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Luz De Luna Y Sombras Del Abismo.

Luz De Luna Y Sombras Del Abismo.

Status: Terminada
Genre:Aventura / Romance / Completas
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.

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Capítulo 02

Emara sigue el brillo hacia el bosque.

Cada paso que Emara daba fuera de los límites protegidos de la aldea se sentía como una traición. La hierba bajo sus pies descalzos estaba húmeda, y el frío de la tierra parecía subir por sus piernas, advirtiéndole que regresara. Pero el brillo violeta seguía allí, moviéndose más profundamente entre los árboles, como un fuego fatuo que la invitaba a entrar en las fauces de la noche.

Al cruzar el límite del bosque, los sonidos de la aldea —los ladridos de los perros, el crepitar de las maderas, las órdenes de Sergio— se apagaron como si una mano invisible hubiera cerrado una puerta de piedra. Aquí, el aire era más denso, cargado de una humedad antigua que olía a tierra removida y a magia vieja.

—No deberías estar aquí, Emara —se susurró a sí misma, pero sus pies no se detuvieron—. Solo un poco más. Solo veré qué es y volveré.

Sus sentidos de loba se agudizaron. Su visión nocturna le permitía ver el bosque en tonos de gris y plata, pero aquel resplandor violáceo era la única nota de color en su mundo monocromático. Esquivó las raíces de los árboles con una gracia instintiva, moviéndose en un silencio absoluto. El bosque parecía estar conteniendo el aliento. No se oía el ulular de los búhos ni el correteo de las liebres. Incluso el viento se había detenido.

A medida que se acercaba, el olor metálico se hizo más fuerte. Ahora podía distinguir un matiz diferente: humo de azufre y algo que recordaba al incienso quemado en los templos prohibidos de los que hablaba el anciano Clemente Briones.

Llegó a un claro donde la luz de la luna apenas lograba filtrarse a través del espeso dosel de ramas. En el centro, el brillo era cegador. No era una luz sólida, sino una grieta en el aire mismo, una fisura de la que emanaban hilos de energía oscura que se retorcían como serpientes.

—Por los dioses... —exclamó, llevándose una mano a la boca.

Cerca de la grieta, una figura estaba desplomada en el suelo. Emara se ocultó tras el tronco de un enorme sauce llorón, con los músculos en tensión, lista para transformarse si era necesario. Su vello se erizó al notar que la figura no era un animal, ni un hombre lobo, ni un humano común.

Se trataba de un hombre, o algo que se le parecía mucho. Vestía una armadura de cuero negro reforzada con placas de un metal oscuro que no reflejaba la luz. Tenía una estatura imponente, incluso estando caído, y su cabello era negro como el ala de un cuervo, esparcido sobre la hierba. Pero lo que más llamó la atención de Emara fueron las marcas en sus brazos: runas que brillaban con el mismo tono violeta que la grieta, como si su propia sangre estuviera hecha de luz nocturna.

Emara dudó. El instinto de su clan le gritaba que matara a la criatura antes de que despertara. Un demonio en tierras de Eloria era una sentencia de muerte para cualquiera que se cruzara en su camino. Sin embargo, al observar con más detenimiento, notó que la criatura estaba herida. Un corte profundo atravesaba su costado, y la sustancia que manaba de la herida no era roja, sino un fluido denso y oscuro que parecía evaporarse al contacto con el aire puro del bosque.

—¿Estás... estás vivo? —preguntó ella en un susurro apenas audible.

La figura se tensó. En un movimiento tan rápido que la vista de Emara apenas pudo seguirlo, el hombre se incorporó a medias, apoyándose en una mano mientras la otra volaba hacia el mango de una espada corta enganchada a su cinturón.

Emara saltó de su escondite, sus garras comenzando a brotar y sus ojos encendiéndose con el fuego del lobo.

—¡No te muevas, demonio! —rugió ella, su voz ganando una profundidad animal que hizo vibrar el aire—. Estás en territorio de los Alarcón. Un solo grito mío y tendrás a cien guerreros arrancándote la piel.

