Rosalind Lancaster lleva diez años atormentada por una pesadilla que se repite una y otra vez.
Una boda.
Un hombre de ojos color malva.
Una noche de terror.
Y una muerte tan cruel que aún puede sentir el dolor al despertar.
Convencida de que aquellos sueños son recuerdos de una vida pasada, Rosalind ha jurado no volver a casarse jamás. Sin embargo, la presión de su familia aumenta cada día, y un matrimonio arreglado con un hombre mucho mayor parece inevitable.
Cuando su mejor amiga le propone un trato inesperado, Rosalind cree haber encontrado la solución perfecta: contraer un matrimonio temporal con Damien Blackwood, el frío y poderoso heredero de una de las familias más influyentes del país. Él necesita una esposa para reclamar un importante fideicomiso; ella necesita escapar de un destino que detesta.
Es un acuerdo simple.
Un año de matrimonio.
Sin amor.
Sin sentimientos.
Sin interferir en la vida del otro.
Pero convivir con Damien resulta mucho m
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 12
Rosalind
No dormí.
Ni un solo minuto.
Toda la noche permanecí acostada con los ojos abiertos, observando el techo de aquella inmensa habitación mientras la sensación de inquietud no hacía más que crecer.
No era miedo.
O quizá sí.
Era algo peor.
Era la certeza de que aquella casa despertaba recuerdos que mi mente se negaba a aceptar.
Cada rincón me resultaba familiar.
Cada crujido de la madera.
Cada corriente de aire.
Como si hubiera vivido allí antes.
Como si aquella mansión me conociera mejor de lo que yo la conocía a ella.
A través de la puerta escuchaba a las empleadas comenzar su jornada.
Sus voces eran apenas un murmullo.
—Dicen que la nueva señora Blackwood es muy hermosa.
—¿Habrá sido tímida anoche?
—Seguro el señor Damien no la dejó dormir.
—Dicen que el señor es muy reservado...
Rodé los ojos.
Si supieran la verdad...
Giré discretamente hacia la otra cama.
Damien seguía completamente inmóvil.
Dormía boca arriba con una tranquilidad que hasta me daba un poco de envidia.
Ni siquiera cambiaba de posición.
Por un momento pensé que, si no fuera porque respiraba con calma, cualquiera podría creer que estaba muerto.
Los primeros rayos del sol comenzaron a filtrarse por la ventana.
Me incorporé lentamente.
En ese mismo instante Damien abrió los ojos.
Sin sobresaltarse.
Como si hubiera sabido exactamente cuándo amanecería.
—No salgas todavía.
Lo miré confundida.
—¿Por qué?
—Sería extraño. Espera unos minutos.
Asentí.
Tenía razón.
Se estiró con calma, tomó un libro del pequeño buró y comenzó a leer como si aquella fuera una mañana cualquiera.
Momentos después fue al baño.
Cuando salió ya estaba completamente arreglado.
—¿Te desperté?
Negó tranquilamente.
—Siempre despierto a esta hora.
Me observó unos segundos.
—Por lo que veo... tú no eres de buen dormir.
Bajé la mirada.
—No.
No preguntó nada más.
Y agradecí profundamente su silencio.
Empujamos ambas camas hasta unirlas nuevamente.
Después arrugué un poco el camisón, tal como él me había indicado.
Las cobijas quedaron deliberadamente desordenadas.
Pocos minutos después llamaron a la puerta.
Entraron Rosa y otras dos empleadas.
Damien habló antes de que cualquiera pudiera decir algo.
—A partir de hoy Rosa será la única encargada de nuestra habitación.
Las otras dos hicieron una reverencia.
—Sí, señor.
Cuando salieron, Rosa comenzó a ordenar discretamente todo.
Nosotros abandonamos la habitación.
---
La terraza principal estaba bañada por la luz de la mañana.
El aire fresco movía suavemente los árboles y, por primera vez desde que llegué, la villa parecía menos intimidante.
Nos sirvieron café, pan recién horneado, frutas, huevos y mantequilla.
Damien abrió el periódico.
Yo tomé una taza de té.
Permanecimos varios minutos en absoluto silencio.
Hasta que él habló.
—¿No tomas café?
Negué.
—No me gusta.
Bajó lentamente el periódico.
—¿Cómo puedes vivir sin café?
—Así como tú vives sin azúcar.
Él observó mi taza.
—Le pusiste tres cucharadas.
—Cuatro.
—Eso ya no es té.
—Claro que sí.
—Es un postre caliente.
Sonreí.
—Al menos sabe bien.
Él bebió un sorbo de su café completamente negro.
Hizo una expresión satisfecha.
—Esto sí sabe bien.
Lo miré con evidente desagrado.
—Debe saber a carbón.
—Tiene carácter.
—Tiene resentimiento.
Damien soltó una pequeña risa.
—No esperaba menos de alguien que eligió un pastel de chocolate solo para fastidiarme.
—Funcionó.
—Lo sé.
—¿Todavía lo recuerdas?
—Todavía puedo sentir el exceso de azúcar.
—Qué sensible.
—Qué cruel.
Tomé una uva del plato de frutas.
—¿Siempre desayunas leyendo el periódico?
—Sí.
—Qué aburrido.
—¿Y tú siempre hablas tanto por las mañanas?
—Solo cuando alguien parece una estatua.
Él levantó una ceja.
—¿Me estás llamando aburrido?
—No.
Hice una pausa dramática.
—Estoy diciendo que una estatua tiene más expresiones faciales que tú.
