Si me hubieran dicho que conocer y amar a ese hombre me llevaría hasta la muerte… aun así lo elegiría, una y mil veces, hasta mi último aliento.
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Capítulo 14
El último día en Resfriado se sintió agridulce. El sol, tan generoso durante su estancia, parecía despedirse con una melancolía que Alejandra compartía. Los días de risas, de mar, de conversaciones íntimas y de la cálida compañía de su familia habían pasado volando. Para Francis, la experiencia había sido reveladora. Se había sumergido en la autenticidad del pueblo con una facilidad que sorprendió a todos, especialmente a Alejandra.
Después de un emotivo desayuno en el que Doña Elena les preparó sus platos favoritos, llegó el momento de las despedidas. El abrazo de su madre fue largo y reconfortante, lleno de ese amor incondicional que solo una madre puede ofrecer.
—Cuídate mucho, mi niña —susurró Doña Elena al oído de Alejandra—. Y cuida a Francis. Es un buen hombre.
Las palabras de su madre, que al principio había mostrado cierta cautela, llenaron el corazón de Alejandra de una inmensa felicidad. Sentía que Francis había pasado la "prueba". Tío Ramón y Tía Marta, junto con Carolina, también se despidieron con afecto.
Carolina, a pesar de la alegría general, se veía un poco más seria, con una mirada velada que Alejandra atribuyó a su secreto con Andrés. No hubo mención alguna sobre el tema, pero Alejandra le dio un abrazo extra fuerte a su prima, una muestra silenciosa de apoyo.
Francis se despidió de Doña Elena con un respetuoso beso en la mano y una promesa. —Volveremos pronto, Doña Elena. Y esta vez, nos quedaremos más tiempo.
La mirada de Doña Elena se suavizó, y una sonrisa genuina iluminó su rostro. —Serán siempre bienvenidos, joven Francis.
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El camino de regreso a Eldoria fue un contraste total con el viaje de ida. La euforia de la aventura se había transformado en una reflexión más profunda. Alejandra se acurrucó contra Francis en el asiento del copiloto, su cabeza apoyada en su hombro, observando cómo el paisaje de campos y casas rústicas se transformaba lentamente en edificios altos y el bullicio de la ciudad.
—Fue increíble, Francis —murmuró ella, sintiendo la comodidad de su presencia.
—Lo fue, mi amor —respondió él, su mano acariciando su cabello—. Tu familia es maravillosa. Y tu pueblo... tiene un encanto único. Me alegra haber podido compartirlo contigo.
Alejandra levantó la vista, sus ojos llenos de gratitud. —Significa mucho para mí que hayas venido. Despejó muchas dudas.
Francis la besó suavemente en la frente. —Nunca más dudes de mí, mi amor. Te amo.
Pero a pesar de las palabras de amor y la tranquilidad que Francis le ofrecía, una pequeña punzada de inquietud permanecía en el corazón de Alejandra. La mención de "dudas" por parte de su madre, la mirada melancólica de Carolina, y el recuerdo de los celos de Francis, le recordaban que la vida, incluso con el amor, no era un cuento de hadas sin complicaciones.
Sin embargo, en ese momento, decidió dejarse llevar por la felicidad que sentía. El amor de Francis era palpable, y eso era todo lo que importaba.
Al llegar al apartamento, el agotamiento del viaje se hizo sentir. Francis se aseguró de que Alejandra estuviera cómoda antes de ir a su propio apartamento, prometiendo verla al día siguiente.
Alejandra desempacó con una sensación extraña. Las ropas con aroma a campo, el collar de plata que Francis le había regalado, todo parecía fuera de lugar en la sofisticación de su hogar en Eldoria.
La primera persona a la que llamó fue a Lucía. Su amiga, con su habitual energía, estaba impaciente por escuchar los detalles.
—¡Alejandra! ¡Por fin! ¡Cuenta, cuenta! ¿Cómo te fue? ¿Francis pasó la prueba de fuego? —la voz de Lucía vibraba de emoción.
Alejandra se sentó en el sofá, una sonrisa suave en sus labios. —Lu, fue increíble. Francis se portó como un rey. Mi madre lo adora. Mis tíos, mi prima Carolina... todos quedaron encantados. Se adaptó como si hubiera vivido allí toda su vida. Ayudó en el campo, jugó dominó, se reía con todos. Incluso me compró un collar precioso en el mercado.
