregunté.
Sarem sonrió con serenidad.
—Cuando nazcan, lo sabrás. Los nombres reales nunca se eligen antes de escuchar su primer aliento.
Yo asentí.
Pero en mi interior, ya podía sentirlos.
Como dos pequeñas estrellas bailando dentro de mí.
Como dos pulsos distintos que se buscaban constantemente, chocando y abrazándose desde antes de abrir los ojos.
Pasaron semanas, quizás meses, en aquel refugio suspendido fuera de todos los tiempos.
Cada día, los Vellin —esas pequeñas hadas— venían a posarse sobre mi vientre, recibiendo la vibración de las dos vidas. Cuando se acercaban al pulso de la luz, brillaban más; cuando se acercaban al pulso de la oscuridad, sus alas se volvían más transparentes.
Liri, el pequeño animal que me había recibido, se convirtió en mi sombra. Dormía a mis pies, caminaba a mi lado, e incluso se subía a mi regazo cuando el cansancio me vencía. Sarem decía que los Liri eran guías de equilibrio. Que mientras yo permaneciera en el refugio, él velaría por nosotros tres.
A veces, cuando me encontraba sola, hablaba con mis hijos.
Les cantaba.
Les contaba historias de mundos que nunca habían visto.
Y en mi interior, sentía respuestas.
Vibraciones sutiles.
Caricias suaves desde el interior.
Pero junto a la ternura, también había un ligero temblor.
Un presentimiento.
Una sombra que se extendía desde la distancia.
No sabía si era la guerra.
Si era Aeryn.
O si era el mundo mismo preparándose para su renacimiento…
o su ruina.
Kael:
Vivir en el refugio era como pelear contra mí mismo todos los días.
La calma me irritaba.
El silencio me inquietaba.
Pero al mismo tiempo…
Elara y nuestros hijos eran lo único que realmente importaba.
Y ver su vientre crecer en este lugar seguro era una dulzura que pocas veces la vida me había permitido sentir.
Su luz se volvía más intensa.
Y mi sombra… más profunda.
No por oscuridad destructiva, sino porque la fuerza que sentía por ellos iba más allá de cualquier límite que hubiera conocido.
Elara caminaba descalza entre las flores mientras yo la seguía algunos pasos detrás. Me encantaba cómo se movía, cómo reía al ver a las hadas posarse en su cabello, cómo acariciaba a Liri con esa paciencia cálida que yo jamás había tenido.
Pero también me aterraba pensar en lo que venía después.
Una profecía antigua no era un destino sencillo.
Y cargar con luz y sombra a la vez…
no era para débiles.
Una noche —o lo que aquí se sentía como noche— no pude dormir.
Me levanté, dejando a Elara envuelta en la luz azul de las flores, y fui a perseguir mis pensamientos hacia el borde del refugio.
Sarem me esperaba allí.
—Lo sabía —dijo, sin girarse—. Sabía que vendrías a buscar respuestas.
Chasqueé la lengua.
—Entonces dímelas.
—No puedo darte certezas —respondió con voz tranquila—. Pero puedo decirte lo que veo. Lo que siento. Lo que presiento.
—Hazlo.
Sarem me miró.
Sus ojos brillaban con un cansancio profundo.
—Tus hijos serán un faro. Dos fuerzas encarnadas. No habrá equilibrio en el mundo sin ellos.
—¿Y si no desean ese destino? —pregunté con un gruñido.
—Los destinos no se aceptan. Se desafían. Y ellos tendrán tu fuerza… y su luz. No temas lo que serán. Teme lo que otros intentarán hacer con ellos.
Me tensé.
Pensé en el rostro de Aeryn, en cómo había mirado a Elara, en cómo había desaparecido siendo absorbido por la grieta.
—Regresará —susurré.
—Sí —respondió Sarem—. Y no será el único.
Respiré hondo.
La oscuridad dentro de mí vibró.
No de rabia.
De decisión.
—Entonces no saldremos de aquí —dije—. No hasta que los niños nazcan.
—Eso es exactamente lo que el refugio desea —respondió Sarem—. Por eso los aceptó. Por eso los protege.
Él posó una mano en mi hombro. Era extraño cómo un gesto tan simple podía calmar incluso la parte más salvaje de mí.
—Kael —dijo con voz más suave—. Lo estás haciendo bien.
Me quedé quieto.
Ese tipo de palabras no solían dirigírmela.
—Cuando llegue el momento —añadió—, tendrás que dejar que el mundo los vea. Pero por ahora… solo sé su guardián.
Lo miré.
Y por primera vez, entendí que Sarem no estaba allí para guiarnos solamente.
Estaba allí para prepararnos.
Elara:
Días después, mientras caminaba bordeando el arroyo cristalino que cruzaba el valle, algo cambió.
El aire vibró.
Mis hijos se agitaron dentro de mí.
Pero no era dolor.
Era una inquietud.
Una llamada.
Los Vellin se detuvieron en el aire.
Liri levantó sus orejas.
Y Sarem apareció de inmediato.
—Elara —dijo—. Ven. Es momento de que descanses. Tu cuerpo se está preparando.
Mi corazón latió con fuerza.
¿Ya?
¿Era posible?
Miré hacia Kael, que caminaba a mi lado.
Su expresión se endureció.
Pero su mano se aferró a la mía con una firmeza absoluta.
—No te dejaré —afirmó.
—Lo sé —le respondí con una sonrisa suave.
Caminamos juntos hacia el claro donde habíamos llegado la primera vez.
Las flores se abrieron como si nos estuvieran dando la bienvenida.
El aire se volvió más cálido.
El Refugio nos envolvió.
Los Vellin formaron un círculo alrededor.
Liri se acurrucó contra mi vientre.
Y el mundo entero pareció quedar en silencio…
esperando.
Porque cuando los hijos de la luz y la sombra nacieran, el destino del mundo cambiaría.
Para renacer.
O para arder.