NovelToon NovelToon
En Las Garras Del Villano

En Las Garras Del Villano

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: syv

Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.

Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.

Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.

Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.

Porque algunos personajes no quieren un final feliz.

Quieren existir.

NovelToon tiene autorización de syv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13 — “Mara y Alessio”

El teléfono sonó cuando Valeria estaba mirando la grieta del techo, contando las horas que llevaba sin hacer nada, sin escribir nada, sin ser nada.

—Tienes que conocerlo. Hoy. Ahora. No acepto un no.

La voz de Mara sonaba distinta. Más aguda. Más urgente. Como si hubiera estado conteniendo algo y, de repente, se le hubiera roto la compuerta.

—¿Conocer a quién? —preguntó Valeria, aunque ya sabía la respuesta.

—A Alessio. El italiano. El de la galería. El que te dije que tenía sonrisa de no arrepentimiento. Pues resulta que sí se arrepiente, pero de no haberlo hecho antes. O algo así. No sé, estoy nerviosa, no me hagas caso.

Valeria sonrió. Era imposible no hacerlo.

—¿Y qué pinto yo ahí?

—Eres mi mejor amiga. Pintas la función de evaluar, aprobar o descuartizar según corresponda. Además —Mara bajó la voz—, necesito a alguien que me pise los frenos si empiezo a decir idioteces.

—¿Tú? ¿Decir idioteces? Nunca.

—Cállate. ¿Vienes o no?

Valeria miró el ordenador. La palabra “Pronto” seguía ahí, en el centro de la pantalla. Debajo, la línea que había aparecido hacía dos días:

Estoy aquí. Siempre estuve.

El olor seguía siendo un rastro. Un recuerdo. Nada más.

—Sí —dijo—. Voy. ¿Dónde y cuándo?

—En el bar de la esquina de la galería. A las nueve. Y ponte algo bonito, que el italiano no está mal y quiero que vea que tengo amigas con estilo.

—Tengo un jersey con un agujero en la manga. ¿Eso cuenta?

—Cuenta como boicot. Y te mato. Nueve. No llegues tarde.

Colgó.

Valeria se quedó un momento con el teléfono en la mano, escuchando el silencio que había llenado la habitación después de la llamada.

Mi mejor amiga enamorada, pensó.

Qué bonito. Qué asco. Qué envidia.

Pero no era envidia mala. Era otra cosa. Ese vacío que no sabía llenar. Ese hueco exacto donde debería estar alguien que la mirara como Mara iba a ser mirada esa noche.

Se levantó, fue al armario y buscó algo sin agujeros.

El bar quedaba en una calle estrecha del centro, con luces amarillas, mesas de madera y ese olor a vino y aceitunas que tenían los sitios donde la gente iba a enamorarse.

Valeria llegó cinco minutos tarde, adrede, para no ser la primera.

Ya estaban ahí.

Mara, sentada de frente a la puerta, con ese brillo en los ojos que solo aparecía cuando algo le importaba de verdad. El pelo suelto, más alborotado de lo normal, como si hubiera pasado la mano mil veces por él.

Y a su lado, un hombre.

Alessio.

Valeria lo evaluó mientras cruzaba la sala.

Treinta y tantos. Pelo oscuro, un poco largo, con esas ondas que parecen descuidadas pero no lo son. Mandíbula marcada. Esa forma de sentarse de quien ocupa el espacio sin disculparse.

Llevaba una chaqueta de ante, gastada en los codos, y una camisa blanca abierta en el cuello. La chaqueta no era nueva, pero parecía cara. O cara de vieja, que es otra forma de caro.

La miraba.

No con hostilidad, sino con esa intensidad de los italianos que parece que te están leyendo la historia clínica.

Cuando sonrió, Valeria entendió por qué Mara estaba nerviosa.

—Llegas tarde —dijo Mara cuando Valeria se sentó—. Te presento a Alessio. Alessio, esta es Valeria, la escritora que te dije.

—La ermitaña —dijo Alessio.

Su sonrisa era un poco arrogante, un poco divertida.

—¿Ermitaña? —Valeria levantó una ceja.

—Mara dice que nunca sales de casa. Que solo escribes y escribes y a veces ni contestas los mensajes.

—Mara habla demasiado.

—Lo sé.

Alessio miró a Mara con una expresión que era todo lo contrario de arrogante.

—Por eso me gusta.

Valeria sintió algo en el pecho. Un pellizco. Nada doloroso, solo una conciencia repentina de lo que estaba viendo: alguien mirando a su mejor amiga como si fuera la única persona en la habitación.

Así que esto es. Así se siente.

—¿Vino? —preguntó Alessio, señalando la botella.

—Sí, gracias.

Él llenó su copa con naturalidad, como si llevar la cuenta de las copas de los demás fuera algo que hacía siempre.

Valeria lo observó un momento: las manos grandes, los dedos largos, una pequeña cicatriz en el dorso, justo donde termina la muñeca.