—¡No me digas! —exclamó Lucía, sorprendida—. ¿Francis con los pies en la tierra? ¿Lavando platos? Eso es un milagro, amiga. Tal vez no es tan intocable como pensábamos.
Alejandra rió. —Es que es diferente, Lu. Cuando está conmigo, es... él. No es el empresario de exitos, sino Francis, el hombre que amo.
Luego, con un tono más serio, Alejandra le contó el incidente con Roberto y los celos de Francis.
—¿Celos? ¿Francis celoso? —Lucía se quedó en silencio por un momento, un tono de sorpresa en su voz—. Eso es... inesperado. Pero también es una señal, ¿no crees? Significa que le importas de verdad. Los hombres celosos son un poco molestos, pero al menos sabes que estás en su radar.
Alejandra asintió, aunque Lucía no pudiera verla. —Sí, supongo. Pero fue un poco intenso.
Finalmente, Alejandra le confesó el secreto de Carolina.
—¡¿Qué?! ¡¿Carolina con el hijo del alcalde?! ¿Un hombre casado y con hijos? —Lucía exclamó, su voz llena de incredulidad—. ¡Alejandra, eso es un desastre esperando a suceder!
—Lo sé, Lu. Estoy muy preocupada por ella. Ella dice que lo ama y que él va a dejar a su esposa.
—Siempre dicen lo mismo, amiga —dijo Lucía, con un tono de sabiduría que a veces sorprendía a Alejandra—. Ten cuidado. El amor es ciego, pero el chisme en un pueblo pequeño es más rápido que un rayo. Espero que Carolina se dé cuenta antes de que sea demasiado tarde.
La conversación con Lucía la dejó con una mezcla de alegría por la experiencia y una renovada preocupación por su prima. Lucía, a pesar de su entusiasmo, siempre lograba aterrizarla con su pragmatismo.
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Al día siguiente, Alejandra decidió visitar a su hermano Javier. Aún recordaba las palabras de advertencia de él, y quería contarle cómo Francis había superado todas las expectativas.
Javier la recibió con un abrazo apretado. —¡Hermana! Me alegra verte de vuelta. ¿Cómo te fue en Resfriado? Mamá me llamó.
—¿Mamá te llamó? —preguntó Alejandra, un poco sorprendida.
—Sí. Me dijo que Francis es un encanto, un caballero, y que se portó de maravilla. Que se adaptó al pueblo como pez en el agua.
Las palabras de Javier, repitiendo la opinión de su madre, fueron como un calmante para Alejandra.
—Lo es, Javier. Es maravilloso. No tenías nada de qué preocuparte. Tus "dudas" eran infundadas.
Javier sonrió, pero su mirada aún guardaba una pizca de escepticismo. —Me alegra escuchar eso, hermana. Realmente espero que así sea. Mi única preocupación es tu felicidad.
—Lo sé, y lo aprecio —dijo Alejandra, abrazándolo—. Pero te aseguro que Francis es el hombre adecuado para mí.
Javier suspiró. —Bueno, si mamá lo aprueba, debe ser un santo. Ella es difícil de complacer.
Ambos rieron. Javier, aunque aún mantenía una actitud protectora, parecía genuinamente aliviado. Alejandra se sintió bien. Había disipado las dudas de su madre y de su hermano, los dos pilares de su vida. Se sentía segura, feliz y amada.
Los días siguientes transcurrieron con la normalidad de su vida en Eldoria. Alejandra y Francis retomaron sus rutinas, pero con una diferencia palpable. La experiencia en Resfriado los había unido aún más. Las miradas, los gestos de afecto, las palabras de amor eran más profundas, más sinceras.
Francis era más atento, más cariñoso. La llamaba varias veces al día, le enviaba mensajes de texto con corazones y chistes internos. Incluso la sorprendió con flores en su oficina, algo que antes solía hacer más discreto. Parecía que la autenticidad del pueblo había tocado una fibra sensible en él, y ahora no temía mostrar su lado más humano y vulnerable.