Damien dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—Eso ha sido ofensivo.
—Era la intención.
—Voy a despedir al cocinero.
Fruncí el ceño.
—¿Qué culpa tiene él?
—Preparó un desayuno para una mujer muy grosera.
No pude evitar reír.
Él volvió a esconderse detrás del periódico.
Pero esta vez noté algo.
Una leve sonrisa.
Muy pequeña.
Casi imperceptible.
---
Después del mediodía reuní el valor suficiente para acercarme al laberinto.
Necesitaba demostrarme que mis pesadillas no eran reales.
Cuando estaba por entrar escuché una voz.
—Rosalind.
Me giré.
Stefan Blackwood.
—Buenas tardes.
—¿Damien no está?
—Salió esta mañana.
—Lo imaginé.
Sonrió.
Aquella sonrisa nunca terminaba de inspirarme confianza.
—¿Te gustaría caminar un poco?
Acepté únicamente porque varios jardineros trabajaban cerca.
No quería acercarme al laberinto con él.
Mientras caminábamos, Stefan hablaba de negocios, caballos y viajes.
Yo respondía con frases cortas.
Algo en él me hacía permanecer alerta.
Por fin la residencia apareció frente a nosotros.
Y justo en ese momento vi entrar el Rolls-Royce negro de Damien.
Nunca imaginé que me alegraría tanto verlo.
Se bajó del automóvil.
Primero me miró a mí.
Luego a Stefan.
Después se acercó y extendió la mano.
La tomé inmediatamente.
Él entrelazó nuestros dedos con total naturalidad.
—Stefan.
—Damien.
—¿Necesitabas algo?
—Solo quería saber si estaban bien.
—Estamos perfectamente.
La conversación terminó pocos minutos después.
Stefan se marchó.
Solo entonces Damien soltó mi mano.
—¿Qué hacías caminando con mi hermano?
—¿Celoso?
—No.
—Sonó bastante celoso.
—Sonó bastante imprudente.
—Solo hablábamos.
—¿Y de qué?
—De caballos.
—Qué emocionante.
—También de negocios.
—Muchísimo peor.
Sonreí.
—Debo admitir algo.
—¿Qué?
—Es bastante aburrido.
Damien cruzó los brazos.
—Te lo advertí.
—Cinco minutos más y me explicaba la historia de cada árbol de la propiedad.
Él soltó una risa.
—Eso sí sería muy propio de Stefan.
—Creo que hasta los árboles se habrían dormido.
—Ellos ya lo conocen.
Lo golpeé suavemente con el hombro.
—Qué mal hermano eres.
—Soy sincero.
Entramos juntos a la casa todavía discutiendo.
Y, por primera vez desde que llegué a la villa, el enorme silencio del lugar ya no me parecía tan pesado.
---
Sin embargo, la tranquilidad terminó cuando cayó la noche.
El sueño llegó sin que pudiera evitarlo.
Corría.
Descalza.
El suelo húmedo lastimaba mis pies.
El laberinto de rosas era inmenso.
Mucho más grande que el de la villa.
No encontraba la salida.
Giraba una esquina.
Luego otra.
Siempre regresaba al mismo lugar.
Las rosas blancas comenzaban a cambiar de color.
Primero una.
Después diez.
Luego cientos.
Los pétalos absorbían lentamente una sustancia roja y espesa.
Sangre.
Toda la sangre del jardín corría por los tallos como si las flores estuvieran vivas.
El aroma dulce de las rosas desapareció.
Ahora solo olía a hierro.
A muerte.
Seguí corriendo.
Detrás de mí escuchaba pasos.
Lentos.
Constantes.
Alguien me seguía.
Pero cada vez que volteaba no había nadie.
Entonces comenzó el llanto.
Un bebé.
Lloraba desconsoladamente.
El sonido provenía de todas partes.
De la derecha.
De la izquierda.
Detrás de mí.
Encima de mí.
Me tapé los oídos.
Era imposible escapar.
Hasta que el llanto cesó.
El silencio fue aún más aterrador.
Frente a mí apareció una pequeña cuna blanca.
Completamente sola en medio del laberinto.
Me acerqué temblando.
Dentro descansaba un bebé envuelto en una manta.
Extendí lentamente la mano.
Entonces abrió los ojos.
Negros.
Tan negros que parecían devorar la luz.
El bebé sonrió.
Pero aquella sonrisa no era la de un recién nacido.
Era la sonrisa de alguien que me conocía.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
Quise retroceder.
No pude.
Las rosas comenzaron a cerrarse a mi alrededor.
Las espinas crecían.
Subían por mis piernas.
Por mis brazos.
Escuché una voz masculina susurrar muy cerca de mi oído.
—Esta vez... tampoco podrás escapar.
—¡Rosalind!
Abrí los ojos de golpe.
Respiraba con dificultad.
Tenía el rostro cubierto de lágrimas.
Damien sostenía mi hombro con firmeza.
Su expresión, por primera vez desde que lo conocía, mostraba auténtica preocupación.
—Era un sueño.
No respondí.
Lo primero que vi fueron sus ojos.
Negros.
Exactamente del mismo color que los del bebé de mi pesadilla.
Y durante unos segundos fui incapaz de distinguir si ya había despertado...
O si la pesadilla apenas estaba comenzando.
en su propia casa, con su familia...
aquí hay un gatote bien encerrado... 😰😱😭
esto está de Lokos 😰😱
hay no que 💩😰😱