Detalles que no venían al caso, pero que ella registraba sin querer. Por oficio. Por esa manía de los escritores de guardar información para después.

—Alessio trabaja en la galería de la plaza —dijo Mara—. La que tiene esa exposición de fotografía que te gustó.

—¿La de los paisajes industriales? —preguntó Valeria.

—Esa misma.

Alessio asintió.

—Yo curé esa muestra.

—¿Tú? Estaba muy bien. Sobre todo la serie de las fábricas abandonadas. Esa luz…

—La luz era lo más difícil. Tuvimos que esperar tres meses a que llegara el invierno para que entrara justo por ese ángulo.

—¿Tres meses por una foto?

—Por veinte fotos. Y valió la pena.

Valeria bebió un sorbo de vino.

El tipo sabía de lo que hablaba. No era un relaciones públicas disfrazado de curador.

Era el real.

—¿Y cómo acabaste en Madrid? —preguntó.

Alessio se encogió de hombros.

—Una exposición. Hace tres años. Iba a ser temporal, pero luego conocí gente, me ofrecieron trabajo y, cuando quise darme cuenta, ya había pasado un año. Y luego otro.

—¿Y no echas de menos Italia?

—Sí. Pero Madrid tiene algo.

Buscó la palabra con la mano, como si pudiera atraparla en el aire.

—No sé. La luz. La gente. Que todo el mundo habla contigo como si te conocieran de toda la vida.

Mientras hablaba, Valeria observaba.

La forma en que miraba a Mara cuando ella no miraba. La manera en que movía las manos al hablar, dibujando formas en el aire. Cómo bajaba la voz cuando decía algo solo para ella.

—En Milán —continuó Alessio—, todo el mundo cree que entiende de arte. Aquí la gente pregunta, duda, quiere saber. Es más honesto.

—O más ignorante —apuntó Valeria.

—También. Pero la ignorancia se puede curar. La prepotencia, no.

Mara rió.

Una risa suelta, libre, que Valeria no le oía desde hacía años. Como si el aire le hiciera cosquillas por dentro.

La cena avanzó entre vino, tapas y conversaciones que iban y venían.

Hablaron de la exposición, de los precios del arte, de lo difícil que era vivir de algo que te gustaba.

Alessio contó que su familia tenía una pequeña bodega en el Piamonte, que de niño pasaba los veranos entre viñedos y que el vino que estaban bebiendo no era nada comparado con el de su tío.

—Eso suena a postureo de italiano —dijo Valeria.

—Es postureo de italiano, sí. Pero también es verdad.

Mara lo miró con esos ojos.

Valeria los vio.

La forma en que se le iluminaba la cara. La manera en que se inclinaba hacia él sin darse cuenta.

Normal.

Gente normal con una historia normal. Conocerse, gustarse, quererse.

Así de sencillo.

Pero no era sencillo. Nunca lo era.

Y ella lo sabía mejor que nadie.

—¿Y tú? —preguntó Alessio en un momento, mirándola fijamente—. Mara dice que escribes novelas de amor.

—De amor oscuro. No es lo mismo.

—¿En qué se diferencian?

—En que, en el amor oscuro, la gente hace cosas horribles y aun así quieres que terminen juntos.

Alessio la miró un momento.

Luego sonrió de esa forma que tenía, medio arrogante, medio curiosa.

—Suena a que sabes de lo que hablas.

—Solo escribo. No vivo.

—Mentira.

La palabra cayó sin peso, sin acusación. Solo un hecho.

—Nadie escribe así sin saber.

Valeria no respondió.

Bebió otro sorbo de vino.

Mara la miró.

Solo un segundo.

Pero Valeria lo sintió.

Fue después del postre, cuando ya habían pedido la cuenta y Alessio había ido al baño, que la conversación giró hacia lo personal.

—Hablando de cosas importantes —dijo Mara, con ese tono que usaba cuando iba a soltar algo que llevaba días guardando—. ¿Te acuerdas de lo del mote?

Valeria parpadeó. El cambio de tema la pilló desprevenida.

—¿Qué mote?

—El nuestro. El de la playa. Hace dos años.

Valeria buscó en su memoria.

Nada.

Un espacio vacío donde debería haber algo.

—Estábamos las dos mirando el mar —dijo Mara. Su voz se volvió más lenta, como si estuviera viendo la escena—. Tú dijiste que el amor de verdad se parecía a eso: a algo que viene y va, pero siempre vuelve. Y que, cuando me pasara, lo sabría porque cada vez que pensara en él respiraría hondo. Como un suspiro.

Silencio.

—Dijiste que si yo me enamoraba de verdad, si era de esas veces que se te paraliza el estómago y no puedes pensar en otra cosa, le llamaríamos “el suspiro”.

Valeria abrió la boca.