Pasaban las noches juntos, disfrutando de cenas románticas en casa, viendo películas o simplemente conversando durante horas. Su intimidad se había profundizado, no solo en lo físico, sino también en lo emocional.
Hablaban de sus sueños, de sus miedos, de sus anhelos. Francis le contaba anécdotas de su trabajo, de sus viajes, de sus planes a futuro. Siempre la incluía en esos planes, lo que reafirmaba a Alejandra la seriedad de su relación.
Una noche, mientras cenaban en un elegante restaurante, Francis tomó su mano.
—Alejandra, mi amor —dijo, sus ojos oscuros brillando con una intensidad que le robó el aliento—. Quiero que sepas que eres lo más importante para mí. Quiero que pasemos el resto de nuestras vidas juntos.
El corazón de Alejandra dio un vuelco. —Francis...
—No te pido que te cases conmigo ahora mismo —continuó él, una sonrisa suave en sus labios—. Sé que aún hay cosas que resolver. Pero quiero que sepas que eres mi futuro. Que quiero construir una vida contigo.
Las palabras de Francis eran la medicina que su alma necesitaba. Todas las dudas, todas las inseguridades, se desvanecieron como humo. Se sentía amada, valorada, segura.
—Yo también quiero un futuro contigo, Francis —respondió ella, las lágrimas asomando a sus ojos—. Te amo.
Se besaron en medio del restaurante, ajenos a las miradas curiosas. Para Alejandra, ese beso sellaba una promesa, un compromiso que iba más allá de las palabras.
A pesar de la felicidad que la embargaba, Alejandra no podía evitar pensar en Carolina. El secreto de su prima pesaba sobre ella. Había intentado llamarla, pero Carolina no respondía sus mensajes. Sabía que era un tema delicado, y que Carolina necesitaba su espacio, pero no podía evitar preocuparse.
También, la mente de Alejandra, de vez en cuando, se desviaba hacia las palabras de Javier y Lucía. Ambos habían expresado sus dudas, aunque ahora parecían más tranquilizados.
Pero, ¿qué había detrás de la discreción de Francis sobre su familia? Él había dicho que quería protegerla, que era un mundo complicado. Ella lo aceptó, confiando en su amor. Pero, ¿hasta cuándo sería "complicado"?
En el torbellino de emociones y la consolidación de su relación, un nombre aún no había sido mencionado en su círculo: Isabel. La sombra del pasado de Francis, el abismo que él había mencionado, aún permanecía oculta para Alejandra. Ella vivía en una burbuja de felicidad, convencida de que su amor con Francis era inquebrantable, que habían superado las primeras pruebas.
Francis, por su parte, parecía haber cerrado el capítulo de Resfriado con una satisfacción evidente. Se sentía más seguro de su relación con Alejandra, de la aceptación de su familia.
Pero en lo más profundo de su ser, sabía que había un hilo suelto, un capítulo de su vida que aún no había revelado a Alejandra. La vida en la capital, con sus exigencias y sus viejos contactos, siempre tendría el potencial de desenterrar secretos.
Alejandra, envuelta en la plenitud de su amor, vivía en el presente. El collar de plata que Francis le había regalado en el pueblo se había convertido en su amuleto, un recordatorio constante de los días felices en Resfriado y de la promesa de un futuro juntos.
Sin embargo, el destino, con su ironía caprichosa, siempre guarda sorpresas, y las sombras del pasado, a veces, tienen una forma insidiosa de regresar. El camino que tenían por delante, aunque ahora parecía claro y lleno de luz, aún guardaba curvas inesperadas.
Continuará ✨
Este es el anillo que Francis le regaló a Alejandra cuando le pidió que fuera su novia; no era una promesa cualquiera, era el inicio de su historia.
Este es el collar que Francis le compró en una pequeña tienda en aquel pueblo Resfriado; sencillo, pero lleno de significado.
Felicidades escritora. Una novela con matices que hacen cada capítulo interesante.
Debería de ponerse al tú por tú con Isabel y no dejarse amedrentar.
Al final será un cobarde que vivirá con amargura por no saber defender sus ideales y su amor.
Debería dejar pasar unos días y reflexionar sobre sus sentimientos. Y si el amor por ella misma le da el valor de escucharlo, que sobre eso decida qué elige.