El extraño se quedó inmóvil, pero no por miedo. La luz de la luna cayó directamente sobre su rostro mientras levantaba la cabeza, y Emara sintió que el mundo se detenía.

No era el monstruo deforme de las leyendas. Era un hombre joven, de una belleza cruda y peligrosa. Sus rasgos eran afilados, con pómulos altos y una mandíbula definida que denotaba una voluntad inquebrantable. Pero fueron sus ojos los que la atraparon: no eran amarillos como los de ella, ni oscuros como los de un humano. Eran de un azul gélido, casi blanco, con pupilas verticales que se dilataron al verla.

—Una loba... —la voz del hombre era un murmullo ronco, cargado de un dolor que la sorprendió por su humanidad—. Qué irónico. He escapado de las sombras solo para morir bajo la luz de tu luna.

El hombre tosió, y más de esa sangre oscura manchó sus labios. Su mano, que sostenía la espada, flaqueó y el arma cayó sobre la hierba con un sonido metálico sordo.

—No he venido a matarte —dijo Emara, aunque sus garras seguían fuera—. Al menos, no todavía. ¿Quién eres? ¿Qué es esa grieta que has traído a nuestro bosque?

El hombre soltó una risa amarga que se convirtió en un quejido. Intentó presionar su herida, pero sus dedos temblaban violentamente.

—Me llamo Kellan... —respondió, y por primera vez, Emara detectó una nota de desesperación en su mirada—. Y esa "grieta" es mi castigo por intentar ser algo más que un arma. Si tienes un poco de piedad en tu sangre de guardiana, loba... termina esto. Mis hermanos vienen detrás, y ellos no harán preguntas antes de quemar todo este bosque.

Emara se quedó paralizada. Los diálogos de odio que le habían enseñado desde pequeña chocaban frontalmente con la vulnerabilidad que veía ante ella. Este era el enemigo. El príncipe de las pesadillas. Y sin embargo, lo que sentía a través de su vínculo con la naturaleza no era maldad pura, sino una profunda soledad y una agonía que resonaba con su propio sentimiento de aislamiento.

—No eres como dicen las historias —dijo ella, bajando lentamente la guardia, aunque sin relajarse por completo—. Las historias dicen que los demonios no sienten dolor. Que no conocen el sacrificio.

Kellan levantó la vista hacia ella, y por un momento, la brecha entre sus razas pareció desaparecer bajo la inmensidad de la luna.

—Las historias —dijo él con un esfuerzo supremo— suelen ser escritas por los que nunca han estado en el Abismo.

Él intentó levantarse, pero sus fuerzas lo traicionaron. Se desplomó hacia adelante, y antes de que pudiera procesarlo, Emara se lanzó hacia él, atrapándolo antes de que su rostro golpeara el suelo. El contacto físico fue como una explosión. Donde su piel tocaba la de él, una chispa de energía índigo saltó, quemando y sanando al mismo tiempo.

Emara sintió un tirón en su alma, una conexión tan antigua como la misma Eloria. El demonio gimió, pero no se apartó. Su cabeza descansó sobre el hombro de la mujer lobo, y por un instante, el guardián y la sombra fueron uno solo bajo el cielo de plata.

—¿Qué me estás haciendo? —susurró ella, asustada por la intensidad de la emoción que la inundaba.

Kellan no respondió. Sus ojos se cerraron, pero su mano se cerró débilmente sobre la túnica de Emara, como si fuera lo único real en un mundo que se desmoronaba.

Emara miró hacia la dirección de la aldea y luego hacia las profundidades del bosque. Sabía que si lo llevaba con su clan, lo ejecutarían sin juicio. Sabía que si lo dejaba allí, moriría o algo peor vendría a buscarlo. Tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre.

Se encontró cara a cara con Kellan, y en ese encuentro, el destino de Eloria comenzó a reescribirse.

Se encuentra cara a cara con Kellan.

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