Quería decir algo gracioso. Un desvío, una broma, cualquier cosa que rompiera el silencio.

No salió nada.

—¿Val?

—No…

La voz le salió pequeña, como si no estuviera segura de que existía.

—No me acuerdo.

Mara esperó.

La sonrisa se fue desdibujando de su cara.

—¿En serio? Fue un momento importante. Las dos, borrachas de vino barato, haciendo promesas de amigas.

—Lo siento. No me acuerdo.

La frase quedó flotando entre las dos.

Alessio volvió a la mesa. Notó el cambio de aire inmediatamente. Miró de una a otra, sin preguntar, solo esperando.

—¿Todo bien? —preguntó al fin.

—Sí, sí —dijo Mara, y su sonrisa volvió a su sitio como si nada—. Cosas de amigas. ¿Pagamos?

Pagaron.

Salieron a la calle.

La noche de Madrid estaba templada, con ese aire de primavera que olía a jazmines y a gasolina.

Alessio las acompañó hasta la boca del metro.

—Ha sido un placer —dijo.

Besó a Valeria en las dos mejillas, a la europea.

—Mara tiene razón. Eres rara. Pero buena rara.

—Gracias… creo.

—Ha sido un cumplido.

Sonrió.

Luego miró a Mara de una forma que no dejaba dudas.

—¿Te llamo mañana?

—Sí.

Se separaron.

Mara y Valeria caminaron un trecho juntas, hacia el metro de Valeria.

El silencio entre ellas era diferente al de antes.

Más pesado.

—Bueno —dijo Mara al fin—. ¿Qué tal?

—Bien. Me cae bien.

—¿Sí?

—Sí. Es arrogancia de la buena. De la que se quita cuando tiene que quitarse.

Mara asintió, contenta.

Caminaron unos metros más.

—Val.

—¿Mmm?

—¿Seguro que estás bien?

La pregunta cayó como una piedra en agua quieta.

—Sí. Bien. ¿Por qué?

—Por lo de antes. Lo del mote. No es solo eso. Últimamente… no sé. Estás distinta. Como si estuvieras en otro sitio.

Valeria quiso decir algo.

Una broma. Una salida. Un “no te preocupes”.

Pero las palabras no llegaban.

—Son cosas del libro —dijo al final—. Mucha presión. Ya sabes.

—Ya.

Llegaron a la boca del metro.

Se abrazaron.

El abrazo de Mara fue más largo de lo normal, más fuerte. Como si quisiera asegurarse de que Valeria seguía ahí.

—Hablamos mañana, ¿vale?

—Vale.

Mara se perdió escaleras abajo.

Valeria se quedó un momento quieta, mirando el hueco donde había desaparecido.

Luego empezó a caminar hacia casa.

El apartamento la recibió con su silencio habitual.

Pero cuando abrió la puerta, cuando cruzó el umbral, algo fue diferente.

El olor.

Ozono.

Tormenta.

Él.

La golpeó antes de que pudiera pensar, antes de que pudiera prepararse.

No era un rastro, como los últimos días.

Era él.

Entero.

Presente.

Como si hubiera estado esperando a que ella volviera para reclamar el espacio.

Llenaba el pasillo, la sala, el dormitorio.

Todo.

Como si alguien hubiera roto un frasco de esencia de él y lo hubiera esparcido por cada rincón.

La marca pulsó.

Fuerte.

Como un corazón que vuelve a la vida después de un paro.

Valeria se quedó quieta en la puerta.

Sin cerrar.

Sin moverse.

El olor la envolvía.

La penetraba.

Le recordaba cosas que no sabía que había olvidado.

Él está aquí.

En alguna parte.

O acababa de irse.

O nunca se había ido.

Ella no lo sabía.

Pero el olor no mentía.

Cerró la puerta despacio.

Se apoyó contra ella.

Cerró los ojos.

Y respiró.

Hondo.

Como un suspiro.

1
Maria Jose Cardozo
Me encanta, es tan atrapante, y con una historia que te atrapa y te deja esperando por más. Muchas felicidades a la autora por esta bella historia.
Andy
muy bueno
Andy
por favor 😭 autora quiero más nesesito más 🤭 🤣no me dejes en suspenso 👏muy buen trabajo ☺️
Lidy Martines
no te preocupes pero me agradaría leer tus novelas eres una terriblemente magnífica autora de villanos guaperrimos
Lidy Martines: me encanta
total 1 replies
Nata
literal así ando con esta novela
Nata
en fin si ella está perdida yo más, ya no le veo pata ni cabeza a esto
yoly: Hola, lo siento si te perdí un poco, es que no me gustaba lo que había escrito antes y estuve editando los capítulos, lamento confundirte 🥹
total 1 replies
Nata
esta novela está llena de mucho misterio realmente casi no entiendo nada
Nata
es el amigo con derechos o como? ando más perdida
Iris
cómo es pronto editorial 🤔
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play